Asuntos De Familia

En un relato anterior Ana, una adolescente tímida y solitaria, conoce a un licántropo llamado Ruy y descubre que son hermanos, pues ambos descienden del Dios Lobo. Por otra parte, la muchacha se ve implicada en la lucha a muerte que Ruy mantiene contra una peligrosa horda de vampiros. … Tras numerosas pesquisas, Ruy encontró por fin el escondrijo del rey de los vampiros, que pasaba las horas del día en la cripta de un monasterio abandonado. Como enfrentarse de noche a un ser tan poderoso y maligno hubiera r

En un relato anterior Ana, una adolescente tímida y solitaria, conoce a un licántropo llamado Ruy y descubre que son hermanos, pues ambos descienden del Dios Lobo. Por otra parte, la muchacha se ve implicada en la lucha a muerte que Ruy mantiene contra una peligrosa horda de vampiros.

Tras numerosas pesquisas, Ruy encontró por fin el escondrijo del rey de los vampiros, que pasaba las horas del día en la cripta de un monasterio abandonado. Como enfrentarse de noche a un ser tan poderoso y maligno hubiera resultado una misión suicida incluso para él, decidió visitarlo antes de la puesta de Sol, cuando no podía salir de su guarida y era relativamente vulnerable. No le dijo nada a Ana, pues no quería implicar a su hermana en un combate tan arriesgado. Quizás le hubiera pedido ayuda si ella también pudiera convertirse en lobo, pero no era así. Y él la consideraba afortunada por ello, pues no deseaba para nadie la maldición de la licantropía, que tanto dolor le había causado desde los tiempos de su infancia.

El Sol aún estaba alto en el cielo cuando Ruy vio las oscuras ruinas del monasterio, que se alzaban sobre unas rocas desnudas en el lugar más agreste e inaccesible de la sierra. Si había más vampiros por la zona, Ruy no pudo olerlos. Seguramente se habían ido en busca de sus propias presas, pues algunos de aquellos monstruos podían moverse sin problemas bajo la luz solar, aunque de día fueran menos poderosos. Fuera como fuera, cuando el demonio del monasterio estuviera muerto, los demás vampiros también desaparecerían para siempre.

Ruy adoptó su forma de lobo y penetró en el tenebroso interior del edificio. Como de nada le servían sus ojos y oídos en aquel lugar tan oscuro y silencioso, se dejó guiar por su sentido del olfato, combinado con su capacidad para percibir el Mal dondequiera que este se ocultara. Pronto llegó a la cripta donde lo esperaba su enemigo. Este se hallaba despierto y realmente parecía estar aguardando su visita, porque no manifestó sorpresa ni temor cuando el lobo irrumpió en su habitáculo. Muy al contrario, fue Ruy el que se sorprendió cuando un pálido rayo de luz, que consiguió colarse por una grieta del techo, le reveló el rostro del vampiro. Este, sabiéndose reconocido, le dedicó al intruso una sonrisa malévola y le dijo:

-Hola, Ruy, ¿me recuerdas?

El respingo que dio el licántropo cuando aquella voz hirió sus oídos valía por una respuesta afirmativa. Aquel vampiro era el hombre que había arruinado su vida veinte años antes, el criminal que había sacado a la superficie su lado bestial, el psicópata que le había suministrado una droga para obligarlo a mantener relaciones incestuosas con su propia madre. Él, sin dejar de sonreír, siguió diciendo:

-Resulta irónico: llevas mucho tiempo luchando contra nosotros, pero, en realidad, fuiste tú quien nos creaste, igual que yo, en cierto modo, te creé a ti. Aquella vez, cuando se reveló por primera vez tu lado oscuro, me hiciste mucho daño, hasta el punto de que pasé varios días entre la vida y la muerte. Pese a todo, conseguí sobrevivir, aunque los médicos me dijeron que permanecería tetrapléjico para siempre. Yo no podía resignarme a eso, así que busqué en la magia la solución que la ciencia no podía ofrecerme. No me faltaban dinero ni contactos, así que obtuve la última muestra de sangre de vampiro que quedaba en el mundo, cien años después de que esa raza maldita fuera borrada de la faz de la Tierra. La usé para convertirme en vampiro y luego compartí mi inmortalidad con varios miembros de mi antigua banda, con la condición de que me reconocieran como amo y señor por toda la eternidad. Sin embargo, no pude impedir que acabaras con casi todos ellos. Sé que eres difícil de matar y que has sobrevivido a pruebas muy duras. Pero tengo algo muy especial para ti.

