Hace algunos años, cuando empecé a trabajar como profesor de secundaria, fui destinado al instituto de una pequeña localidad gallega, donde realizaría una sustitución de varios meses. Cuando llegué a mi destino, intenté alquilar un apartamento, pero la oferta resultó ser escasa y excesivamente costosa para mi menguada cuenta bancaria. Tras numerosas pesquisas descubrí que podía alquilar por poco precio un chalecito situado en las afueras del pueblo. Era extraño que una casa relativamente nueva y en buen estado fuera tan barata, así que realicé algunas indagaciones y descubrí que nadie había querido vivir allí en los últimos años, porque estaba muy cerca de una mansión abandonada sobre la cual corrían siniestros rumores. Pero a mí aquellas supersticiones no me interesaban en absoluto y finalmente decidí alquilar el chalé, que resultó ser una vivienda bastante acogedora.
Por lo demás, mis primeras semanas en el instituto fueron bastante tranquilas. Pronto llamó mi atención una niña de trece años llamada Ana Vázquez, que era educada y estudiosa, pero también muy triste y solitaria. Sus compañeros le hacían el vacío y a veces se metían con ella. Un día le pregunté a Marta, su tutora, por qué intentaba ayudarla y me contestó que era inútil, pues Ana no ponía nada de su parte para integrarse.
Luego me contó una extraña historia. Elena, la madre de Ana, se perdió en el bosque durante una noche de tormenta, cuando era poco más que una adolescente. Al día siguiente la Guardia Civil la encontró llorando en las profundidades de la espesura. Tenía la ropa desgarrada y el cuerpo lleno de arañazos. Ella dijo entre lágrimas que había sido violada, pero fue incapaz de describir a su agresor, como le resultara imposible recordar sus rasgos. El forense negó que los arañazos hubieran sido hechos por uñas humanas y, tras meticulosas investigaciones, también se descartó que aquella noche hubiera un desconocido rondando por los alrededores. La única evidencia a favor de la violación era que Elena se había quedado encinta. Pero la gente pensó que ella misma se había inventado la historia para ocultar una relación deshonrosa, posiblemente un incesto con algún miembro de su familia. Así pues, Elena se convirtió en la persona más despreciada del pueblo, aunque luego ese dudoso honor pasó a su hija Ana, nacida de aquel misterioso embarazo.
Una mañana, mientras tenía guardia de recreo en el patio del instituto, no pude dejar de fijarme en Iria, una chica de bachillerato especialmente atractiva, que aquel día llevaba una minifalda muy corta. La visión de sus largas piernas me sugirió unos pensamientos lúbricos, bastante vergonzosos para cualquier persona decente (y no digamos para un educador). Estaba absorto espiando a la muchacha cuando oí que alguien me decía:
-Es muy guapa, ¿verdad? No se avergüence de sus pensamientos, usted no puede evitarlos.
Me volví asustado y vi que a mi lado estaba Ana, tan triste y sola como siempre. Yo me puse colorado y me hice el ofendido para disimular mi mala conciencia:
-¿Y tú qué sabes de lo que estoy pensando? ¿Es que puedes leer la mente de los demás?
Ella, muy seria, me respondió:
-No puedo hacer eso, pero sí puedo adivinar los malos pensamientos de la gente. Por eso no quiero relacionarme con mis compañeros, porque sé lo que ellos piensan de mi madre y de mí.
-Bueno, quizás sea cierto que piensan cosas malas de vosotras, pero encerrándote en ti misma solo conseguirás empeorar la situación.
-La situación no puede empeorar. Ellos me odian y a veces yo también los odio. Pero solo a veces. Mi madre dice que todos tenemos derecho a pensar cosas malas para desahogarnos, pero luego debemos olvidarnos de ellas y seguir adelante. Por eso creo que usted no necesita avergonzarse de sus…
Yo la interrumpí antes de que mencionase a Iria.
-Bueno, supongo que todo eso es cierto. Pero no acabo de entender cómo puedes percibir los malos pensamientos de la gente.
-¡Es que yo tampoco lo entiendo! Y no le hablaría de esto si no fuera porque tengo que decirle algo importante.
-Vale, pues dímelo sin miedo. Ya me has acusado de ser un pederasta en potencia, así que nada de lo que me digas ahora podrá ser peor que eso.
-Me he enterado de que usted vive cerca de la casa embrujada. ¡Por favor, hágame caso! Nunca entre en esa casa durante una noche oscura y, si lo hace, llévese una buena linterna. Y, pase lo que pase, no se le ocurra apagarla. Las tinieblas son peligrosas.
