La Historia De Hecateo

Después de que la bella modelo húngara Bella Kóvacs apareciera brutalmente asesinada en su lujoso apartamento de París, la policía francesa no consiguió descubrir la identidad ni el paradero del asesino. En cambio, sí salieron a la luz desconcertantes datos sobre la víctima, que, de hecho, no se llamaba Bella Kóvacs ni era húngara. El verdadero origen de aquella enigmática y atractiva mujer permanece envuelto en el mayor de los misterios, pues las autoridades se niegan a reconocer toda credibilidad a un man

Después de que la linda modelo húngara Bella Kovacs apareciera brutalmente asesinada en su lujoso apartamento de París, la policía francesa no consiguió descubrir la identidad ni el paradero del asesino. En cambio, sí salieron a la luz desconcertantes datos sobre la víctima, que, de hecho, no se llamaba Bella Kovacs ni era húngara. El verdadero origen de aquella enigmática y atractiva mujer permanece envuelto en el mayor de los misterios, pues las autoridades se niegan a reconocer toda credibilidad a un manuscrito hallado en el lugar de los hechos y que, según parece, fue redactado por el propio asesino. Dicho manuscrito está escrito en griego clásico y su texto es el siguiente:

Mi historia empezó hace miles de años, en una ciudad del Asia Menor actualmente sepultada por las arenas del desierto y del olvido. Fue en aquella ciudad donde yo, Hecateo, hijo de Zenón el Teucro, alcancé los más altos honores militares, llegando a ser el principal comandante del ejército real. El rey recompensó mis servicios en la guerra contra los persas concediéndome la mano de su sobrina, la dulce y hermosa princesa Casandra, que me reportó durante años la mayor felicidad a la que puede aspirar un simple mortal. Pero mi amada esposa no tardó en morir a causa de una terrible enfermedad hereditaria y solo quedó para consolarme mi hija Eos, una niña tan bella y amable como lo había sido la propia Casandra. Ni aun entonces terminaron mis cuitas, pues antes de llegar a la pubertad Eos empezó a mostrar los primeros síntomas de la dolencia que se había llevado a su madre. Era mi hija una niña débil de cuerpo, que no podría resistir mucho tiempo los embates de aquella implacable enfermedad, contra la cual nada podían hacer los remedios de los galenos ni las preces de los sacerdotes. Por otro lado, yo no podía resignarme a perder también a mi hija, así que decidí recurrir a una solución desesperada. Así pues, un funesto día abandoné la ciudad, tras decirles a mis amistades que pensaba visitar el templo de Apolo en Ilión, donde rezaría por la curación de Eos. Sin embargo, aquella misma tarde volví a la ciudad, disfrazado de mendigo, y cuando anocheció entré en la cárcel, usando un pasadizo secreto cuya existencia solo conocíamos los jefes militares. Tras degollar al carcelero, abrí la celda donde se hallaba confinada Lagina la Hermosa, una sacerdotisa que había sido condenada a muerte por brujería. Se decía que Lagina acudía por las noches a un templo abandonado en medio del desierto, donde adoraba a extraños y malignos dioses, que a cambio de su pleitesía le habían revelado toda clase de secretos prohibidos, incluyendo el secreto de la eterna juventud. De ese modo, aquella mujer conservaba la belleza y la gracia de la adolescencia, pese a haber rebasado hacía tiempo el medio siglo de vida. Cuando entré en el calabozo, Lagina me reconoció y me dijo, sin mostrar ningún temor hacia mi daga:

-General Hecateo, ¿habéis venido a ejecutarme en persona o acaso debo esperar algún beneficio de vos?

-Eso depende de ti, bruja. Sabes que mi hija está enferma. Si me juras que usarás tu magia para curarla, te ayudaré a escapar. Pero si no…

-De acuerdo, general. Os juro por las aguas del Infierno que vuestra hija no morirá a causa de ninguna enfermedad. Pero para curarla necesito reunir ciertos ingredientes que solo yo conozco. Si me facilitáis la fuga, mañana, a esta misma hora, os entregaré el remedio en la cripta del templo abandonado.