Mientras Ruy permanecía inmóvil, demasiado sorprendido para actuar con la decisión que hubiera sido necesaria en aquel momento, el vampiro agarró una lanza y se la arrojó con todas sus fuerzas. El lanzazo apenas rozó el cuerpo de Ruy, causándole una herida muy superficial. Pero el licántropo, que había soportado sin problemas heridas mucho más peligrosas, se sintió súbitamente mareado y cayó al suelo para no levantarse más. El vampiro recogió su lanza y le dijo con frialdad:

-Esta lanza fue forjada por una vieja dinastía de hechiceros. El mero contacto con su punta resulta mortífero para cualquier criatura sobrenatural. Aún tardarás algún tiempo en morir y así sufrirás casi tanto como sufrí yo hace años, cuando tú me convertiste en un despojo humano.

Ajena a todo esto, Ana paseaba tranquilamente por los bosques que rodeaban su villa natal, con la esperanza de encontrar allí a Ruy. Pero a quien encontró fue a su amiga Jana, la loba blanca del bosque, aunque, para ser más exactos, fue esta quien halló a la muchacha. Siguiendo su costumbre, Ana le ofreció una parte de su merienda, pero Jana, que parecía bastante alterada, rechazó el ofrecimiento. Y, aunque Ana no tenía tan desarrollada como Ruy la facultad de entender a los animales, comprendió que había sucedido algo malo.

-¿Se trata de Ruy, Jana? ¿Le ha pasado algo?

La loba, por toda respuesta, empezó a correr hacia las montañas y Ana la siguió lo más deprisa que pudo.

Antes de llegar al monasterio, la loba se detuvo en seco y empezó a gruñir, como si hubiera percibido el olor de un enemigo. Luego desapareció entre los arbustos, dejando confundida a Ana, que se quedó plantada en medio del bosque, sin saber qué hacer. Sus poderes paranormales le decían que había peligro cerca, pero ella ignoraba de qué se trataba y, por tanto, tampoco sabía qué partido tomar. Entonces de los arbustos surgió una sombra de forma humana, que la agarró por el cuello con fuerza irresistible, impidiéndole gritar y casi respirar. Era un vampiro, que, al verla indefensa, le dijo:

-¡Qué bien! Esta tarde parece que tendré menú doble. A ti te toca ser el postre.

Ana se sintió perdida, pero solo fue durante unos instantes, porque Jana reapareció súbitamente, se arrojó sobre la espalda del vampiro y le clavó los dientes en la nuca. Este, en un desesperado intento de zafarse de su agresora, soltó a Ana, quien, tras tomar aliento, agarró un palo puntiagudo y lo clavó con todas sus fuerzas en el corazón del monstruo, que pronto se convirtió en polvo. Tras agradecerle a Jana su ayuda con unas cuantas caricias en su nívea cabeza, Ana se dijo:

-Por lo que dijo este monstruo, yo no iba a ser su única víctima. Pero no creo que se estuviera refiriendo a Ruy, él no tendría ni para empezar con un vampiro como este ¿Habrá alguien más aquí?

Ana oyó entonces un débil gemido procedente de la espesura. Fue a echar un vistazo y vio a una chica que yacía sobre el suelo del bosque, aparentemente inconsciente. La palidez de su rostro y las manchas de sangre en su cuello delataban que ya había sufrido un ataque por parte del vampiro. Pero aún vivía y Ana reconoció en ella a Beatriz Castro, una compañera del instituto que llevaba varios cursos sometiéndola a un acoso escolar extremo. Entonces pasaron por su mente estos pensamientos:

-Ruy me dijo que yo también podría convertirme en lobo si mataba a un ser humano. ¿Y por qué no? Así podría ayudar a Ruy y Beatriz, seguramente, morirá de todas formas. Además, ella no merece vivir, porque la conozco demasiado bien y sé que no es mucho mejor que los vampiros. Entre salvar a Ruy y salvarla a ella lo tengo claro. Sí, remataré a Beatriz y así podré salvar no solo a Ruy, sino también al mundo entero de los vampiros. Estoy dispuesta a pagar el precio.

