En la Rusia del siglo XIX, un muchacho de doce años caminaba dificultosamente por un bosque frío y oscuro, amortajado por las primeras nieves del año. Estaba visiblemente agotado y solo una firme determinación lo impulsaba a seguir adelante. Pero su cansancio era excesivo y finalmente cayó sobre la nieve. Vencido por la extenuación, el frío y una incipiente fiebre, cerró los ojos y se sumergió en una oscuridad precursora de la muerte.
Pero aquel muchacho, que se llamaba Oleg, no estaba destinado a morir sobre la nieve.
Horas después, se despertó reanimado por el calor de una fogata. Estaba envuelto en un mullido manto de piel y tenía la espalda recostada sobre un trineo de madera, que lo protegía del viento. Varios perros grandes reposaban semiocultos bajo la nieve y a su lado se hallaba sentada una hermosa niña, que muy bien podía tener su misma edad. Era impensable que aquella muchachita se atreviera a viajar sola por aquellos bosques salvajes, llenos de peligros, y más aún que fuera capaz de manejar sin ayuda a la jauría que arrastraba el trineo. Sin embargo, allí no había nadie más.
Cuando él recobró la conciencia, aquella misteriosa niña le dedicó una sonrisa y se dirigió a él en francés, lengua que Oleg, como todos los nobles rusos de su época, entendía perfectamente:
-Hola, ¿estás bien? Cuando te encontré parecías un témpano de hielo.
-Creo… que estoy bien. ¿Quién eres tú y qué haces sola en un sitio como este? Bueno, perdona: supongo que antes de nada debería darte las gracias por haberme salvado la vida.
-No te preocupes. Me llamo Helene y estoy buscando a cierta persona.
-Yo me llamo Oleg: Oleg Maximóvich Bazarov… y también estoy buscando a una persona.
-Veo que tenemos muchas cosas en común. Yo también sé lo que es el dolor de haber perdido a mi familia… y el deseo de venganza.
-¿Pero cómo sabes que yo…?
-Eres un niño de familia noble (basta con ver tus manos finas para advertirlo) y estabas recorriendo el bosque tú solo, con un cuchillo en el cinturón. No resulta difícil suponer que estás buscando a quien te ha dejado solo en el mundo, para cortarle el cuello con ese cuchillo.
-Todo eso es verdad. Busco a un bandido polaco llamado Adam Beck. Él llegó a Rusia como aliado del ejército francés, pero tras la retirada de Napoleón se convirtió en un simple bandolero. Ayer sus hombres asaltaron el pueblo donde vivía. Mi padre me escondió en un cuarto secreto, mientras él y los criados intentaban defender nuestro palacio. Desde mi escondrijo oí cómo los mataban a todos, sin poder hacer nada más que llorar y temblar. Pero ahora estoy dispuesto a correr cualquier riesgo para vengarme. ¿Y tú también has venido aquí en busca de venganza?
-No, yo ya me vengué… o me vengaré, es un poco difícil de explicar. Escucha, quizás puedas ayudarme a encontrar a la persona que estoy buscando. No puedo decirte su nombre, pero si lo has visto una vez seguramente lo recordarás. Es un hombre muy alto, vestido como un mendigo, que lleva el rostro cubierto de vendas, como un leproso.
-¡Claro que lo recuerdo! Hace algún tiempo vivía en mi pueblo. Los campesinos le daban limosnas y él a veces los ayudaba en el campo, pues, a pesar de estar enfermo, era muy fuerte. Una vez llegaron unos soldados franceses, que intentaron violar a la hija del cura. Él salió en su defensa y los mató a todos con un simple garrote. Pero luego tuvo que irse del pueblo, antes de que vinieran más soldados para vengarse. Se fue al monasterio de San Basilio, con una carta de recomendación del cura.
-¡Genial! Había perdido su rastro, pero ahora ya sé dónde encontrarlo. Me has ayudado mucho, Oleg Maximóvich, y me gustaría hacer algo por ti a cambio. Antes de seguir mi camino, quizás pueda ayudarte en tu venganza.
