Podemos situar el inicio de esta historia en una pequeña aldea rusa, a principios del siglo XIX. Los lugareños solían recogerse muy temprano, pues en aquellas tierras remotas pervivían viejas supersticiones y quienes osaban salir tras el ocaso volvían a sus hogares pálidos de terror, contando confusas historias sobre una sombra monstruosa que deambulaba por los alrededores de la aldea, envuelta en las tinieblas de la noche.
Una fría tarde otoñal las calles del pueblo se quedaron desiertas nada más ponerse el sol, salvo por un mendigo leproso que permanecía sentado sobre una roca, cerca de la iglesia. Nadie sabía cómo se llamaba aquel desdichado ni de dónde había venido. Simplemente apareció un día cualquiera en el pueblo y se apoderó de su puesto junto a la iglesia, donde recibía las pequeñas limosnas de los vecinos caritativos. Hubiera sido imposible distinguir sus trazas a través del complicado vendaje que lo cubría de pies a cabeza (y que parecía constituir toda su indumentaria, junto con unos harapos tan andrajosos que apenas podían protegerlo del frío nocturno). Sin embargo, era evidentemente un hombre muy alto y debía de haber sido muy fuerte, pues, pese a los estragos de la enfermedad, conservaba suficiente vigor para resistir sus duras condiciones de vida.
Aquella tarde, poco después del ocaso, una hermosa niña se acercó al leproso y le entregó una moneda de plata. Él le dijo a la muchacha, con el tono más amable que podía emitir su voz extraña y cavernosa:
-Muchas gracias, señorita, pero, a causa de mi enfermedad, tengo prohibido acercarme a la tienda, de modo que vuestra moneda no me sirve para nada. En cambio, si tuvierais la generosidad de comprarme un mendrugo de pan…
Ella sonrió y le dijo:
-No se preocupe, señor. Ahora mismo le compraré algo en la tienda.
Dicho esto, la muchacha recogió su moneda y se fue a la única tienda del pueblo, donde pidió, entre otras cosas, algo de pan para el mendigo. El tendero la miró con recelo y le dijo:
-Tú no eres de aquí, muchacha. ¿Puedes decirme de dónde vienes y quiénes son tus padres?
Ella respondió con tranquilidad, aunque con un acento algo extraño:
-Vengo de la ciudad y mis padres son peregrinos que se dirigen al monasterio de San Basilio. Me dieron esta moneda para que les comprara algo de comida. Debemos cenar un poco antes de reemprender nuestro viaje.
-¿Acaso no vais a pernoctar en la aldea? Solo un loco viajaría por el bosque en plena noche.
-Es que tenemos mucha prisa. Mi madre está enferma y queremos llegar cuanto antes al monasterio, para que la bendición del santo le devuelva la salud.
El tendero no pareció muy convencido, pero le entregó a la niña todo lo que esta le había pedido y luego se quedó pensando, inmerso en un hosco silencio. Aquella tienda también ejercía de taberna y el único parroquiano presente en aquel momento (un cazador recién llegado del bosque) se acercó al tendero y le dijo en voz baja:
-Me he pasado todo el día en el bosque y puedo asegurarte que no he visto a ningún peregrino por las cercanías. Esa niña miente.
-Pero es imposible que una criatura de esa edad viaje sola por el bosque. Salvo que…
…
Aquella mañana habían enterrado en el pequeño cementerio local a un hombre que había muerto a causa de una grave enfermedad. Cuando cayó la noche, alguien (o algo) abrió su tumba e hincó unos dientes sumamente afilados en el frío pescuezo del cadáver. Pero entonces sonó un grito de alarma y aparecieron numerosos hombres armados con palos y antorchas. El resplandor de las llamas iluminó el pálido rostro de la niña que ya conocemos. Esta se hallaba acurrucada junto al cuerpo del difunto y las manchas rojas que resaltaban sobre la intensa palidez de su rostro hablaban de una alimentación sumamente impía. El sacerdote del pueblo, que lideraba a los recién llegados, miró a la niña con rabia y les dijo a sus compañeros:
-Veis que las sospechas del tendero eran ciertas: esa niña es una bruja y ha venido aquí a profanar las tumbas de nuestros hermanos. Sin duda, ella es también el monstruo que lleva tantas noches rondando nuestra aldea. ¡Atrapadla antes de que escape!
Una docena de hombres fuertes atraparon a la muchacha, le ataron las manos con una cuerda muy gruesa y la amordazaron con un paño, para que no pudiera blasfemar ni invocar a los demonios. Cuando el sacerdote la vio indefensa, tomó nuevamente la palabra y dijo:
-No es necesario un juicio, las pruebas son evidentes. La ahorcaremos y quemaremos su cadáver.
