Verónica era una atractiva estudiante española que los fines de semana tenía que trabajar como camarera en un bar, pues su familia no tenía suficiente dinero para pagarle la carrera. Un sábado por la tarde entró en el bar donde trabajaba un muchacho de aspecto desaliñado, probablemente un simple vagabundo. Pidió una taza de café que pagó con una moneda mugrienta, posiblemente la única que llevaba consigo. Tras tomarse el café, se pasó el resto de la tarde dormitando en su mesa, sin prestar atención a las miradas de repulsa que le dirigían los demás clientes. Al anochecer el encargado del local le dijo en voz baja a Verónica:
-Convendría echar a ese pordiosero. Lleva horas ahí sin hacer ninguna consumición y además tiene tan mala pinta que espanta a la gente.
Verónica, que tenía buen corazón, intentó interceder por el pobre vagabundo:
-Pero ahora debe de hacer mucho frío fuera y él seguramente no tiene dónde pasar la noche.
El encargado, que era un hombre de mal carácter, prestó oídos sordos a las objeciones de la muchacha y se limitó a decirle:
-Me da igual, esto no es un albergue. ¡Y si tanto te preocupa, llévatelo a tu casa, pero no lo quiero aquí!
Verónica se vio obligada a echar al vagabundo, aunque procuró hacerlo de la forma más amable posible. Se acercó a él, lo despertó y le dijo, en voz baja para que no lo oyeran los demás clientes:
-Perdona, pero es que vamos a cerrar.
El vagabundo sonrió tristemente y le dijo, con más educación de la esperable en alguien de su aspecto:
-Lo comprendo. Disculpe las molestias, señorita, ya me marcho ahora mismo.
Dicho esto, el vagabundo se fue del local, sin percatarse de que mientras lo despertaba Verónica había introducido un billete de diez euros en el bolsillo de su pantalón, para que al menos pudiera permitirse una cena decente.
En realidad, el bar no cerró hasta bastante tiempo después, cuando ya era noche cerrada. Ya era demasiado tarde para tomar un autobús y Verónica, que solía llamar un taxi para volver a casa, en aquella ocasión no pudo hacerlo, pues le había regalado al vagabundo casi todo el dinero que llevaba encima. Durante un momento se planteó la posibilidad de pedirle un préstamo al encargado, pero finalmente desistió al ver que su jefe seguía de mal humor y optó por volver a su casa caminando. A aquellas horas las calles estaban bastante solitarias, pues hacía mucho frío y aquella era una zona poco concurrida durante la noche, pero Verónica era una chica valiente y no se amilanó, aunque sí procuró acelerar el paso para llegar lo antes posible a su modesto apartamento de estudiante.
Ya había recorrido un buen trecho cuando se percató de que alguien la estaba siguiendo. La intensa niebla que había caído sobre la ciudad le impedía ver a su perseguidor, pero podía oír claramente sus pasos, que cada vez parecían más cercanos, pese a que ella procuraba caminar lo más deprisa posible. Solo entonces la muchacha se dio cuenta de lo indefensa que estaba, pues no se veía a nadie a quien pedir ayuda y ni siquiera pasaban coches por la calle. Como su apartamento aún estaba lejos, optó por buscar algún lugar donde refugiarse, pero desgraciadamente todos los comercios y bares que encontraba llevaban tiempo cerrados. Y los pasos que resonaban en la niebla se oían cada vez más cercanos. Ya no había ninguna duda de que alguien la estaba siguiendo y era poco probable que aquel misterioso perseguidor tuviera buenas intenciones. Verónica, cada vez más asustada, ya estaba a punto de echar a correr cuando vio su salvación en un bar que aún tenía las luces encendidas. Se dijo:
-Aún tengo suficiente dinero para pagar una consumición, así que puedo entrar en ese bar, donde supongo que estaré a salvo. Y antes de que cierren llamaré a Elvira (así se llamaba la compañera de piso de Verónica) para que venga a buscarme con el coche. Supongo que protestará, como siempre que le pido un favor, pero esta vez es por una buena causa.
Así pues, entró en el bar, que se hallaba completamente vacío, salvo por una chica muy joven que estaba limpiando la barra del mostrador. Verónica le explicó su situación a la camarera y esta le dijo:
-Entiendo que estés asustada, pero no necesitas molestar a tu amiga. Si quieres, puedes pasar la noche en mi piso. Vivo muy cerca de aquí y tengo una cama libre.
