Oleg Bazarov fue un lejano antepasado de mi familia que abandonó su Rusia natal en 1816 y se estableció en Francia, tras ser adoptado por unos parientes. Influido por el espíritu romántico de la época, se aficionó a las artes, llegando a ser un notable pintor y poeta. Su cuadro más famoso, que lleva por título “Magia en la nieve”, es el retrato de una bella y misteriosa niña sobre el fondo de un paisaje nevado. Oleg aseguraba en sus escritos haber conocido realmente a aquella niña en un lejano bosque ruso, cuando él apenas tenía doce años. Decía que se llamaba Helene y que era un ser sobrenatural, aunque no daba muchas explicaciones al respecto.
Yo, aunque solo creía a medias la historia de mi ancestro, desde la primera infancia me sentí fascinado por la enigmática niña del cuadro, que seguía adornando el salón de mi vieja casa familiar en París, pese a las jugosas ofertas que mi familia recibía constantemente por parte de museos y coleccionistas.
Cuando acabé mis estudios de secundaria, decidí hacer un largo viaje por Europa (yo solo, pues al final todos mis amigos se rajaron). Fue en Londres, durante una oscura tarde otoñal, cuando la vi por primera vez en carne y hueso. Ella caminaba por la otra cera y, naturalmente, su ropa no era la misma que en el cuadro, pero llevaba años estudiando sus rasgos y no podía equivocarme en absoluto. Aquella niña solitaria que caminaba ensimismada al lado del río no podía ser otra que Helene, la misma muchacha sobrenatural que mi antepasado había conocido en la lejana Rusia hace más de dos siglos. ¿Quién era ella realmente? ¿Y qué pretendía decirme el Destino con aquel hallazgo? Mientras me hacía esas preguntas, yo corría y corría, en busca de algún paso de peatones que me permitiera cruzar la calle y alcanzar a aquella criatura misteriosa, al mismo tiempo tan próxima y tan lejana. Ya era casi de noche cuando, casi extenuado, la alcancé en un callejón solitario próximo al Soho. Se volvió al oír mis jadeos y posó sobre mí sus ojos oscuros, familiares y extraños. Para mi sorpresa, me dedicó una dulce sonrisa y me habló con toda tranquilidad, en perfecto francés:
-Eres un descendiente de Oleg, ¿verdad? Reconozco sus rasgos en tu rostro. He leído que tuvo una vida larga y feliz, lo cual me alegra mucho. Hasta creo que me retrató en un cuadro.
Yo estaba demasiado cansado para hablar, pero mi mirada seguramente reflejaba mucha incertidumbre. Lejos de ofenderse por mis dudas (bastante naturales, por otra parte), acentuó la dulzura de su sonrisa y me dijo en voz baja:
-Si entras conmigo en esa casa, te lo contaré todo. Y no tengas miedo. Hoy ya he comido.
Yo realmente no sentía ningún miedo hacia ella, lo cual demuestra que me hallaba bastante ofuscado, pues aquella niña no dejaba de ser un ente oscuro y, en todo caso, meterme en una casa abandonada con ella podía ser cualquier cosa menos prudente. Para colmo, no se veía a nadie por los alrededores, salvo a un mugroso vagabundo que yacía sobre un amasijo de basura, aparentemente sumido en una absoluta borrachera. Y aun así entré con ella, dispuesto a arriesgarlo todo con tal de conocer sus secretos.
Una vez dentro de la casa, cuyo lóbrego interior solo iluminaban los débiles rayos crepusculares que se colaban por una ventana rota, Helene dejó de sonreír, aunque no de mirarme con dulzura, y me dijo:
-Creo que puedo contarte toda mi historia. Mi verdadero nombre es Helene Belfort. Si has vivido últimamente en Francia, quizás te suene mi apellido.
Recordé el caso Belfort, que tuvo lugar cuando yo aún vivía en París. El juez Belfort y su esposa habían sido bárbaramente asesinados por una banda de narcotraficantes. La hija del matrimonio había desaparecido misteriosamente y, como nunca se había vuelto a saber de ella, la policía pensaba que también había sido asesinada. Curiosamente, los principales sospechosos del crimen también desaparecieron aquella misma noche, quizás a causa de un ajuste de cuentas. Helene adivinó que efectivamente me sonaba su nombre y prosiguió tranquilamente:
-Yo era la hija del juez Belfort. Cuando me hallaba moribunda junto a los cadáveres de mis padres, con una bala en el vientre, apareció un viejo vampiro, llamado Hecateo, que me hizo beber su sangre para convertirme en algo semejante a él. Él me ayudó a vengarme de los asesinos, pero luego me dejó. No me necesitaba, pues estaba acostumbrado a vivir solo, y pensó que yo tampoco lo necesitaría más a él. Pero me sentía muy sola, así que decidí buscar seres semejantes a mí para formar una nueva familia. Usando la magia, viajé a la Rusia del siglo XIX buscando a cierto personaje y fue entonces cuando conocía a Oleg. Puede que todo esto te suene a locura, pero es verdad.
