Principios Y Finales (2ª Parte)

En una historia anterior supimos que un monstruo terrible arrasó buena parte del mundo hasta que un poderoso misil lo reventó en mil pedazos cerca de las costas norteamericanas. Todos pensaron que la amenaza había sido destruida definitivamente, pero poco después Hank Baker, un niño de doce años, conoció a una misteriosa compañera de clase, que resultó ser Helene Belfort, la niña vampiro. Esta le reveló que el monstruo seguía vivo y que solo él podría detenerlo, para lo cual le entregó una espada que le hab

En una historia anterior supimos que un monstruo terrible arrasó buena parte del mundo hasta que un poderoso misil lo reventó en mil pedazos cerca de las costas norteamericanas. Todos pensaron que la amenaza había sido destruida definitivamente, pero poco después Hank Baker, un niño de doce años, conoció a una misteriosa compañera de clase, que resultó ser Helene Belfort, la niña vampiro. Esta le reveló que el monstruo seguía vivo y que solo él podría detenerlo, para lo cual le entregó una espada que le había pertenecido en una vida anterior.

Aquella noche Hank estaba en su dormitorio, viendo series de anime en el portátil que le habían regalado sus abuelos, cuando notó un súbito enfriamiento en la atmósfera del cuarto. Se volvió para ver qué pasaba y se llevó un susto enorme al ver que Helene había entrado por la ventana. Y no es que él sintiera ningún temor de la niña vampiro, el problema consistía en que ella había descubierto su secreto: Hank prácticamente había empapelado las paredes del cuarto con fotografías ampliadas a tamaño póster, donde aparecían las chicas más guapas del colegio (incluida la propia Helene), generalmente muy ligeritas de ropa (en bikini, vestidas de animadoras, etc.). Por suerte para la autoestima del muchacho, Helene tenía que anunciarle algo muy grave y no se fijó (o, más bien, no quiso fijarse) en aquella peculiar decoración. Le dijo, sin disimular la seriedad del asunto:

-Ya está pasando, el monstruo ha vuelto.

Hank no dudaba de que le estuviera contando la verdad, pero pensó que debía poner alguna objeción mientras se preparaba para salir con Helene, para que mientras tanto ella no se fijara en sus pósters:

-Pero he estado escuchando las noticias y no han dicho nada de ningún monstruo. Solo hablan de unos disturbios que se están produciendo en otros barrios de la ciudad.

-¡Es que esos disturbios los está provocando el monstruo! Ya te lo explicaré luego, ahora vístete y no te olvides de tu espada.

Cuando Hank estuvo preparado, Helene lo agarró y lo ayudó a salir por la ventana. Mientras corrían hacia la zona de conflicto, Helene (que, como no necesitaba respirar, podía hablar y correr al mismo tiempo sin perder el aliento) le dijo a su amigo:

-El misil no destruyó al monstruo, simplemente lo despedazó. Y su espíritu seguía vivo en los fragmentos de su cuerpo, que fueron devorados por los peces. De ese modo, la esencia del monstruo se transmitió de unos organismos a otros a través de la cadena alimenticia, al igual que sucede con ciertos tipos de contaminación. Luego los peces contaminados se acercaron deliberadamente a la costa, para ser capturados y comidos por seres humanos. De ese modo, el espíritu del monstruo ha poseído a todas esas personas, que son las que ahora están provocando los disturbios. Y, si no las detenemos a tiempo, podrían acabar con el mundo entero.

Hank, aunque estaba jadeando a causa de la carrera, fue capaz de preguntar:

-¿Y la policía no puede hacer nada?

-No. Las personas poseídas son casi indestructibles. Las balas no las detienen, incluso podrías reventarlas con una bomba y los pedazos de sus cuerpos se alzarían del suelo para proseguir la masacre. Solo tu espada puede solucionar este problema y tú eres el único capaz de manejarla. Yo te ayudaré todo lo que pueda, pero recuerda: sin ti el mundo está perdido.

Mientras tanto, hordas de posesos formadas por personas de toda condición avanzaban hacia el centro urbano, caminando sobre los cadáveres de los policías que habían intentado detenerlos y de todas las personas inocentes que habían caído en sus manos. Algunos de ellos habían robado las armas de los policías muertos para disparar contra las casas de las cercanías, masacrando de ese modo familias enteras, aunque los que iban desarmados no eran menos peligrosos, pues el espíritu del monstruo les había otorgado una fuerza y resistencia sobrehumanas.

