Travesía

Tras no pocas dificultades, Daniel Hunter, el guerrero inmortal con sangre de vampiro, pudo emprender su tan ansiado viaje a Egipto, donde esperaba hacer realidad su sueño de alcanzar el descanso eterno. Como no podía ser de otra manera, en este último viaje lo acompañaba su único amigo, el cuervo parlante Mister Poe (reencarnación del escritor Edgar Allan Poe). … Todos los pasajeros del trasatlántico disfrutaban de una apacible travesía, con la única excepción de alguien que se pasaba todo el día encerrado

Tras no pocas dificultades, Daniel Hunter, el guerrero inmortal con sangre de vampiro, pudo emprender su tan ansiado viaje a Egipto, donde esperaba hacer realidad su sueño de alcanzar el descanso eterno. Como no podía ser de otra manera, en este último viaje lo acompañaba su único amigo, el cuervo parlante Mister Poe (reencarnación del escritor Edgar Allan Poe).

Todos los pasajeros del trasatlántico disfrutaban de una apacible travesía, con la única excepción de alguien que se pasaba todo el día encerrado en su camarote y que nunca aparecía por el comedor. Este extraño y huidizo pasajero solo abandonaba su encierro en plena noche, cuando el resto del pasaje ya se había entregado al sueño. Entonces se apoyaba en las barandillas que bordeaban la cubierta y pasaba largas horas contemplando con ojos melancólicos el reflejo de la luna sobre las aguas. En cierta ocasión un pájaro negro se posó a su lado y le dijo en voz baja:

-¡Daniel, si supieras qué hambre tengo! No he comido nada decente desde que atrapé aquel pez volador en el Caribe.

El pasajero misterioso respondió:

-No me extraña, básicamente porque yo también tengo hambre. Claro que ya podríamos estar en Egipto si hubiéramos ido en avión. Pero no es así, porque a alguien le entró la nostalgia de su vida anterior y se empeñó en hacer su último viaje en barco.

-Bueno, es que pensaba que sería como en el siglo XIX, cuando los barcos estaban llenos de ratas gordas y apetitosas. ¡Pero resulta que en este no hay ni moscas!

-Cierto. A eso se le llama Progreso, por mucho que a nosotros nos perjudique.

-También es verdad que a ti no te costaría nada entrar en el camarote de algún pasajero sano y fuerte, al que podrías chuparle un poco de sangre sin hacerle daño.

-Me costaría mi tranquilidad de conciencia. Cuando era niño, le prometí a mi madre que nunca absorbería la sangre de un ser humano, salvo la que ella me ofrecía voluntariamente. Y, dado que pienso volver a verla dentro de poco, cuando por fin pueda acceder al reposo eterno, no voy a violar ahora esa promesa. Además, para mí el hambre no es un problema grave. Me molesta y me debilita, pero nada más.

-Sí, pero esa debilidad podría costarte cara, si alguien o algo nos atacara en estos momentos.

-¿Y quién iba a atacarnos aquí, en medio del Atlántico?

-Pues, por ejemplo, los piratas que se están acercando por estribor.

-¡Maldición! ¿Y por qué no me avisó antes?

-Porque antes no hubieras podido hacer nada, pero ahora sí.

Lo que hizo Daniel fue desenvainar su única arma, una vieja pero mortífera espada japonesa.

Mientras tanto, una cañonera pirata había ordenado al trasatlántico detenerse bajo la amenaza de su artillería. Se trataba de terroristas norteafricanos, que solían asaltar los buques mercantes para robarles su carga, pero que ocasionalmente también secuestraban barcos de pasajeros para pedir sustanciosos rescates a cambio de su liberación. Tras detener el trasatlántico, los piratas lo abordaron y redujeron a todos sus ocupantes, salvo a Daniel. Mister Poe le dijo a su amigo:

-Ten cuidado, Daniel. Recuerda que estás bastante débil y que, si consiguen tirarte al mar, ese será tu fin. El agua salada es un veneno para ti.

-No lo he olvidado. Procuraré que no me tiren.

-Si lo hacen, acuérdate durante la caída de la señorita Helene, tu dulce amor platónico.

-¡Menudo momento elige usted para bromear!

A Mister Poe le gustaba embromar a Daniel recordándole su debilidad por Helene, la hermosa niña vampiro que una vez le había dado su sangre al cazador, para que este pudiera vencer a un terrible enemigo. Pero en aquel momento Daniel no podía pensar en Helene ni en ninguna otra cosa que no fuera proteger a los pasajeros de sus secuestradores. Cuando estos vieron que se les echaba encima un hombre armado con una espada, dispararon sus armas sobre él, pero Daniel, pese a su estado de relativa debilidad, era demasiado rápido para ellos y consiguió esquivar sus disparos. Se abrió paso a base de mandobles, aunque en todo momento procuró que estos no fueran mortales, pues no quería matar a sus enemigos si podía evitarlo. A pesar de la endiablada velocidad de Daniel, uno de los piratas consiguió alcanzarlo de lleno con un fusil de grueso calibre. Aunque el poder curativo del cazador cerró la herida en cuestión de segundos, la fuerza del impacto hizo que perdiera el equilibrio y se precipitara hacia las aguas del mar.