Yo confié en la palabra de Lagina, pues ni siquiera la peor de las hechiceras sería capaz de traicionar un juramento proferido en nombre del Infierno. Después de abandonar la cárcel y la ciudad, me separé de ella y pasé largas horas oculto en una gruta, esperando la llegada de una nueva noche. Cuando llegó el momento oportuno, partí rumbo al templo donde me había citado Lagina. Durante el trayecto me encontré con una manada de lobos hambrientos, que se disputaban rabiosamente un amasijo de carroña, pero yo iba armado y apenas les presté atención. Una vez en el templo, bajé a la cripta guiado por la luz de mi antorcha y me encontré con Lagina, que, fiel a su palabra, me aguardaba allí infernalmente hermosa y sonriente. Le pregunté dónde estaba el remedio que debería curar a mi hija y ella me señaló un pequeño cofre, instándome a que lo abriera con mis propias manos. Pero cuando lo abrí que quedé helado de horror al ver que dentro se hallaba la cabeza, lívida y ensangrentada, de mi querida hija Eos. Oí, como se oye la voz de los demonios en una pesadilla, las crueles palabras de Lagina, que me dijo entre carcajadas:

-Os juré que vuestra hija no moriría a causa de ninguna enfermedad y he cumplido mi palabra. Ahí tenéis su cabeza, por el resto de su cuerpo deberíais preguntarles a los lobos del desierto. Aunque no os daré la oportunidad de hacerlo.

Aprovechando que estaba paralizado por el dolor, Lagina huyó de la cripta, cerrando la puerta y dejándome encerrado antes de que pudiera agarrarla para vengarme.

Durante innumerables horas no pude hacer otra cosa que llorar por Eos, pero luego decidí hacer todo lo posible para salir de allí, pues, aunque la vida había dejado de serme grata, no podía resignarme a morir sin haberme vengado de la bruja. No ignoraba que las criptas de los templos solían tener pasadizos secretos, que permitían la huida a los sacerdotes en caso de asedio, y busqué uno acercado las llamas de mi antorcha a las paredes. Mucho tiempo después, reparé en que las llamas se estremecían ligeramente, como agitadas por una leve corriente de aire. Ataqué la pared con mi maza en el punto donde aquella corriente parecía más fuerte y, tras indecibles esfuerzos, conseguí abrir un boquete que me permitió acceder al pasadizo que buscaba. Pero sabía que mis problemas aún no habían terminado, pues Lagina seguramente había previsto la posibilidad de que encontrara el pasadizo y yo debía contar con la posibilidad de una nueva trampa.

Guiado por la agonizante luz de mi antorcha, caminé durante mucho tiempo por aquel oscuro y frío pasadizo, que parecía no tener fin. Tras vencer innumerables obstáculos, llegué a una especie de cámara funeraria, donde reposaban sobre altares de piedra los cadáveres momificados de los sacerdotes que habían regido aquel templo, cuando sus dioses aún recibían el culto de los hombres. Aunque me consideraba un hombre curado de espantos, me estremecí de terror cuando vi que aquellos cadáveres se erguían de sus lechos y me atacaban como una horda de perros famélicos. Uno de ellos me mordió en un hombro y empezó a beber mi sangre con avidez, pero, mediante un esfuerzo hercúleo, logré desasirme de su abrazo mortal y, sabiendo que mis armas serían ineficaces contra semejantes enemigos, emprendí una alocada huida hacia la salida del pasadizo. No sé cómo conseguí dejar atrás a aquella jauría de vampiros sedientos de sangre, pero, tras una larga carrera, sentí en mi rostro la fresca caricia de la brisa y supe que por fin había conseguido salir del pasadizo. Pero, como aún era de noche, los vampiros también pudieron salir al exterior y siguieron persiguiéndome sobre las arenas del desierto. Me sentía al borde de la extenuación y sabía que no podría seguir corriendo durante mucho tiempo, pero entonces me acordé de los lobos a los que había visto devorar los restos de mi hija Eos. Sin duda el pequeño cuerpo de mi hijita no había sido suficiente para saciar el hambre de aquellas bestias, así que decidí regalarles una nueva provisión de carroña. Guiado por los ecos de sus aullidos, corrí hacia el refugio de la manada, siempre seguido por los vampiros que ansiaban beber mi sangre. Cuando llegué al lugar donde estaban los lobos, me encaramé rápidamente a unas rocas y dejé que las bestias se enfrentaran a mis perseguidores. Aquellos cadáveres caminantes hubieran podido estremecer al más valeroso de los hombres, pero para los lobos no eran otra cosa que simples amasijos de carne muerta, que fueron devorados en cuestión de minutos. Poco antes del amanecer, los lobos, satisfechos tras su banquete, se retiraron a sus cubiles y yo pude bajar de mi refugio. Pero, cuando los primeros rayos solares acariciaron mi piel, sentí un terrible malestar y hube de refugiarme en una gruta cercana. Comprendí que el mordisco del vampiro había infectado mi sangre convirtiéndome en un muerto viviente y que nunca más podría volver a la ciudad, cosa que, por otra parte, tampoco deseaba. En realidad, acogí con júbilo mi nueva condición, que me permitiría perseguir a Lagina a lo largo de los siglos, pues me había vuelto tan inmortal como ella. ¡Y hoy por fin Eos ha sido vengada!

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