Ana acercó a la garganta de la indefensa Beatriz la punta del palo que había usado contra el vampiro. Y luego lo tiró lejos de allí. Acarició nuevamente a Jana y le dijo, aunque en realidad estaba hablando más para sí misma que para la loba:

-Como dice mamá, todo el mundo tiene derecho a unos instantes de desahogo, para pensar todas las cosas malas que se le ocurran y luego olvidarse de ellas para siempre. Yo ya me he desahogado, ahora tú quédate aquí y cuida de Beatriz.

Tras cubrir las heridas de su enemiga con un vendaje bastante rudimentario (pero suficiente para impedir que siguiera desangrándose) y encomendarle su cuidado a la loba, Ana siguió su camino completamente sola. Ya no necesitaba que Jana la guiara, pues su propio instinto la llevó hacia el monasterio abandonado, donde Ruy agonizaba lentamente ante los crueles ojos del rey vampiro.

Ana penetró valientemente en aquel oscuro edificio guiada por la linterna de su teléfono móvil. Tenía la esperanza de que aquella luz fuera suficiente para espantar al rey vampiro, que debía de ser bastante fotosensible si había elegido como refugio un lugar tan tenebroso, pero ignoraba que él no necesitaba tocarla para hacerle daño. El vampiro había previsto que Ana viniera en rescate de Ruy y, cuando la muchacha bajó a la cripta, le arrojó la lanza embrujada, aunque procuró no alcanzarla en ningún punto vital, para que sufriera antes de morir. Ana chilló de dolor cuando la punta de la lanza se clavó en su hombro izquierdo y su rostro palideció de dolor, al mismo tiempo que su camiseta se teñía de sangre. Pero, para sorpresa del vampiro, la muchacha, aunque débil y mareada, se mantuvo de pie y, con un terrible esfuerzo, arrancó la lanza de su hombro. Que una criatura de origen sobrenatural pudiera hacer eso resultaba tan inusitado que el rey vampiro no pudo contenerse y gritó:

-¡Imposible! ¡Se supone que esa lanza puede derribar a cualquier ser oscuro!

Sobreponiéndose a la debilidad y al dolor, Ana sonrió y dijo con voz trémula:

-Muchas gracias por decírmelo, rey vampiro.

Dicho esto, Ana usó las pocas fuerzas que le quedaban para arrojarle la lanza al vampiro. Fue un disparo a ciegas, pues la muchacha había perdido su móvil y no podía ver al monstruo. Sin embargo, él mismo le había revelado su posición al expresar su sorpresa en voz alta, así que Ana acertó de lleno. La lanza se clavó en el pecho del vampiro, que no tardó en caer al Infierno, llevándose consigo a toda su legión de monstruos.

Una vez destruido el vampiro, Ana recuperó su móvil y la luz le mostró el cuerpo moribundo de Ruy, que aún vivía, aunque el ritmo de su respiración era cada vez más lento. Mediante un tremendo esfuerzo, la muchacha consiguió arrastrar fuera de la cripta el pesado cuerpo del lobo. El aire fresco y la luz del día parecieron reanimarlo un poco, pero eso solo sirvió para que Ruy pudiera ver el rostro de su hermana por última vez. Aun en su forma de lobo era capaz de hablar, así que pudo decirle a Ana, cuyo pálido rostro estaba inundado de lágrimas:

-El Destino te ha puesto a prueba y has ganado. Siendo muy joven, yo me dejé arrastrar por la bestia que vive en mi interior y eso fue lo que me convirtió en un monstruo. Pero tú lograste sobreponerte a la maldad y asfixiaste al monstruo que vivía en ti. Por eso la lanza embrujada no pudo matarte. Ya no eres un licántropo, ahora eres plenamente humana… y, como diría Alucard, solo un ser humano puede matar a un monstruo.

Dicho esto, Ruy murió entre los brazos de Ana, que se deshizo en lágrimas sobre su cadáver.

Cuando fue capaz de sobreponerse a su dolor, la muchacha encendió una hoguera para cremar el cuerpo de su hermano. Luego le entregó sus cenizas al viento nocturno, que las recibió con un triste aullido de lobo.

 

 

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