Sin duda hubieran acabado con todos los habitantes de la ciudad, incluyendo a los abuelos de Hank, si este y Helene no les hubieran cortado el paso en el campus universitario, cuyos árboles y edificios se hallaban envueltos en llamas. Hank, que hasta entonces no se había sentido capaz de luchar y que solo había seguido a Helene porque la consideraba su amiga y no quería decepcionarla, se olvidó de todas sus dudas cuando vio a sus enemigos. Empuñó su espada con todas sus fuerzas y se arrojó sobre ellas, con la habilidad y destreza que lo habían caracterizado en su vida anterior, cuando era un guerrero samurai del antiguo Japón. Si bien su cuerpo no era, ni mucho menos, tan fuerte como en su anterior encarnación, su pequeño tamaño compensaba en parte esa desventaja, pues lo hacía más ágil y escurridizo. Se abrió paso entre docenas de terribles adversarios a base de mandobles y acabó con muchos de ellos en pocos segundos. Aquellos seres, que habían resistido las balas de la policía y caminado indemnes entre las llamas, caían como moscas cuando la espada de Hank hería sus cuerpos. Finalmente, los supervivientes comprendieron que no se trataba de una espada común y que quien la portaba suponía una verdadera amenaza para ellos. Tomaron sus armas y se prepararon para disparar sobre Hank, que indudablemente habría perdido la vida de no ser por la intervención de Helene. Esta convirtió su cuerpo en una bandaba de murciélagos, que atacaron los rostros de sus enemigos, arrancándoles los ojos a mordiscos para que no pudieran apuntar. Poco después, todos los posesos habían caído al suelo y Hank, que estaba casi extenuado, suspiró con profundo alivio, pensando que todo había terminado.

Pero se equivocaba: la sangre que manaba de los cadáveres se concentró y condensó rápidamente, para darle cuerpo a un enorme gusano rojo y semifluido. Hank intentó atacarlo, pero el cansancio le restó rapidez, lo cual fue aprovechado por el gusano para envolverlo en sus anillos y obligarlo a tirar su espada. Entonces sonó una voz inhumana, que atronó los oídos del indefenso Hank:

-Por fin te reconozco, al igual que reconocí tu espada. No es la primera vez que nos vemos. Hace cientos de años, cuando ambos ocupábamos otros cuerpos, conseguiste llevarme contigo a la tumba, pero yo he aprendido mucho desde entonces, mientras que tú no has mejorado tu técnica. ¡Y esta vez te irás al Infierno tú solo!

El gusano empezó a presionar con fuerza irresistible el cuerpo de Hank, que chilló de dolor al sentir que todos sus huesos estaban a punto de romperse. Pero en el momento supremo Helene, transformada en una loba blanca como la nieve, saltó sobre la grupa del monstruo y clavó sus colmillos en aquel cuerpo hecho de sangre. El gusano soltó a Hank y cayó al suelo, convertido en un enorme charco rojizo. Helene recobró su forma humana, pero Hank, cuando pudo levantarse y recuperar el aliento, vio que algo no iba bien, pues su amiga, en vez de fortalecida por toda la sangre que acababa de absorber, parecía extrañamente pálida y débil. Ella lo abrazó y le dijo con voz débil:

-Hank, ahora el monstruo vive en mí y está luchando para poseerme. No podré resistir mucho tiempo. Tienes que matarme ahora o todo esto no habrá servido para nada.

Hank, que había recuperado su personalidad habitual, chilló horrorizado:

-¡No digas eso! Yo no puedo… hacer eso. ¡Nunca lo haré!

Helene le dedicó una triste sonrisa y le dijo:

-Sabía que dirías eso. Es una suerte que hayas soltado tu espada cuando te atrapó el gusano.

Antes de que Hank pudiera reaccionar, Helene agarró la espada y se ensartó a sí misma en la punta. Antes de morir, le dijo al aterrorizado Hank:

-Tranquilo, esto no es morir, solo mutilar un cadáver. Yo ya morí hace años, junto con toda mi familia. He perdido a todos mis parientes, a todos mis amigos… salvo tú mismo. Y bueno… a ti te quedan mis fotos en tu cuarto. Salgo muy sexy, ¿verdad?

Dicho esto, Helene cayó al suelo muerta. Hank intentó abrazarla, pero su cuerpo se convirtió en un amasijo de cenizas, que la brisa nocturna no tardó en dispersar.

Pasaron los años. Hank llegó a ser un gran maestro de las artes marciales, fundó un prestigioso gimnasio, se casó con una chica del pueblo y tuvo una hija con ella. Cuando la llevó a la guardería por primera vez, se encontró con una amiga de la infancia, que también había tenido una niña. La sonriente mamá le dijo a su criatura:

-A ver, cariño, dile a Hank cómo te llamas.

La pequeña dudó durante unos instantes y balbució:

-He… le… ne.

Su madre, sorprendida, le dijo:

-No, cariño, tú te llamas Evelyn: E…ve… lyn. ¡Venga, repítelo!

-E…ve… lyn.

Hank sonrió y le dijo a la criatura, mientras acariciaba con cariño sus mejillas rosadas:

-¡Da igual el nombre! Cada uno de nosotros ha tenido varios.

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