Aquella tarde una mujer muy atractiva y un apuesto adolescente salieron de una tienda de ropa, situada en el centro comercial más concurrido de cierta ciudad española. La conversación entre ambos era distendida y a ratos alegre, pero de pronto el muchacho se puso pálido y le dijo a la mujer:
-Mamá, tengo que decirte una cosa.
Ella le dirigió una mirada de reconvención y le dijo en voz baja:
-Rui, te he dicho que no debes llamarme “mamá” cuando estemos fuera de casa. Antes, cuando eras pequeño, no importaba tanto, pero ahora podrías llamar la atención si alguien te oyera.
Efectivamente, nadie diría que aquel quinceañero pudiera ser hijo de una mujer que, a simple vista, aún no había llegado a los treinta y que más bien parecía su hermana.
-Sí, perdona, ma… quiero decir, Rosa. Es que sentí de repente como si la sombra del Diablo se cerniera sobre este lugar.
“La sombra del Diablo” era como llamaba Rui a los presentimientos que lo asaltaban ocasionalmente. Dichos presentimientos siempre auguraban una catástrofe provocada por la maldad humana y nunca tardaban mucho en cumplirse. Rosa palideció y le dijo a su hijo en tono perentorio, aunque sin alzar la voz:
-¡Pues entonces tenemos que irnos de aquí rápido!
-Pero…
-¡Cállate! Ya hablaremos en casa.
Rui, acostumbrado a obedecer a su madre, se calló y la siguió hasta el parking del centro comercial. Una vez allí, subieron a un flamante coche deportivo que los llevó rápidamente a su casa, situada en el barrio más exclusivo y aristocrático de la ciudad.
Rosa y su hijo vivían en una verdadera mansión, donde había numerosas obras de arte y una selecta biblioteca de libros antiguos. La dueña de la casa descendía de una familia de rancio abolengo y, aunque había estudiado Medicina, nunca había necesitado ejercer su profesión. Las rentas del patrimonio familiar le permitían vivir con holgura y mantener una numerosa servidumbre. Todos los criados eran leales a la familia... y demasiado discretos para divulgar que Rosa no había envejecido nada en los últimos quince años.
Una vez dentro de la casa, Rui le recordó a su madre lo que había sentido en el centro comercial, pero ella, contradiciendo sus propias palabras, no manifestó el menor deseo de retomar la conversación. Sin embargo, su hijo insistió tanto que finalmente estalló y le dijo, usando un tono más duro de lo habitual:
-¡Ya está bien! Vale, va a pasar algo malo en el centro comercial. ¿Y qué quieres hacer?
Rui titubeó y dijo tímidamente:
-Bueno, no sé… Pero algo tendremos que hacer. Si no, puede morir mucha gente.
-¡No hay nada que podamos hacer! No puedes llamar a la policía y decirles que has tenido un mal presentimiento, solo conseguirías que se rieran de ti.
-Pero quizás pueda hacer algo… personalmente.
-¡De eso nada! Si actúas, lo arriesgarás todo: tu vida… y tu secreto. ¡No, no harás nada! Lo siento mucho, pero mi decisión es definitiva.
-Pero las personas que están allí…
-Esas personas que tanto te preocupan nos matarían a los dos si supieran nuestro secreto. No, Rui, la vida no es como un cuento de hadas. En el mundo real no ganan los héroes, sino los monstruos.
-Pero…
-¡Silencio! Te prohíbo que vuelvas a hablar del asunto. Te quedarás en casa toda la tarde y, si te veo intentando escapar, llamaré a los criados para que te detengan.
Rui pareció rendirse y se puso a vaciar las bolsas de la compra, sin decir nada. Su madre, sin embargo, no le quitaba el ojo de encima, como si recelara de su aparente sumisión. Finalmente Rui rompió su silencio y le dijo a Rosa:
-Mamá, me gusta mucho el fular que compraste en la tienda. ¿Quieres que te lo ponga?
Rosa suspiró aliviada al oír que Rui parecía haberse olvidado de sus presentimientos. Ella también olvidó su recelo y le dijo, tranquila y sonriente:
-Pues claro, cariño. Pónmelo cuando quieras.