Un aldeano, algo más compasivo que sus vecinos, se atrevió a decirle al sacerdote:
-¡Eso no está bien! Aunque sea una bruja, no es más que una niña.
-¿Una niña, dices? ¿Qué niña podría excavar en la tierra helada y desenterrar el cuerpo de un adulto sin ayuda de nadie? Ese aspecto inocente no es más que un disfraz para engañar a los incautos. ¡Venga, ahorcadla de una vez!
El aldeano que había intentado defender a la acusada optó por callarse, pero entonces alguien más intervino en su defensa: el mendigo leproso se plantó delante de la multitud con su enorme estatura y dijo, con una voz demasiado fuerte para proceder de un enfermo:
-¡Quietos! Una niña que les da limosna a los pobres no puede ser malvada, así que no permitiré que le hagáis daño.
Al principio, todos parecieron impresionados por la actitud desafiante del mendigo, pero el sacerdote se repuso rápidamente y le dijo:
-Tú, que llevas en tu cuerpo la marca de la maldición divina, no eres nadie para defender a una enemiga de Dios. ¡Apártate de nuestro camino o pagarás las consecuencias, miserable pordiosero!
Pero el mendigo, lejos de amilanarse, lo que hizo fue arrancarse rápidamente las vendas que cubrían su cuerpo. Entonces todos gritaron de horror. Estaban preparados para ver un cuerpo destrozado por la lepra, pero lo que habían escondido aquellas vendas no podía ser humano. Alguien dijo:
-¡Reconozco esa figura! Lo vi una vez, cuando salí en busca de una cabra que se me había perdido. ¡Él es el monstruo que deambula alrededor del pueblo por las noches! ¡Ahorquémoslo junto con la bruja!
Los más audaces se lanzaron en tropel sobre el monstruo, al que pensaban vapulear con sus garrotes antes de llevarlo a la horca. Pero la criatura resistió sus golpes y los rechazó a todos, demostrando una fuerza descomunal. Luego, mediante un salto inverosímil, se plantó en medio de la asustada multitud y les arrebató a la niña, a la que le dijo:
-No temáis, señorita. No os haré ningún daño, solo quiero ayudaros.
Dicho esto, aquel extraño ser se abrió camino entre los campesinos con la niña en brazos y corrió hacia el bosque. Pero entonces sonó el estampido de un mosquete y el monstruo cayó al suelo, herido en un hombro. Varios aldeanos, equipados con armas de caza, rodearon al maltrecho fugitivo, con la intención de rematarlo a tiros antes de que pudiera levantarse. Ya iban a disparar cuando la niña, que misteriosamente había conseguido zafarse de sus ligaduras y de su mordaza, dijo algo en una lengua extraña y aparecieron cientos de murciélagos, que atacaron a los campesinos y los obligaron a refugiarse en sus casas. Mientras tanto, el monstruo, que ya se había recuperado lo suficiente para ponerse en pie, contempló el espectáculo y le dijo a la niña:
-¡No puedo creerlo! Así pues, ¿es cierto que sois una bruja?
-No, soy un vampiro y me dejé capturar solo para probar tu valía. Debo confesar que me has dejado completamente satisfecha.
-Pero, entonces… ¿siempre habéis sabido quién era yo?
-Sí, sé que tú fuiste creado por el difunto doctor Víctor Frankenstein. También sé que tuviste que disfrazarte de leproso para escapar de los hombres, que te odian por ser diferente. Yo me llamo Helene. Cuando tenía doce años, un vampiro me salvó de la muerte convirtiéndome en un ser de su misma especie. Pero luego me dejó, porque se había acostumbrado a la soledad. Yo, en cambio, no quiero estar sola y llevo años buscando la compañía de seres como tú. ¿Quieres venir conmigo?
-Supongo que, después de todo lo que ha pasado, no me queda otra opción. Pero, ¿adónde iremos?
-No es un “adónde”, sino un “cuándo”.
Helene chasqueó los dedos y el escenario cambió súbitamente. La vieja aldea se convirtió en una ciudad moderna, con automóviles, semáforos y anuncios de neón. Adivinando el pasmo de su nuevo amigo, Helene sonrió y le dijo:
-Bienvenido al año 2018. Uno de mis poderes es el de viajar en el tiempo. Así he podido encontrar a otros seres como tú.
-¿Otros seres como yo? ¿Acaso estáis reuniendo un ejército?
-No. Estoy reuniendo una familia.





