La Sangre Llama A La Sangre

LA SANGRE LLAMA A LA SANGRE (cuento fantástico): Era un ser de las tinieblas y durante miles de años su único objetivo había sido la búsqueda de la venganza. Tras numerosos fracasos, finalmente había conseguido destruir a la hechicera inmortal que había asesinado a su hija en una época remota, cuando él aún era humano. Desde entonces Hecateo, el vampiro, no había hecho otra cosa que deambular por la noche, buscando sangre con la que mantener una existencia antinatural, cuyo único sentido era su simple prolo

Era un ser de las tinieblas y durante miles de años su único objetivo había sido la búsqueda de la venganza. Tras numerosos fracasos, finalmente había conseguido destruir a la hechicera inmortal que había asesinado a su hija en una época remota, cuando él aún era humano. Desde entonces Hecateo, el vampiro, no había hecho otra cosa que deambular por la noche, buscando sangre con la que mantener una existencia antinatural, cuyo único sentido era su simple prolongación.

Cierta fría noche de noviembre, el viento otoñal le llevó el ansiado aroma de la sangre recién derramada. Guiado por su fino sentido del olfato, se acercó a una casa de campo situada en las afueras de París, a cierta distancia de la urbanización más cercana. Pensó que tendría que derribar la puerta para entrar, pero alguien se le había adelantado. Cuando penetró en el edificio, se encontró con una escena atroz, capaz de revolverle las tripas a cualquiera que no fuera un vampiro milenario. Tres personas adultas (una pareja de mediana edad y una niña de doce años) yacían sendos charcos de sangre y sus cuerpos, aún calientes, mostraban señales de haber sufrido horrendas torturas. La niña aún vivía e incluso conservaba un poco de conciencia, pero se estaba desangrando rápidamente sobre el suelo de su habitación. Cuando Hecateo entró en el cuarto de la niña, esta, con sus últimas fuerzas, se dirigió a él con una voz tan débil que solo un vampiro hubiera podido distinguir sus palabras:

-¡Por favor, señor, ayúdeme! ¡No quiero morir!

Hecateo le dedicó un rápido examen a la moribunda y le dijo, sin mostrar ninguna emoción:

-Aunque quisiera, no podría hacer nada para salvar tu pobre vida. Has perdido demasiada sangre. Lo único que puedo hacer por ti es esto.

Dicho esto, Hecateo se mordió los labios y se arrodilló para besar la pálida boca de la niña.

Pocas horas después, Hecateo caminaba por un oscuro bosque próximo a la orilla del Sena. Cuando su fino oído notó que alguien lo estaba siguiendo, se detuvo en seco y le dijo a su perseguidora:

-Helene, te convertí en un vampiro, no en una lapa. No quiero que te pegues a mí ni que me sigas por todas partes, ¿entiendes?

Helene (así se llamaba la niña de la casa) le dijo a Hecateo con voz triste:

-Pero, señor, es que toda mi familia ha muerto y ya no tengo ningún sitio adonde ir. Si usted no me quiere, me quedaré sola en el mundo.

-Pues yo llevo miles de años solo en el mundo y puedo asegurarte que no está tan mal.

-¿Pero siempre fue así, señor Hecateo? ¿Nunca añoró usted la compañía de nadie?

Aquellas palabras de Helene crisparon al vampiro, que recordó durante un instante aquellos rostros amados que creía haber olvidado para siempre: su dulce esposa Casandra, su adorada hija Eos… Helene, asustada por la rabiosa expresión de Hecateo, tragó saliva, pensando que había hablado más de la cuenta. Por suerte para ella, Hecateo se contuvo y, tras unos minutos de tenso silencio, le dijo, con un tono más amable de lo habitual en él:

-Por ahora puedes acompañarme. Pero subrayo “por ahora”, ¿entiendes?

-Sí, señor.

-Bien. Ahora está a punto de amanecer y debemos buscar un lugar donde no pueda alcanzarnos la luz solar. Conozco una casa abandonada que resulta ideal para eso. Puedes seguirme, si quieres.

-¡Muchas gracias, señor!

Al decir esto, Helene sonrió por primera vez desde su transformación.

Poco antes del alba, los dos vampiros entraron en una vieja casa abandonada de la Rue Morgue, que los parisinos solían evitar incluso en pleno día, pues se decía que estaba maldita. Además, estaba conectada a las catacumbas de París mediante un pasadizo secreto, que facilitaba la huida en caso de emergencia. Una vez dentro del edificio, Hecateo le preguntó a Helene:

-Dijiste que habías perdido a toda tu familia. ¿Las personas muertas de la casa eran tus padres?

