En un futuro lejano la civilización y el progreso han vuelto al mundo, tras un largo paréntesis de caos y barbarie provocado por terribles catástrofes naturales. Los enclaves más privilegiados viven en paz y disfrutan de un desarrollo tecnológico equiparable al del año 2000, aunque la población global sea mucho más reducida.
Uno de los lugares más avanzados y apacibles del nuevo mundo es la ciudad de New Town, situada en la costa atlántica de Norteamérica.
Hans Darrell, un muchacho de quince años, estaba en su cuarto, practicando una de sus aficiones favoritas, que era la lectura de novelas policíacas. Su otra afición predilecta era pensar en Bella Martins, una guapísima compañera de clase. Cuando Hans se hallaba más enfrascado en la lectura, su madre entró en el cuarto (sin llamar, como de costumbre) y le dijo con una sonrisa irónica:
-Vuelve al mundo real, príncipe azul, que abajo te está esperando Bella para pedirte un favor.
Al oír ese nombre, Hans bajó a toda prisa al salón y saludó tímidamente a Bella. Tras responder educadamente a su saludo, la muchacha le enseñó un papel y le dijo:
-Hace poco murió mi tío abuelo Jonathan, que era el dueño de la Espada Denfer. No sé si has oído hablar de ella.
Por supuesto, Hans, como casi todo el mundo en la ciudad, conocía la leyenda de la Espada Denfer, un viejo sable que había pertenecido a la familia Martins desde hacía siete generaciones. Según la leyenda, estaba encantado por un espíritu que protegía a la familia y, en todo caso, era un objeto de gran valor económico. Bella prosiguió:
-Mi tío guardó la espada por miedo a que se la robaran y no le dijo a nadie dónde estaba, ni siquiera a sus parientes. Según su última voluntad, cuando él muriera sus albaceas les enviarían a mis padres un documento que les revelaría el paradero de la espada. Ese documento ha llegado hoy por correo, pero resulta que mis padres están fuera de la ciudad y no consigo ponerme en contacto con ellos. Además, este documento está escrito en clave y no entiendo nada. Pero he pensado que, como a ti te gustan los misterios, quizás podrías echarme una mano. Si no te molesta, claro…
Por supuesto, Hans estaba encantado de echarle una mano (en el buen sentido) a su amiga. Le echó un ojo al documento y vio que se trataba de un criptograma bastante complicado, que solo podría interpretarse partiendo de una clave determinada. Sin embargo, al menos los parientes y herederos del difunto Jonathan Martins tendrían que ser capaces de dar con la clave, pues de lo contrario nunca podrían encontrar la dichosa espada. Hans le preguntó a Bella:
-¿Recuerdas si tu tío tenía especial interés por alguna palabra o por algún número?
-No sé, en realidad apenas lo conocía. Solo me visitó dos veces: una cuando cumplí siete años y otra cuando cumplí catorce.
-¡Genial! Esa es la pista que buscaba: a tu tío le gustaba el número siete.
Hans tomó un lápiz y subrayó la séptima letra del criptograma, luego la decimocuarta, a continuación la vigésimo primera y así hasta el final. La unión de todas las letras subrayadas daba lugar al texto correcto: la espada se hallaba oculta en la chimenea de la vieja casa de los Martins, donde en aquella época vivía Martha Davenport, una prima lejana de Bella. Esta, para cerciorarse de que la interpretación de Hans era correcta, decidió ir a ver a su prima inmediatamente e invitó a su amigo a acompañarla. Naturalmente, Hans hubiera aceptado aquella invitación de mil amores, pero entonces su madre bajó para recordarle que había llegado la hora de pasear a Bat, el perro de la familia. Muy a su pesar, el pobre muchacho tuvo que renunciar al placer de acompañar a Bella. Sin embargo, decidió que pasearía al perro cerca de la casa donde vivía Martha, con la esperanza de reencontrarse con Bella cuando esta ya tuviera la Espada Denfer en sus manos.
Tras abandonar la casa de Hans, Bella llegó a la vieja casa de los Martins, que en otros tiempos había servido de residencia a su tío Jonathan. Aunque ella nunca había vivido allí, aquella vivienda pertenecía oficialmente a sus padres, si bien estos se la habían cedido generosamente a su sobrina Martha, que, como pertenecía a una rama secundaria de la familia, no tenía ningún derecho legal sobre la casa ni sobre la Espada Denfer.
