Hace muchos años, vivía en una ciudad japonesa un acaudalado mercader, antiguo contrabandista, que gracias a sus negocios sucios había obtenido una gran fortuna y el odio del daimio (señor feudal). Sabiendo que sus riquezas despertaban la codicia de los ladrones y la envidia del daimio, el mercader se cuidaba con sumo celo de su seguridad: había convertido su casa en un verdadero fortín, virtualmente impenetrable para cualquier intruso, y casi nunca se separaba de su viejo sable. Un día, le ordenó a su criado que fuera a comprar arroz al mercado, pero poco después el criado volvió a la casa, pálido de terror, y le dijo a su amo:
-Señor, cuando me dirigía al mercado doblé una esquina y choqué con uno de los samuráis al servicio del daimio. Como la culpa del choque había sido suya más bien que mía, me negué a disculparme y el samurái, enfurecido por mi presunta insolencia, intentó matarme con su espada. Ni yo mismo sé cómo conseguí esquivarlo y huir, lo que sí sé es pronto vendrá aquí a buscarme, por lo que te pido tu ayuda y tu protección.
El mercader frunció el ceño, pues lo cierto es que el pobre criado se había metido sin querer en un verdadero embrollo. De nada serviría denunciar al samurái ante las autoridades, pues en aquella época los guerreros nobles tenían el privilegio, legalmente reconocido, de decapitar a quienes los ofendieran. Por otra parte, el mercader ya había tenido últimamente un enfrentamiento bastante serio con el daimio, y no le convenía provocarlo de nuevo, protegiendo en su casa a alguien que había ofendido a uno de sus samuráis. Sin embargo, él era un hombre de ánimo generoso y estimaba a su criado, de modo que tampoco se sentía capaz de abandonarlo a su suerte. Finalmente, el mercader le dijo esto a su aterrorizado servidor:
-Dado que aquí no estás seguro, será mejor que te vayas a tu pueblo de las montañas, adonde no te perseguirá la venganza del samurái. Te entrego mi caballo, para que puedas irte ahora mismo, algo de dinero, para que puedas establecerte por tu cuenta, y también mi sable, para que puedas defenderte si durante el viaje te atacan los bandidos.
El criado agradeció con lágrimas en los ojos la bondad de su amo y se marchó de la ciudad a toda prisa, con el caballo, el oro y el sable que tan generosamente le habían sido otorgados. Poco después de la huida del criado, el samurái que lo perseguía llamó a la puerta del mercader y le preguntó si estaba allí el hombre que lo había ofendido. El mercader no se atrevió a despedir al samurái, pero le dijo la verdad, es decir, que su criado había huido y que nunca volvería a aquella casa. Entonces el samurái dijo:
-Quizás tu criado no haya huido realmente y ahora esté oculto en tus aposentos… sin que tú lo sepas, naturalmente. ¿Me permitirías entrar en tu casa y realizar un rápido registro?
El mercader se sintió molesto por aquella velada acusación de encubrimiento, pero, como se dijo que no tenía nada que temer en ese sentido, dejó entrar al samurái. Este registró todas las habitaciones de la casa, espada en mano, pero naturalmente no pudo encontrar al fugitivo, que ya se hallaba muy lejos de la ciudad. Tras el registro, el mercader le dijo:
-Como puedes ver, en esta casa no hay nadie más que nosotros dos. Lamento sinceramente tu fracaso.
El samurái sonrió y le dijo al mercader:
-No he fracasado en absoluto. Haciéndote creer que mi objetivo era tu criado, no solo he conseguido que un enemigo del daimio me abriera las puertas de su casa, sino también que se desprendiera del sable con el que hubiera podido defenderse, del caballo con el que hubiera podido huir y del criado que hubiera podido ser un incómodo testigo de su ejecución… pero que ahora, después de haberse llevado tu oro, solo será el principal sospechoso de tu asesinato.
Antes de que el mercader pudiera hacer o decir nada, el samurái lo decapitó de un sablazo y abandonó su casa, procurando no ser visto, para que todos pensaran que el desdichado mercader había sido víctima de un robo y no de una astuta venganza por parte del daimio.