Ciertamente sonaba a locura, pero ni se me pasó por la cabeza poner en duda la veracidad de sus palabras. En cambio, me asustó una idea: sin duda, no le convenía que se divulgara su historia, así pues, ¿por qué me la contaba? ¿Acaso luego pensaba hacerme callar para siempre? Según el manuscrito de Oleg, Helene no era malvada, pero lo cierto es que se trataba de un vampiro y yo me hallaba a su merced. Quizás adivinó mis pensamientos, porque me dijo, más seria que nunca:
-Ya te he dicho que no pienso hacerte daño. No me importa que le cuentes mi historia al mundo, sabes muy bien que nadie te iba a creer.
Yo suspiré aliviado y dije:
-Tienes razón, perdona mi desconfianza. Por cierto, ¿qué estás haciendo en Londres?
-Bueno, ya te he dicho lo que busco. Y, si mi sexto sentido no falla, creo que cerca de aquí hay un...
Entonces un estrépito procedente del exterior interrumpió a Helene, que por primera vez dio muestras de inquietud. El sol se había puesto y estábamos envueltos en una oscuridad casi absoluta, salvo por el lejano resplandor de una farola. La puerta del cuarto donde estábamos cayó al suelo ruidosamente, permitiendo la entrada de una criatura monstruosa, cubierta por andrajos que me recordaron al vagabundo ebrio del callejón. Helene dijo, no sin cierta sombra de temor en la voz:
-Sabía que había aquí un hombre lobo, pero no había imaginado que fuera tan hostil. Ese ser está lleno de odio, no puedo razonar con él. ¡Huye por la ventana, André! Yo intentaré detenerlo.
Saltar desde un segundo piso no parecía muy razonable, pero sin duda hubiera sido más peligroso permanecer en aquel cuarto, a merced de aquella bestia infernal. Hice lo que me decía Helene, pero no caí del todo bien y me rompí una pierna, de modo que ya no fui capaz de levantarme. Mientras tanto, el licántropo salió por la puerta principal, llevando en sus manos (o zarpas) el cuerpo inconsciente de Helene, quien, pese a todos sus poderes, no había conseguido imponerse a la fuerza sobrenatural del monstruo. Quizás seducido por su belleza, le había perdonado la vida, al menos por el momento, pero conmigo no sería tan clemente. Yo no podía escapar y, aunque gritara pidiendo auxilio, ¿quién podría salvarme de semejante bestia? El monstruo depositó a la desmayada Helene sobre la acera y se arrojó sobre mí. Sentí cómo sus colmillos acuchillaban mi hombro y tanto sufrimiento que ni siquiera fui capaz de gritar. Paradójicamente, fue el licántropo el que rugió de dolor, aunque en aquel momento fui incapaz de comprender el motivo. Tanto me dolía la herida que perdí el conocimiento y no lo recobré hasta mucho tiempo después, cuando oí cómo la suave voz de Helene, también recuperada de su desmayo, me llamaba repetidamente.
Abrí los ojos y vi que el licántropo, convertido nuevamente en un ser humano, yacía muerto en una esquina, con una daga clavada en la nuca. Viendo que yo aún estaba demasiado confuso para preguntar nada, Helene me dijo:
-Me equivoqué al pensar que Hecateo me había abandonado. Cuando me desperté ya se había ido, pero reconozco esa daga. Es bueno saber que tengo un ángel guardián, aunque nunca pueda verlo. Por cierto, ¿qué tal tu pierna?
Solo entonces advertí que tanto mi pierna como mi hombro se habían curado como por arte de magia. El dolor había desaparecido, pero no me sentía bien, como si una sangre extraña me recorriera las entrañas. Helene sonrió de nuevo y me dijo:
-Lo comprendo. El hombre lobo te mordió y ahora tú también eres un licántropo. ¡Vaya! Estaba buscando un nuevo miembro para mi familia mágica y parece que finalmente he encontrado uno. ¡Bienvenido, André!