Yo iba a pedirle explicaciones, pero entonces sonó el timbre anunciando el fin del recreo y Ana se fue corriendo a clase.
No vi de nuevo a Ana durante el resto del día y, como aquella tarde me tocaba reunión de departamento, no volví a casa hasta después del atardecer. Casualmente aquella era una noche bastante oscura, pues no había luna y el cielo estaba cubierto de nubes. Si Ana no me hubiera dicho nada, seguramente no se me habría ocurrido acercarme a aquella casa supuestamente embrujada, cuyas oscuras ruinas se alzaban a pocos pasos de mi confortable chalecito. Pero, guiado por una curiosidad morbosa y por eso que Poe llamaba “el instinto de la perversidad” (aunque quizás “estupidez” sería un nombre más adecuado), decidí entrar allí por primera vez, aunque solo fuera para echar un vistazo. Por supuesto, llevaba conmigo una buena linterna, no porque me diera miedo la oscuridad, sino simplemente porque no quería tropezar en los escombros que cubrían el suelo. Una vez dentro de la casa abandonada, al principio no vi nada más que telarañas, pero, cuando ya iba a marcharme, creí oír un gemido procedente del desván. Me asusté bastante, pero, como aquellos gemidos parecían proceder de un ser humano y no de un fantasma, subí por unas polvorientas escaleras para ver quién podía estar allí a aquellas horas de la noche. Llegué al desván y, para mi sorpresa, me encontré con Iria, que estaba sentada en un rincón, llorando desconsolada. Tenía la ropa desgarrada y estaba bien atada… igual que en la fantasía erótica que me había perturbado aquella mañana. Pero, como evidentemente necesitaba mi ayuda, me olvidé de mis pensamientos perversos, me arrodillé a su lado, la desaté y la abracé para consolarla (al menos lo hice con esa buena intención, aunque no pude evitar un estremecimiento lúbrico cuando mis manos tocaron su piel). Le pregunté qué le había pasado y ella me dijo, entre lágrimas, que un desconocido la había raptado y escondido allí. Añadió que su secuestrador había salido hacía tiempo, pero que antes le había destrozado la ropa y que, según sus propias palabras, pensaba violarla cuando volviera. Yo la tranquilicé y la ayudé a levantarse. Mi idea era que fuéramos a mi casa, desde donde podríamos llamar a la Guardia Civil, pero entonces oí un sonido de pasos procedente de la planta inferior. Iria, nuevamente asustada, me susurró:
-Él está volviendo. Por favor, apague la linterna o sabrá que usted está aquí.
Yo, casi sin pensar, hice lo que ella me pedía y apagué la linterna, con la cual el desván quedó sumido en la más negra oscuridad. Entonces sentí cómo la piel de Iria se enfriaba rápidamente y adquiría un repulsivo tacto viscoso, al mismo tiempo que sus asustados susurros se convertían en diabólicas carcajadas. Presa del terror más abyecto y de una extraña debilidad, caí al suelo y seguramente me desvanecí. Lo último que percibí antes de perder el sentido fue un par de pequeñas luces rojas que brillaban en la oscuridad.
Cuando recobré la conciencia, estaba fuera de aquella casa maldita y sentada a mi lado estaba Ana, que me miraba con una mezcla de preocupación y alivio. Me dijo:
-Se lo advertí. No debió haber entrado ahí. Y tampoco tuvo que haber apagado la linterna.
-¿Dónde está Iria?
-Supongo que en su casa. En el desván solo estaba usted… y algo que no era humano, pero que desapareció cuando subí a buscarlo. Solo podía existir en las tinieblas.
-¿Pero cómo supiste que yo estaba en peligro?
-Ya le he dicho que puedo percibir la presencia del mal. Y no solo en los pensamientos.
-Una pregunta más: tú no llevas ninguna linterna. ¿Por qué a ti no te atacó… esa cosa?
-Porque para mí las tinieblas no existen. Yo puedo ver en la oscuridad.
Solo entonces advertí que los ojos de Ana brillaban en la noche como los de un animal salvaje.
…
Al día siguiente me concedieron una baja médica y abandoné para siempre aquel pueblo. Quise despedirme de Ana y agradecerle debidamente su ayuda, pero finalmente no me atreví a decírselo en persona y le pedí a Marta que le diera un mensaje de mi parte. Desde entonces no he vuelto a saber de ella. Es, desde luego, una chica extraña, pero no creo que su misterioso padre fuera un miembro de su familia. De hecho, dudo que fuera un ser humano.





