Hermanos

Ana tenía quince años y ningún amigo. Era tímida por naturaleza, pero ese no era el único obstáculo que se interponía entre ella y el mundo. Era hija de madre soltera y padre desconocido en una pequeña villa del norte de España, donde las apariencias de modernidad apenas atenuaban el peso de viejos prejuicios. Sus vecinos saludaban amablemente a la madre de Ana cuando se cruzaban con ella en la calle, pero en casa les recomendaban a sus hijos que mantuvieran la menor relación posible con ellas. Madre e hija

Ana tenía quince años y ningún amigo. Era tímida por naturaleza, pero ese no era el único obstáculo que se interponía entre ella y el mundo. Era hija de madre soltera y padre desconocido en una pequeña villa del norte de España, donde las apariencias de modernidad apenas atenuaban el peso de viejos prejuicios. Sus vecinos saludaban amablemente a la madre de Ana cuando se cruzaban con ella en la calle, pero en casa les recomendaban a sus hijos que mantuvieran la menor relación posible con ellas. Madre e hija compartían una notable belleza física, buen carácter y otras excelentes cualidades, pero estas solo servían para añadir la envidia a las muchas razones que los lugareños tenían (o creían tener) para despreciarlas.

Por las tardes Ana solía alejarse del pueblo y dar un largo paseo por el espeso bosque que lo rodeaba. Ni siquiera cuando tenía que estudiar para un examen renunciaba a sus horas de tranquilidad forestal, aunque entonces se llevaba consigo los apuntes y la merienda en una mochila.

Fue durante una de aquellas tardes cuando Ana se dirigió a una casa abandonada situada en medio del bosque, guiada por la irresistible sensación de que allí estaba a punto de suceder algo terrible. Cuando se acercó a aquel lóbrego edificio la sensación llegó a volverse casi insoportable, hasta el punto de alterar su percepción de la realidad. Quizás por eso no vio ni oyó nada hasta que fue demasiado tarde: alguien apareció de repente, le tapó la boca con la mano y, aunque ella intentó resistirse con todas sus fuerzas, la arrastró sin remedio hacia la maleza. Una vez allí, su captor le dijo en voz baja con una voz fría, aunque no necesariamente hostil:

-Tranquila, no quiero hacerte daño. Voy a soltarte, pero antes prométeme que no vas a gritar. Si lo hicieras, ellos podrían oírte.

Ana ignoraba por completo quiénes podían ser “ellos”, pero, como tampoco tenía otra opción, asintió moviendo la cabeza, tras lo cual el desconocido cumplió su promesa de soltarla. Mientras la muchacha tomaba aliento, tuvo tiempo de examinar a aquel hombre con una ojeada tan rápida como meticulosa. Aún era joven y no carecía de cierta apostura, pese a su aspecto desaliñado y a la cicatriz que le deformaba el rostro, por lo demás bastante agraciado. Solo llevaba puestos unos andrajos que hubieran avergonzado al más mísero de los vagabundos, pero bajo su harapienta indumentaria se adivinaba un cuerpo esbelto e incluso fuerte. Ana tuvo la impresión de que aquel individuo era un ser muy extraño… al igual que ella misma. Y él mismo confirmó esa intuición de la muchacha con sus siguientes palabras:

-Sé lo que eres, porque yo soy algo muy parecido a ti. Tú también has podido sentir la sombra del Diablo sobre esa casa, ¿verdad?

Ana, sobreponiéndose a su timidez y a la resaca del susto que se había llevado, le respondió con cierta agresividad, poco habitual en ella:

-¡No sé de qué estás hablando!

Él pareció molestarse por el tono de la muchacha, sino que sonrió y dijo:

-Sí que lo sabes. Los dos podemos sentir la presencia del Mal. La única diferencia entre ambos es que tú nunca has hecho esto. Mira bien… ¡y recuerda que me has prometido no chillar!

A continuación, Ana vio algo que la dejó aterrorizada y, si entonces ningún grito salió de su garganta, no fue por la promesa que le había hecho al desconocido, sino porque la sorpresa la había dejado completamente muda.

Pero Ana no era la única que estaba asustada. Dentro de la casa una niña atada y amordazada lloraba de puro terror. Sus captores, un muchacho y una chica de tez lívida, largos colmillos y ojos rojos, contemplaban satisfechos a su indefensa cautiva. El muchacho se relamió los labios, cuyo color rojo sangre contrastaba con la palidez de sus facciones, y le dijo a su compañera:

-¿Por qué tenemos que esperar a que se haga de noche para empezar el banquete? Ya se me está haciendo la boca agua.

