Cuando Hank Baker tenía seis años, estuvo a punto de morir en el accidente de circulación que les costó la vida a sus padres. Tras el accidente permaneció en coma durante una larga temporada, pero un día, para sorpresa de médicos y familiares, recuperó la conciencia de repente. Se hallaba muy confuso y había perdido todo recuerdo anterior al momento del accidente, pero, por lo demás, su estado físico y mental era bueno, así que no tardaron en darle el alta. Se fue a vivir con sus abuelos maternos a una pequeña y apacible ciudad próxima a Nueva York, donde su vida transcurrió normalmente hasta que cumplió los doce años e ingresó en la escuela secundaria.
Por aquel entonces un monstruo colosal, tan extraño y abominable que desafiaba toda posible descripción, surgió del cráter de un volcán apagado en Islandia. Tras arrasar buena parte de Europa occidental en pocos días, sin que nada ni nadie pudiera detenerlo, el monstruo se sumergió en el Atlántico y muchos suspiraron aliviados, pensando que había retornado al tenebroso mundo del que había surgido. Pero estaban fatalmente equivocados: poco después la criatura reapareció en aguas del Caribe y, tras destruir varias islas, inició un implacable avance hacia la costa oriental de Norteamérica. Ante la amenaza que semejante monstruo suponía para su país y, en definitiva, para el mundo entero, el presidente de los Estados Unidos ordenó atacarlo con toda clase de armas, incluso nucleares si era necesario. La ofensiva tuvo lugar diez millas al este de Manhattan y duró varias horas. Aunque numerosos barcos de guerra y aviones fueron destruidos por los tentáculos del monstruo, finalmente un poderoso misil consiguió alcanzarlo y la bestia reventó en mil pedazos, que las corrientes marinas no tardaron en dispersar. El mundo entero celebró la sufrida victoria de la Armada estadounidense sobre el monstruo y, tras varios días de alborozo, la gente volvió a su rutina diaria, pensando que el peligro había sido conjurado definitivamente.
Las clases habían sido interrumpidas durante la crisis y cuando Hank volvió al colegio se sorprendió al ver que tenía una nueva compañera de clase. Era una hermosa estudiante de intercambio, que, a juzgar por su acento y su apellido, seguramente procedía de Francia y que, si bien con el resto de sus compañeros se mostraba bastante reservada e incluso algo distante, recibió a Hank con una amable sonrisa y le dijo, en un inglés bastante decente:
-Hola, me llamo Helene Belfort y creo que nos toca compartir pupitre.
Esto era cierto, pues en el aula se seguía un orden alfabético estricto para la disposición de los pupitres. Hank, aunque al principio se sintió algo azorado al saber que pasaría las mañanas sentado junto a una chica tan linda y completamente desconocida, no tardó en hacer buenas migas con Helene, quien, a pesar de todas sus rarezas, parecía sinceramente interesada en su nuevo amigo. Por su parte, él estaba en la edad el pavo y, si bien Helene no era la única chica de la clase que le gustaba, sí era la que mejor le caía y la que le inspiraba más sueños románticos.
Una tarde, a causa de un pequeño incidente, Hank salió más tarde de lo habitual del gimnasio donde recibía clases de kárate. A causa del retraso perdió el autobús que lo llevaba a su barrio y, como no tenía dinero para un taxi, llamó a su abuelo para que fuera a buscarlo, pero entonces se dio cuenta de que tenía la batería descargada. Finalmente, no le quedó más remedio que recorrer a pie el largo trayecto que lo separaba de su casa. Era un chico atlético y la caminata en sí misma no suponía una gran molestia para él, pero le daba algo de miedo atravesar en plena noche aquellas solitarias calles de las afueras, así que apuró el paso y procuró evitar, en la medida de lo posible, los lugares mal iluminados. Sin embargo, sus precauciones no le sirvieron de nada y se vio acorralado por un grupo de pandilleros. Hank era cinturón marrón de kárate, pero comprendió que eso no le valdría de mucho frente a aquellos individuos, así que se resignó a darles su móvil y el poco dinero que llevaba. Sin embargo, los matones, enfurecidos por la escasa cuantía del botín, lo agarraron y empezaron a golpearlo por puro sadismo. Hank cayó al suelo, pero sus agresores no se dieron por satisfechos y le propinaron brutales patadas en todo su cuerpo. El pobre muchacho ya estaba a punto de perder el sentido cuando, de repente, los matones dejaron de golpearlo y empezaron a gritar, como si hubieran visto algo horrible. Todos ellos huyeron a toda prisa, olvidándose del magullado Hank, que aprovechó aquella oportunidad para intentar levantarse. Sin embargo, en su estado no lo hubiera conseguido, de no ser porque unas manos suaves, aunque fuertes, lo agarraron y lo ayudaron a sentarse en el suelo, con la espalda recostada sobre el tronco de un árbol. La débil luz de una farola le permitió ver el pálido y dulce rostro de Helene, quien lo estaba mirando con mucho interés y con un extraño brillo en sus ojos, que ya no parecían castaños, sino más bien rojizos. Su mirada era tan irresistiblemente hipnótica que durante unos segundos Hank no se acordó de sus heridas ni pudo reparar en otra cosa, ni siquiera en la impresionante espada que Helene sostenía en una de sus manos. Cuando por fin fue capaz de hablar, le dijo con voz entrecortada:
-Helene… tú… ¡no eres humana!