Martha recibió cordialmente a su prima, a la que conocía desde que era una niña pequeña, y pareció muy sorprendida cuando esta le reveló dónde se hallaba escondido el mayor tesoro de la familia. Tras hacerse con el sable y depositarlo cuidadosamente sobre la mesa del salón, tanto Bella como Martha lo contemplaron arrobadas durante un buen rato. Después de tanto tiempo, aquella espada brillaba como si fuera nueva y, aunque quizás no fuera mágica, nadie podía negar que era sumamente hermosa. Martha sacó su móvil y le pidió permiso a Bella para hacerle una foto antes de que se la llevara. Bella le dio permiso para que le hiciera todas las fotos que quisiera y le pidió que la guardara hasta que fueran sus padres a recogerla, pues a ella le daba miedo ir por la calle con un objeto tan valioso.
Pero entonces la puerta que daba a la calle se abrió de golpe y entró en el salón un hombre fuerte, que llevaba una pistola en la mano. Antes de que las sorprendidas muchachas pudieran reaccionar o pedir ayuda, el intruso las amenazó con su arma y les dijo:
-Tranquilas, preciosas. Yo os guardaré vuestro juguetito.
Tras atar y amordazar a Martha con cinta adhesiva, el asaltante se dispuso a hacer lo mismo con Bella. Mientras él le ataba las manos, ella se atrevió a decirle:
-¿Cómo sabías que la espada estaba aquí? ¡Ni siquiera nosotros lo sabíamos!
-Pero lo sabríais cuando el viejo Jonathan os informara. Así que cuando saliste de tu casa empecé a seguirte, sabiendo que me llevarías directamente hacia la espada. Bueno, si no tienes más preguntas, ahora te toca estar calladita.
Dicho esto, el ladrón también amordazó a Bella. Antes de llevarse la espada, sacó su móvil y les dijo a sus prisioneras:
-Estáis las dos muy sexys atadas y amordazadas. Creo que antes de marcharme os haré unas fotos como recuerdo.
Mientras tanto, Hans paseaba con su perro por las cercanías, ajeno a lo que estaba sucediendo dentro de la casa. Pero, de pronto, Bat dio un fuerte empujón, haciendo que Hans soltase la correa, y empezó a correr hacia la casa, como si alguien lo hubiera llamado. Su dueño no fue capaz de alcanzarlo y el perro entró en el edificio, pues la puerta había quedado abierta tras haber sido forzada por el asaltante. Este aún estaba fotografiando a sus víctimas cuando Bat se arrojó sobre él como si fuera un lobo furioso. El sorprendido criminal había guardado la pistola en el bolsillo y, como no tuvo tiempo para hacerse con ella, recibió un fuerte mordisco en un brazo. Dolorido y asustado, dejó caer su móvil y huyó de la casa a toda prisa. Poco después llegó Hans, que se quedó pasmado al ver que Bat acababa de rescatar a Bella y a Martha de un auténtico criminal. Claro que el perro no podía desatarlas, así que él asumió (no sin cierto placer) la labor de liberar a las prisioneras. Una vez libre, Bella tomó el móvil que había dejado caer el delincuente. Al verla, Martha le gritó:
-¡No lo toques! ¡Estás manipulando una prueba!
Pero la muchacha le dedicó una mirada torva y le dijo:
-Eso es lo que pensabas hacer tú, ¿verdad? Borrar del registro de llamadas la perdida que le enviaste a este móvil mientras fingías fotografiar la espada.
-¿Qué estás diciendo?
-Tu cómplice cometió un error al decir que me había seguido. Antes de venir aquí, pasé por la casa de Hans para pedirle ayuda. Pero entonces el ladrón no entró en esa casa, porque no me estaba siguiendo, sino esperando tu aviso. Yo misma debía ser testigo del robo, para que nadie sospechara que tú estabas implicada. Pero él habló demasiado, ¿no te parece?
Martha, furiosa, intentó hacerse con la espada, pero entonces entraron en la casa varios agentes de policía, que habían llegado alertados por un vecino. Viéndose derrotada, la muchacha decidió rendirse y entregarse a los agentes, que también habían arrestado a su cómplice. Mientras les tomaban la declaración a Bella y a Hans, Bat, olvidado por todos, se sentó sobre sus patas traseras y contempló la espada, que durante un instante emitió un brillo más fuerte, como dándole las gracias al perro, que agitó la cola igual que hacía cuando alguien le daba una galleta.