La chica le respondió:

-Recuerda que el amo tiene derecho a la primera sangre. Y no llegará antes de la puesta del Sol. A pesar de todo su poder, él es más fotosensible que nosotros. ¡Espera! ¿No lo estás sintiendo? ¡Hay al menos un licántropo cerca de aquí!

El muchacho, alterado por las palabras de su amiga, venteó el aire como un perro de caza y dijo:

-Sí, son dos y se están acercando. Quizás hayan olido a la niña y quieran quedarse con ella. Sea como sea, vamos a darles la bienvenida.

-¿Y no debería quedarse uno de nosotros vigilando a la cría?

-¿Por qué? Ella está bien atada. Y dos licántropos serían demasiados para uno solo.

Aquellos misteriosos seres salieron de la casa y vieron a los intrusos cuya presencia los había perturbado. Uno de ellos tenía forma humana y era el mismo hombre que había sorprendido a Ana minutos antes. Pero el otro no era humano o al menos había dejado de serlo: se trataba de una hermosa loba, completamente blanca como la nieve, salvo por sus brillantes ojos ambarinos. El hombre de la cicatriz miró con cierto desprecio a los jóvenes que habían salido de la casa y les dijo, sin manifestar ningún miedo:

-Veo que aún quedan vampiros en estos bosques. Llegué a pensar que los había matado a todos.

Los muchachos que habían secuestrado a la niña lo miraron con rabia y la chica dijo:

-Te advierto que nosotros somos más poderosos que cualquier vampiro al que te hayas enfrentado hasta ahora.

El licántropo no se amilanó por estas palabras y dijo:

-Ya lo sé. Por eso me traje conmigo a mi hermana. Como podéis ver, está tan ansiosa por luchar que ya se ha transformado en loba. Y ahora yo haré lo mismo.

Tras decir esto, se calló y adoptó rápidamente la forma de un enorme lobo, mucho más grande y oscuro que su compañera. Pero los jóvenes vampiros también tenían ese poder: transformados en sabuesos negros como la noche, se dispusieron a iniciar un combate a muerte contra los licántropos. Sin embargo, estos, en vez de plantarles cara, se limitaron a esquivar la primera escaramuza y a huir rápidamente hacia el bosque. Sabiéndose en ventaja y no pudiendo resistir sus impulsos asesinos, los vampiros los persiguieron durante un buen trecho, hasta que perdieron su rastro en la orilla del río. Entonces decidieron volver a la casa, pero, una vez allí, vieron, anonadados, que la niña había desaparecido. Alguien entrado en la casa durante su ausencia y se la había llevado consigo, pese a que los vampiros nunca habían sentido ninguna presencia humana por los alrededores. Pensando que aún podrían recuperar a su presa, se prepararon salir en su busca, pero el Sol ya se había puesto y en aquel preciso instante llegó el amo que esperaban. Este, furioso al ver que sus acólitos no tenían ningún sacrificio de sangre para ofrecerle, les infligió un terrible castigo antes de que pudieran explicarle nada.

Tras dejar a la niña en casa de sus padres, Ana volvió al bosque para reencontrarse con el licántropo de la cicatriz. Este, que se llamaba Ruy, había ideado aquel exitoso plan de rescate, aunque este no hubiera podido llevarse a cabo de no ser por una afortunada circunstancia: aunque Ana no había desarrollado el poder de la metamorfosis, ella también portaba en sus venas la sangre del Dios Lobo, por lo que su olor era el de un licántropo y no el de un ser humano. Los vampiros la habían olido, pero no la habían visto, así que pensaron que aquel olor procedía de la loba blanca que acompañaba a Ruy, cuando en realidad esta era un animal ordinario. Luego la muchacha había aprovechado la ausencia de los vampiros para salir de su escondrijo, entrar en la casa y rescatar a la niña antes de que volvieran. Cuando Ruy la vio, le dijo con una sonrisa en el rostro:

-Bien hecho, hermanita. Has rescatado a la niña con mucha habilidad y valor. Y eso no es lo único que debo agradecerte.

Ana, levemente colorada por el halago, también sonrió y recogió su mochila. Tantas emociones le habían abierto el apetito, así que abrió su mochila para buscar su merienda. Pero se llevó un chasco cuando vio que esta había desaparecido. Ruy le dijo:

-Lo siento por tu merienda, pero tienes que comprender que la loba no iba a ayudarnos a cambio de nada. Y tu bocadillo de jamón era muy apetitoso.

Ana puso cara de circunstancias, pero se sintió contenta en su interior, al saber que, aunque había perdido un bocadillo, también había ganado un hermano.

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