Aquella noche una niña de rasgos orientales fue sorprendida intentando robar comida en un supermercado de Nueva York. La muchachita, que iba demasiado bien vestida para ser una vulgar ladronzuela, agachó la cabeza avergonzada y les dijo a los guardias con voz trémula:
-Lo siento mucho, pero… es que tenía hambre… y, bueno, no tengo dinero. Ahora mismo lo devuelvo todo, pero, por favor, dejen que me marche.
El jefe de los guardias la examinó durante unos instantes con una mezcla de escepticismo y compasión. Luego le dedicó una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora y le dijo:
-No podemos dejarte marchar, querida. Tienes que quedarte con nosotros hasta que vengan tus papás a recogerte.
-Yo… no tengo familia.
-Bueno, pues entonces llamaremos a tu tutor legal.
-No… no me sé su número.
-¡Vaya! En ese caso, será mejor que llamemos a la policía. Sea como sea, no puedes marcharte así como así. Además, ya es de noche y una niña de tu edad no puede andar sola por el barrio a estas horas.
-¡No puedo quedarme! ¡Tengo que irme ya!
Entonces el cuerpo de la muchacha empezó a emitir un resplandor intenso, que cegó a los guardias y a todas las personas que se hallaban en el supermercado. La niña aprovechó aquella oportunidad para huir del establecimiento a toda prisa. Se llevó algo de comida, pero, quizás como compensación, dejó sobre una caja registradora su reloj de pulsera, desde luego mucho más caro que su pequeño botín. Cuando los guardias recuperaron la vista, aquella misteriosa criatura había desaparecido sin dejar rastro, cosa bastante esperable. Lo raro era que el reloj también había desaparecido.
Tras abandonar el supermercado, la niña corrió sin descanso por las oscuras y solitarias calles de aquel barrio deprimido, verdaderamente siniestro a aquellas horas de la noche. Finalmente, se detuvo en un callejón tenebroso, donde, sintiéndose provisionalmente segura, se dispuso a comerse lo que había robado. Creía estar completamente sola, pero entonces oyó una voz dulce e infantil, que le dijo:
-Hola, Asuka. Creo que este reloj es tuyo.
Asuka, sorprendida, dejó caer al suelo la loncha de jamón que estaba comiendo (para alegría de un gato que pasaba por allí) y vio a otra niña de su edad, que tenía su reloj en la mano. Un tanto inquieta, Asuka le preguntó a la recién llegada:
-¿Cómo sabes mi nombre? ¿Y quién eres tú?
La otra niña sonrió y le dijo, con voz tranquila:
-Me llamo Helene y soy un vampiro. Recorro el mundo en busca de otros sobrenaturales que quieran ser mis amigos… o, mejor dicho, mi familia. Si vinieras conmigo, ya no tendrías que huir nunca más.
-Entonces, ¿sabes que soy… especial? Y, por cierto, ¿cómo me has encontrado?
-Gracias al reloj, encontrarte fue muy sencillo. Los vampiros tenemos muy buen olfato. Y sé perfectamente lo que eres. Eres tú la que ignora muchas cosas.
Eso era cierto. Por ejemplo, Asuka no sabía quién había asesinado a sus padres. Y también ignoraba que era la reencarnación de la hechicera Lagina, quien durante su larga vida había llegado a dominar todos los secretos de la magia. Por eso Asuka había heredado los poderes de Lagina, aunque no sus conocimientos ni su maldad.
Asuka, que cada vez parecía más nerviosa, le dijo a la niña vampiro, con una voz temblorosa, casi inaudible:
-Lo siento, Helene… lo siento mucho.
Entonces varios hombres surgieron de la oscuridad y apuntaron a la sorprendida Helene con sus extrañas pistolas. El líder del grupo (que era precisamente el padre adoptivo de Asuka) dijo:
-No intentes nada. Nuestras pistolas disparan descargas que podrían herirte incluso a ti. Viendo que estaba efectivamente acorralada, Helene se limitó a preguntar:
-¿Quiénes sois? ¿Y cómo sabéis que yo…?