-Pero…
Oleg se preguntaba qué podía hacer una niña solitaria contra una banda de forajidos, pero entonces los perros empezaron a gruñir. Era posible que hubieran olido a un animal salvaje, pero no se podían descartar otras posibilidades menos tranquilizadoras. Helene se levantó rápidamente y Oleg se llevó la mano al cuchillo, pero fue inútil. Varios hombres surgieron de las sombras del bosque y los atraparon fácilmente. Eran secuaces de Adam Beck, que habían visto el resplandor de la hoguera mientras recorrían el bosque en busca de caza. En cuestión de segundos ataron y amordazaron a los niños, engancharon los perros al trineo de Helene y lo usaron para llevar sus prisioneros al campamento de su jefe, adonde llegaron poco antes del anochecer. Una vez allí, desengancharon a los perros, que estaban extenuados tras realizar una larga marcha en poco tiempo, y les echaron algo de pescado seco como cena. Luego agarraron a los niños y les llevaron ante Adam Beck, que estaba vestido con un uniforme del ejército ruso que había pertenecido al padre de Oleg. El indefenso muchacho miró con rabia al asesino de su padre, pero, por culpa de su mordaza, ni siquiera podía insultarlo. Helene, en cambio, parecía tranquila, aunque seria. Beck examinó a sus prisioneros y les dijo en francés con acento polaco:
-Un muchacho apuesto y una niña preciosa… Los tártaros o los turcos pagarían bastante por teneros en sus harenes. No pongáis mala cara, seguís vivos gracias a eso. Pero, antes de nada, me gustaría saber quién eres tú, muchacha. Eres demasiado linda para ser una campesina.
Beck le quitó la mordaza a Helene, quien, lejos de mostrar miedo, le dedicó una extraña sonrisa a su captor y le dijo:
-Si te dijera quién soy, no me creerías, Beck. Pero sí puedo decirte que al traerme aquí has firmado tu sentencia de muerte.
Beck, aunque sorprendido, se tomó a risa aquellas inquietantes palabras y dijo:
-¿Cómo piensas matarme, criatura?
-¡Ah, no! Podría hacerlo fácilmente, pero les cedo el honor a mis amigos.
-¿Tus amigos? Ese muchachito no está en condiciones de ayudarte y no veo que tengas más amigos por estos andurriales.
-Pues deberías mirar mejor. Tengo muchos amigos cerca de mí.
-Y yo también. Si se acercan al campamento, los mataremos a todos.
-Es que ya están aquí.
-¡Pues yo sigo sin verlos! ¿Es que has traído contigo a tu ángel de la guardia?
-Doble error: no son ángeles y llevas viéndolos un buen rato. ¡Ah! Y, de hecho, no los he traído yo, sino tus hombres.
Entonces Beck y sus secuaces oyeron un coro de gruñidos amenazantes. Solo entonces se percataron de un detalle que hasta aquel momento había permanecido inadvertido para todos, incluso para Oleg: los perros que arrastraban el trineo de Helene, en realidad no eran perros: eran lobos. Y, al parecer, de pronto les había entrado un hambre que el pescado seco no era capaz de calmar. Los hombres de Beck, sorprendidos y asustados, no tuvieron tiempo de usar sus armas. En pocos minutos fueron despedazados por las mismas bestias que ellos mismos habían introducido en su campamento. Estas, sin embargo, no les causaron ningún daño a Helene ni a Oleg, aunque este último estaba tan asustado que ni siquiera se alegró cuando vio cómo uno de los lobos le desgarraba el cuello a Adam Beck.
Terminada la matanza, los lobos se calmaron súbitamente y Helene, que había conseguido desatarse, liberó a Oleg de sus ligaduras y su mordaza. Este se hallaba pálido como la muerte, pero Helene le dedicó una dulce sonrisa y le dijo:
-Tranquilo, recuerda que te prometí que te ayudaría a vengarte. Mis lobos pudieron haber matado a los bandidos hace tiempo, pero quería que ellos mismos nos trajeran al campamento de Beck, para que la venganza fuera completa.
Oleg, apenas tranquilizado por las palabras de Helene, se percató de que a esta no se le vaporizaba el aliento, pese al intenso frío que hacía. Dicho de otra forma: ella no tenía aliento. Oleg fue incapaz de contenerse:
-¡Tú… no eres humana!
-Ya no, aunque, viendo cómo son muchos seres humanos, creo que no he perdido demasiado con el cambio. Ahora debo irme, yo aún no he cumplido mis propósitos. Te dejo los caballos de los bandidos. Si cabalgas hacia el noroeste, llegarás en tres días a San Petersburgo. ¡Adiós, Oleg, ha sido un placer conocerte!
Dicho esto, los fríos pero dulces labios de Helene depositaron un rápido beso sobre la trémula boca de Oleg, que aún seguía sumergido en un éxtasis de terror cuando Helene y sus lobos desaparecieron en la noche.