Ella sonrió levemente y le susurró:
-Lo fui hace tiempo. Pero ahora soy un vampiro.
-¡No puede ser! Te he visto de día.
-Los vampiros podemos movernos de día, aunque la luz solar nos debilita bastante. Pero de noche podemos usar todos nuestros poderes.
-¿Y… vas a chuparme la sangre?
Helene sonrió de nuevo, movió la cabeza y le dijo:
-No, yo nunca les hago daño a las buenas personas. Además, acabo de cenar.
Solo entonces Hank, con un estremecimiento de terror, vio algo que hasta entonces se le había pasado desapercibido, pero que explicaba la repentina huida de sus agresores. Uno de estos yacía al pie de una farola cercana, con la cara completamente blanca y el cuello rojo de sangre. Hank, asustado, preguntó:
-¿Cómo pudiste matar a ese hombre? ¿Usaste esa espada?
-No, usé mis dientes. Yo no entiendo nada de esgrima.
-¿Y entonces por qué llevas contigo una espada tan grande?
-Esta espada es para ti. Vine a los Estados Unidos solo para dártela y, ahora que sabes la verdad, creo que ha llegado el momento idóneo.
-¡Pero si yo tampoco entiendo nada de espadas! Estudio kárate, pero…
-¡Escucha, Hank Baker! Esta espada se forjó en Japón hace cientos de años y pasó por las manos de muchos cazadores de demonios. Su último dueño fue Daniel Hunter, un amigo mío que ahora reposa en el Más Allá. Desde que se marchó Daniel, el mundo se halla a merced de las fuerzas del Mal y es necesario que alguien la empuñe de nuevo, al menos hasta que el monstruo del volcán sea destruido.
-Sigo sin entender nada. ¿Por qué me has elegido a mí? ¿Y por qué hablas del monstruo del volcán, si este ya fue destruido hace días?
-Te lo explicaré por partes: cuando sufriste aquel accidente hace seis años, tanto tu cuerpo como tu espíritu quedaron atrapados durante varios días en un estado intermedio entre la vida y la muerte. Eso facilitó que algo procedente del Más Allá entrara dentro de ti, dándote fuerzas para recuperarte. Y ese algo fue el alma del primer dueño de la espada, un samurai que la forjó con acero y magia para enfrentarse a un demonio que asolaba sus tierras. Tanto el demonio como el samurai murieron en el combate y la espada pasó a manos de un marinero holandés, que se apellidaba Van Helsing e inició una larga dinastía de cazadores de vampiros. Pero esa parte de la historia ya no nos interesa. Cuando toques tu arma, recordarás todo lo demás.
Hank tomó con manos vacilantes la espada que le ofrecía Helene y entonces, efectivamente, recordó toda su vida anterior en el Japón feudal, incluso los secretos de la esgrima que había aprendido antes de morir en combate. Mientras el muchacho contemplaba arrobado su arma, Helene siguió diciendo:
-El monstruo sigue vivo y es una amenaza tanto para los hombres como para los seres de la noche. En Europa intenté detenerlo con ayuda de mis amigos sobrenaturales, pero él los mató a todos y yo misma apenas conseguí escapar. Ahora solo tú puedes detenerlo.
…
Al día siguiente, un pescador aficionado capturó un hermoso pez, más típico del mar abierto que de las aguas costeras. Orgulloso de su captura, el pescador se lo llevó a casa para la cena, ignorando que aquel pez había comido la carne del monstruo y que, al hacerlo, también había absorbido su espíritu.