-Muchas gracias, pero creo que no será necesario.
Dicho esto, Verónica metió la mano en el bolso para buscar su teléfono móvil y llamar a Elvira, pero no lo encontró. Suspiró fastidiada, sin poder recordar dónde y cuándo lo había perdido. Fuera como fuera, ya no podía llamar a Elvira, pues no se sabía su número de memoria. Entonces la camarera le ofreció nuevamente pasar la noche en su apartamento y, aunque Verónica estaba tentada de aceptar su oferta, creyó de buena educación rehusarla.
-Pero es que no quiero molestar…
-¡No es ninguna molestia! Por cierto, me llamo Alba.
Finalmente, Verónica aceptó pasar la noche en el piso de Alba, que parecía una chica realmente bondadosa y simpática. Cuando acabó de limpiar el local, Alba le dijo a su invitada:
-Voy a ver si todo está en orden en la despensa. Tardo un minuto y luego nos vamos, ¿vale?
-Vale, sin problema.
Poco después, las dos muchachas abandonaron el bar y tras una breve caminata llegaron a un edificio destartalado. Aunque la niebla impedía verlo con claridad, a Verónica le pareció que estaba abandonado desde hacía tiempo. Sin embargo, Alba le aseguró que su piso estaba allí mismo y que, aunque era efectivamente un edificio algo viejo, por dentro no estaba tan mal como parecía a simple vista. Aunque no muy convencida, Verónica se dejó arrastrar por su nueva amiga y entró en el edificio. Sin embargo, una vez dentro no pudo dejar de observar que Alba le había contado una mentira. Definitivamente aquella era una casa abandonada y casi ruinosa, donde seguramente no vivía nadie desde hacía mucho tiempo. Pero no tuvo tiempo de decir nada, pues entonces un hombre robusto surgió de las sombras, la agarró con fuerza y le tapó la boca con la mano. Alba, en vez de ayudarla o de intentar huir para pedir ayuda, se limitó a sonreír y, mientras acariciaba con falsa ternura el pálido rostro de la aterrorizada Verónica, le susurró:
-Ironías de la vida, guapa. Por huir de un chico malo has caído en manos de otro chico peor. Te presento a Carlos, mi hermano gemelo, que es muy aficionado a violar bomboncitos como tú. Lo llamé mientras estaba en la despensa para decirle que tenía una chica para él y que nos esperase aquí. Por cierto, usé tu móvil, que te robé en el bar sin que te dieras cuenta, antes de que pudieras llamar a tu amiga. Ahora él te hará el amor con pasión y yo miraré cómo lo hacéis, cosa que me gusta mucho. Y después… lo siento por ti, pero comprenderás que no podemos dejar testigos.
Verónica comprendió lo que significaban las últimas palabras de Alba e intentó liberarse con un esfuerzo desesperado, pero Carlos era demasiado fuerte y la arrastró hacia la oscuridad tan fácilmente como si ella fuese una niña de cinco años. Alba encendió una linterna para ver cómo su hermano violaba y mataba a la indefensa Verónica, que, amordazada por la dura mano de Carlos, no podía suplicar ni pedir auxilio.
Pero entonces pasó aquello. De las tinieblas surgió un enorme lobo tan negro como la misma noche, salvo por sus ojos de color sangre y por la fúnebre blancura de sus dientes. Su aspecto era tan amenazador y fantasmagórico que nada más verlo Alba, realmente asustada, soltó la linterna y huyó dando gritos de terror. Pero Carlos mantuvo el ánimo: tiró a su prisionera al suelo y se enfrentó a la bestia, usando la misma navaja con la que pensaba degollar a Verónica tras consumar la violación. Pero un lobo gigante no es lo mismo que una chica indefensa y Carlos no tardó en caer al suelo, con la garganta destrozada. Verónica, al ver cómo el lobo remataba al violador y fijaba en ella sus brillantes ojos rojizos, se desmayó de puro terror. Ya era de día cuando recobró el juicio. El cadáver de Carlos seguía allí sobre un charco de sangre, pero el lobo había desaparecido sin dejar rastro. O eso fue lo que pensó Verónica hasta que vio dos papeles bajo un fragmento de teja. Uno de esos papeles era un billete de diez euros. El otro era un papel donde estaba escrito a mano:
“Perdona que te siguiera anoche, pero quería devolverte el billete. Los lobos no necesitamos dinero.”