Y le dio la espalda a Rui para mirarse al espejo, mientras él le ponía el fular. Pero lo que hizo Rui con el fular fue taparle la boca a su madre. Luego la ató de pies y manos con otros fulares que había en el armario, invirtiendo en ello menos tiempo del que se tarda en contarlo. Tras amarrar y amordazar a Rosa, Rui, que parecía aun más nervioso que ella, le dijo atropelladamente:
-Lo siento, mami, pero tengo que actuar. No permitiré que mueran personas inocentes si puedo evitarlo.
A continuación, Rui abandonó la casa rápidamente, tras decirles a los criados que su madre tenía jaqueca y que, por tanto, no debían molestarla hasta la hora de la cena.
Mientras tanto, en el parking del centro comercial tres hombres se preparaban para cometer un atentado. Llevaban consigo armas automáticas con suficiente munición para provocar docenas de muertes, pero, cuando estaban a punto de subir las escaleras, Rui se plantó delante de ellos y, antes de que pudieran reaccionar, los atacó con una velocidad casi sobrehumana. Sus movimientos no solo eran rápidos, sino también precisos y difíciles de prever, como si aquel muchacho aparentemente normal fuera un experto en artes marciales. En cuestión de segundos desarmó y derribó a dos de aquellos hombres. El tercero consiguió esquivar sus golpes e hizo ademán de disparar, pero entonces aparecieron varios guardias de seguridad, atraídos por el ruido de la lucha, y el terrorista, acobardado, optó por escapar, abandonando a sus compañeros. Rui, que no quería darle explicaciones a nadie, también escapó de allí, tras señalarles a los recién llegados las armas que había sobre el suelo, para que comprendieran que aquellos hombres eran unos asesinos. Dos de los terroristas fueron detenidos por los guardias, pero el tercero logró huir, en un coche que robó tras matar a sus ocupantes.
Dando por finalizada su misión, corrió sin parar hasta que llegó a una calle solitaria, bastante lejos del centro comercial. Entonces empezó a caminar despacio rumbo a su casa, con la cara triste, pues en su mente pesaba más la vergüenza por haber violentado a su madre que el orgullo de haber evitado una masacre. Pensaba que su madre lo pondría bonito cuando llegara a casa, pero de hecho ni siquiera tuvo que esperar tanto tiempo. Un coche se detuvo a su lado y de él bajó Rosa, hecha una furia. Le dio una bofetada a Rui, que ni siquiera intentó esquivarla, y le dijo, con lágrimas de rabia en los ojos:
-¿Sabes lo que has hecho? ¿Sabes cuánto miedo he pasado por ti?
-Lo siento, mamá, pero es que…
-¡Cállate! ¡Tuve que sudar para desatarme, pero eso no es lo peor!. ¿No comprendes que…?
Pero entonces ella vio algo, se interrumpió en seco y empujó a Rui con todas sus fuerzas, tirándolo al suelo. Casi simultáneamente, sonaron varios disparos y Rosa se desplomó con el pecho ensangrentado. El tercer asesino había seguido a Rui para vengarse y aún conservaba su pistola. Aquellas balas eran para él, pero Rosa lo adivinó a tiempo y, sin pensarlo ni una sola vez, se interpuso para proteger a su hijo, al que, pese a todo, siempre había querido con locura. Mientras moría, recordó los momentos más importantes de su vida. Especialmente el hallazgo de aquel libro de magia, encontrado por casualidad en la vieja biblioteca de su familia. Guiada por las lecciones del libro, Rosa había hecho un pacto con un dios primordial. Le había ofrecido su cuerpo en una cópula antinatural, a cambio de que él le diera energía para prolongar su juventud y su belleza. Pero esa no había sido la única consecuencia de aquella cópula: nueve meses después había nacido Rui, hijo de Rosa y “de padre desconocido”.
Cuando vio morir a su madre, Rui, enloquecido por el dolor, se dirigió al asesino, que estaba recargando su arma para disparar de nuevo.
-¡Es verdad, en el mundo real no ganan los héroes, sino los monstruos! ¡Pero mira, yo también soy un monstruo!
Y entonces tuvo lugar una horrenda transformación. El verdadero cuerpo de Rui salió a la superficie, después de que su furia rompiera la forma que lo había ocultado durante años, y el asesino vio, estupefacto y aterrorizado, cómo aquel muchacho se convertía rápidamente en una criatura semejante a un lobo… o, en todo caso, más semejante a un lobo que a un hombre.
Poco después, la policía encontró allí dos cadáveres, el de Rosa y el de un hombre con el cuello desgarrado. Rui había desaparecido para siempre.