-Sí, señor. Mi padre era juez y le tocó instruir una causa contra un hombre muy poderoso, un narcotraficante llamado Duvalier. Como papá estaba haciendo todo lo posible para que Duvalier acabara en la cárcel, sus sicarios entraron en nuestra casa de campo y… y…

-No hace falta que sigas. Dime, ¿te gustaría vengarte de Duvalier?

-¡Por supuesto que sí!

-Yo pasé miles de años buscando venganza contra una persona que me  había hecho mucho daño cuando aún era humano. Finalmente conseguí lo que buscaba, pero la sensación que ello me produjo fue decepcionante. Entonces comprendí que la única venganza realmente consoladora es el olvido. Pero tú sabrás lo que haces. Por cierto, ¿adónde vas?

-Es que… quería ir al baño.

-¿Al baño? ¡Los vampiros no tenemos ninguna necesidad de ir al baño!

-Ya, pero es que me gustaría arreglarme un poco el pelo. Y para eso necesito un espejo.

Hecateo se dijo:

-Será mejor dejar que lo descubra por sí misma. ¡Vaya chasco se va a llevar la pobre!

Y dejó que Helene se fuera en busca de un espejo que ya no podría reflejar su imagen. Pero, cuando la muchacha salió del cuarto, alguien le tapó la boca con la mano. Como ya era de día, Helene había perdido todos sus poderes sobrenaturales, salvo la inmortalidad, y, pese a luchar con todas sus fuerzas, no pudo liberarse de su captor, que, por otra parte, no estaba solo. El hombre que la había atrapado y amordazado era el mismísimo Duvalier, quien les dijo en voz baja a sus cómplices:

-¿Veis? ¡Es la hija del juez! Se suponía que teníais que acabar con toda su familia, no podemos dejar testigos.

Uno de los sicarios de Duvalier miró confuso a Helene y le dijo a su jefe:

-¡No lo entiendo, si yo mismo le pegué un tiro a esta putilla! ¡Y ahora está ilesa!

-¡No importa, la mataré yo mismo con mis propias manos! Pero antes quiero que os ocupéis del hombre que la acompañaba. Id con cuidado, porque seguramente es policía y puede estar armado.

Los dos sicarios de Duvalier entraron bruscamente en el cuarto donde se había quedado Hecateo y lo acribillaron a tiros, pero el vampiro permaneció impertérrito frente a la lluvia de balas y ni siquiera pareció sorprendido por el ataque. Cuando los estupefactos asesinos hubieron malgastado toda su munición, Hecateo les dijo tranquilamente:

-Caballeros, sabía que alguien nos estaba siguiendo y, previendo la posibilidad de una intrusión, cuando entramos aquí, aprovechando que aún era de noche y podía contar con todos mis poderes, lancé un hechizo sobre la casa. Quizás ignoren la historia de este edificio: en 1841 dos mujeres que vivían aquí fueron asesinadas por un mono gigante. Yo lo sé porque en aquella época tuve el honor de conocer a Monsieur Dupin, el detective que investigó el caso. Pues bien, el hechizo consiste en que cuando yo lo ordene el tiempo retrocederá y todos los que estamos aquí volveremos al momento de la masacre.

Hecateo chasqueó los dedos para activar el hechizo que había lanzado sobre la casa de la Rue Morgue, la cual recobró súbitamente el aspecto que había tenido dos siglos antes. Sobre el suelo aparecieron dos cadáveres femeninos ensangrentados, pero la aparición más llamativa fue la de un gigantesco orangután, que se arrojó rugiendo de rabia sobre los aterrorizados delincuentes. Estos, que habían desperdiciado sus balas intentando matar a Hecateo, no pudieron defenderse y sufrieron el furioso ataque del simio. Este hizo ademán de atacar también a la indefensa Helene, pero Hecateo chasqueó nuevamente los dedos para detener el hechizo y hacer desaparecer al mono. Entonces la casa volvió al siglo XXI, pero  Duvalier y sus dos guardaespaldas solo eran unos tristes amasijos de carne moribunda. Hecateo le dijo a Helene:

-El olvido es mejor que la venganza, pero nada es mejor que la sangre. Aquí tienes algo de alimento, pero asegúrate de que no sean ellos quienes prueben tu sangre, pues no nos interesa que resuciten como vampiros.

Helene, que estaba realmente hambrienta, no se hizo de rogar y, sin apenas darse cuenta de lo que hacía, se abalanzó sobre los malheridos criminales para beber su sangre. Helena nunca supo cuánto tiempo estuvo solazándose con las venas de los asesinos, sumida en un éxtasis que la obligó a olvidarse de todo lo demás mientras el jugo colorado fluía por su garganta. Cuando se sintió saciada, se irguió con la intención de darle las gracias a Hecateo.

Pero este había desaparecido en las sombras.

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