Si los movimientos de Daniel eran rápidos, sus pensamientos no lo eran menos. Mientras caía sin remedio hacia su tumba de agua, tuvo tiempo de pensar en muchas cosas:

-Antes Mister Poe me dijo que, en un caso como este, pensara en Helene, mi “amor platónico”. Recuerdo que Helene, al igual que su maestro Hecateo, poseía un poder que es raro incluso entre los vampiros: el de viajar al pasado provocando una alteración mágica en el flujo temporal. Y aquella vez, cuando me dejó beber su sangre, supuestamente me traspasó todos sus poderes, incluido ese en el que estoy pensando ahora. Por tanto, teóricamente, yo también podría hacer algo así. ¿Sería buena idea retroceder algunos segundos en el tiempo para así poder esquivar el impacto? No, Helene podía viajar al pasado, pero no alterar lo que ya había sucedido, pues, de lo contrario, seguramente hubiera usado ese poder para evitar el asesinato de sus padres. Pero Mister Poe habló de un “amor platónico”. ¡Claro! Hizo una referencia a Platón, el filósofo griego que reveló en sus diálogos el secreto de la Atlántida: el continente perdido que se hallaba hace doce mil años en este mismo lugar. Entonces, si hago retroceder el tiempo a una época anterior al hundimiento de la Atlántida…

Justo antes de caer al mar, Daniel usó el poder que le había transmitido Helene, de modo que, aunque no pudo evitar la caída, no cayó al agua, sino sobre tierra firme. Para sorpresa de todos, el barco ya no estaba navegando sobre las aguas del Atlántico, sino varado sobre una jungla de extraña vegetación. Nadie podía imaginarse que el buque, con todos sus ocupantes, había retrocedido hasta los tiempos de la Atlántida, cuando aquellas misteriosas tierras aún no habían sido tragadas por las aguas del océano. Demasiado estupefactos para reaccionar, los secuestradores no pudieron percatarse a tiempo de que Daniel había vuelto a cubierta. Pronto todos los piratas estuvieron fuera de combate, salvo su jefe, que había tomado como rehén a una niña pequeña. Aquel individuo apuntó con su pistola a la cabeza de la niña y le gritó a Daniel:

-No sé quién eres ni qué ha pasado aquí, pero sí sé que, si das un paso más, esta niña morirá sin remedio. ¿Entiendes?

Daniel se detuvo y bajó su arma. Luego, sin disimular su inquietud, le dijo al secuestrador en voz baja:

-Escucha: si quieres vivir, deja en paz a esa niña ahora mismo y vete lo antes posible.

-¡Estás loco! ¿Crees que voy a…?

El pirata no tuvo tiempo de terminar la frase, pues entonces uno de los enormes buitres prehistóricos de la Atlántida, que se había acercado al barco atraído por los gritos del pirata, lo agarró por los hombros con sus poderosas garras y lo arrancó del suelo para devorarlo. En un último acto reflejo, el secuestrador agitó los brazos en un desesperado intento de liberarse, soltando así a la niña, que fue recogida por Daniel antes de que el buitre pudiera llevársela a ella también. Viendo que se acercaban más buitres, Daniel decidió que debía terminar el hechizo cuanto antes y volver al siglo XXI. Los buitres desaparecieron a tiempo, junto con todo el mundo perdido del que formaba parte, y el barco volvió a surcar las tranquilas aguas del océano Atlántico, como si nada hubiera pasado.

Tras devolverle la niña a sus padres, Daniel se reencontró con Mister Poe, que le dijo:

-Buen trabajo, Daniel. Pero me temo que ya no podrás proseguir tu viaje tan discretamente como hasta ahora.

-Tiene razón. Y, como detesto convertirme en el centro de atención, creo que deberíamos buscar un medio de transporte alternativo.

Dicho esto, agarró a uno de los piratas cuyas heridas parecían más leves y, amenazándolo con su espada, le preguntó:

-¿Está cerca la costa de África?

El asustado pirata respondió en un inglés más o menos inteligible:

-Sí, señor, muy cerca.

-Bien, pues, si no quieres morir, vas a llevarme allí en la cañonera. Es un barco pequeño, así que supongo que podrás manejarlo tú solo, ¿verdad?

-Sí, señor. Pero le advierto que nuestro barco está muy sucio y lleno de ratas.

Al oír esto, Mister Poe murmuró:

-Me parece que esta historia tendrá un final feliz.

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