-Somos miembros de una asociación religiosa, dedicada desde hace siglos a cazar monstruos como tú en cualquier parte del mundo. Llevamos días siguiéndote la pista y esta noche te hemos atrapado, con la colaboración de la señorita Asuka, aquí presente. Sabíamos que estabas buscando seres como ella, así que la usamos como cebo para tenderte una trampa.
La aludida, que parecía al borde del llanto, le dijo a Helene:
-¡Lo siento mucho, Helene! Pero ellos me dijeron que debía ayudarlos a atraparte, porque has matado a muchas personas inocentes.
Helene, que parecía más triste que disgustada, le dijo:
-No te guardo rencor, Asuka, pero debo decirte que te han engañado. Primero, yo nunca he matado a nadie que no fuera un criminal. Y, en segundo lugar, estos hombres también te han atrapado a ti. Ahora ya no les eres útil para nada.
Antes de que Asuka tuviera tiempo de reaccionar, su tutor le disparó una potente descarga eléctrica, que la dejó sin sentido. Una vez terminada su misión de cebo, ella, al igual que Helene, debía sufrir el castigo reservado a las brujas.
Los sectarios ataron y amordazaron a sus prisioneras, tras lo cual las encerraron en el sótano de un edificio abandonado. Les inyectaron una droga alquímica, que anularía sus poderes durante algún tiempo, y prepararon una potente bomba, que debía estallar cuando ellos se hubieran alejado del edificio. Solo así podrían matar definitivamente a dos niñas sobrenaturales, que, incluso con sus poderes inhibidos, eran prácticamente inmortales.
Mientras se alejaban, los miembros de la secta hablaban entre sí, satisfechos por el éxito de su misión. El líder les dijo a sus compañeros:
-Esas dos pronto estarán en el Infierno, donde se reunirán con los padres de Asuka. Yo mismo los maté, como castigo por haber engendrado una bruja. Ha sido un buen trabajo y sé que Dios recompensará nuestros esfuerzos.
-Entonces será mejor que vayáis a verlo ahora mismo.
Los sectarios se volvieron, sorprendidos, hacia el lugar de donde procedían estas palabras. Cerca de ellos se hallaba una niña de unos doce años, que los miraba con ojos brillantes como estrellas. Hipnotizados por su mirada, aquellos hombres ni siquiera pensaron en sacar sus armas, solo podían escuchar y temblar. Mientras tanto, la niña siguió diciendo, con fría serenidad:
-Yo soy la verdadera Helene. La chica que estaba con Asuka solo era una niña normal, a la que hipnoticé para que se hiciera pasar por mí. Tenía mis sospechas de que me habíais tendido una trampa, sobre todo porque el comportamiento de Asuka no era normal: aquella innecesaria exhibición de sus poderes en el supermercado y el reloj abandonado… todo eso hecho a propósito para que me fuera fácil encontrarla. Y no era normal que huyera hacia un callejón oscuro y solitario, en vez de ir a algún lugar más acogedor, donde os hubiera sido imposible capturarme sin testigos. Y yo estaba allí realmente, viendo y oyendo todo lo que pasaba, transmitiéndole telepáticamente mis palabras a la niña… pero bajo la forma de un gato. Dejé que Asuka sufriera un poco para que aprendiera la lección, pero ahora voy a salvarla. Mientras tanto, si sois tan amables, podéis darles de comer a unos amigos míos.
Dicho esto, Helene chasqueó los dedos y apareció una jauría de sabuesos hambrientos, que despedazaron a los sectarios sin que estos, aún bajo los efectos de la hipnosis, pudieran defenderse ni huir.
Eliminados sus enemigos, Helene entró en la casa abandonada, donde destruyó la bomba y liberó a las prisioneras. La niña hipnotizada recibió la orden de volver a su casa y se marchó tranquilamente, dejando solas a la verdadera Helene y a Asuka, que se sentía muy avergonzada por haber colaborado con los asesinos de sus padres. Para animarla, Helene la abrazó cariñosamente y le dijo:
-Tranquila, guapa, estás perdonada. Y aún puedes venir conmigo, si quieres.
-¡Por supuesto que quiero! ¡Muchas gracias por todo, Helene!
Helene sonrió:
-Yo también tengo que darte las gracias a ti, Asuka. ¡El jamón que me diste estaban muy rico!





