Durante siglos la secta de los Cazadores había perseguido a hechiceros, vampiros y toda clase de seres “malignos” (aunque con frecuencia los sectarios resultaban ser más malignos que sus víctimas). Pero había fracasado en su intento de destruir a Helene Belfort, una niña vampiro que recorría el mundo en busca de otros seres sobrenaturales, con los que deseaba formar una “familia”. Tras haber perdido a casi todos sus miembros en un intento de capturar a Helene, los líderes de la secta tomaron una medida desesperada: contrataron a Daniel Hunter, el mejor cazador de vampiros del mundo. Se trataba de un hombre solitario y huraño, aún joven y de origen bastante misterioso (ni siquiera estaba claro que Daniel Hunter fuera su verdadero nombre). Su única arma era un sable con la hoja revestida de plata y no admitía más compañía que la de un extraño cuervo parlante, al que llamaba Mister Poe. Se decía de él que era hijo de un vampiro, quizás del mismo Drácula, y que poseía ciertas facultades paranormales, como un “sexto sentido” que le permitía detectar a sus presas en cualquier parte del mundo. Pese a que Daniel y los Cazadores siempre se habían detestado cordialmente, finalmente llegaron a un acuerdo: Daniel debía capturar a Helene y a cambio recibiría una sustanciosa recompensa: cien mil dólares por adelantado y otros cuatrocientos mil cuando hubiera cumplido su misión. Además, para estimular el celo de Daniel, los Cazadores le atribuyeron al vampiro crímenes que nunca había cometido.
Guiado por su sexto sentido, Daniel localizó a Helene en las profundidades de un remoto bosque canadiense. Otro cazador de vampiros hubiera seguido a su presa hasta su escondrijo y esperado a que se hiciera de día, para decapitar al vampiro mientras estuviera en estado de reposo. Pero Daniel no temía la confrontación directa y, además, tenía que hacerle algunas preguntas a Helene antes de matarla. Así que se plantó delante de ella armado con su sable y le dijo, con gélida serenidad:
-¿Sabes quién soy?
Helene respondió:
-Solo puedes ser Daniel Hunter. Había oído hablar de ti… pero creía que solo eras una leyenda urbana.
-Pues soy real y, como ya habrás conjeturado, he venido aquí para matarte.
Helene comprendió que estaba en peligro y se concentró para entrar en combate. De todas formas, antes intentó razonar con su adversario:
-Escucha, Daniel. Sé que no eres malvado y no quiero luchar contigo.
Daniel, siempre frío, le respondió:
-Pero tú sí eres malvada… y yo sí quiero luchar contigo.
-¿Por qué? ¡Jamás le he hecho daño a ninguna persona inocente! ¿Quiénes te han dicho que soy malvada? ¿Quizás los Cazadores, que son mucho peores que yo?
-Aquí soy yo el que hace las preguntas. Aunque no tienes por qué responderlas, si no quieres. De todas formas, hoy vas a morir.
-¡Eso lo veremos!
Helene chasqueó los dedos y varios lobos surgieron de las sombras. Las bestias, obedeciendo la voluntad de Helene, rodearon a Daniel, que, por otra parte, no mostró ningún temor al verlos. Se limitó a decir:
-¿Piensas que unos simples lobos podrán conmigo?
Helene respondió:
-Alguien los ayudará.
Entonces un enorme murciélago se arrojó sobre Daniel y le clavó sus afilados dientes en la nuca. Los lobos aprovecharon aquella oportunidad para arrojarse sobre el cazador, que, a causa del dolor, había tirado su arma al suelo. Pero este fue capaz de decir a tiempo:
-¡Mister Poe, necesito ayuda!
Aún no había acabado de pronunciar estas palabras cuando el cuervo hizo su aparición, como una negra sombra surgida del Infierno. Un solo picotazo en el cráneo fue suficiente para dejar fuera de combate al murciélago, que cayó con la cabeza ensangrentada. Por su parte, Daniel se tiró al suelo, esquivando por la mínima las primeras dentelladas de los lobos, rodó rápidamente sobre la hojarasca y recogió su sable, un segundo antes de que toda la manada se arrojase sobre él. Unos cuantos sablazos fueron suficientes para rechazar a los lobos, que se vieron obligados a huir, dejando varios regueros de sangre a su paso. En pocos segundos, Daniel había conseguido herir a todos los lobos, aunque ninguna de las heridas era mortal, pues él por principio no mataba ningún ser vivo si podía evitarlo.
Mientras tanto, Helene, sorprendida por la destreza de su adversario, ni siquiera había pensado en huir. Hubiera sido inútil: no hubiera podido ir muy lejos, pues se acercaba el amanecer y, en todo caso, Daniel podría encontrarla fácilmente.
Tras rechazar a los lobos, el cazador agarró a la niña vampiro por el cuello, con tanta fuerza que la habría asfixiado si los vampiros tuvieran necesidad de respirar. Helene intentó zafarse, pero era inútil: el dolor le impedía concentrarse y la proximidad del día había empezado a debilitar sus poderes mágicos, por lo que se hallaba tan indefensa como una niña normal. Daniel le dijo con su voz fría, que nunca reflejaba compasión ni odio:
-Hoy vas a morir… pero, si respondes a mis preguntas, puede que tu muerte te resulte menos dolorosa. Sé que recorres el mundo buscando seres como tú, para formar una especie de ejército diabólico. ¿A quién buscabas en un lugar como este? Sea quien sea, también lo mataré cuando haya acabado contigo.
Helene, a pesar del dolor, aún tuvo fuerzas para decir:
-Estaba buscando al Wendigo, un duende de los bosques.
-¿Y dónde pensabas encontrarlo exactamente?
-Yo… ya lo encontré hace tiempo.
-¿Y por qué no está contigo?
Entonces, sorprendentemente, los pálidos labios de Helene se curvaron para trazar una sonrisa.
-Sí que está conmigo. Lo que pasa es que es invisible.
Al oír esto, Daniel, por primera vez, dio muestras de inquietud. Pero no tuvo tiempo de reaccionar: sintió en todo su cuerpo la presión de una mano invisible, pero increíblemente fuerte, que lo arrancó del suelo, haciendo que soltara a su presa, y lo arrojó a un río lejano, cuyas embravecidas aguas estuvieron a punto de ahogarlo, pues él, al contrario que Helene, necesitaba respirar para vivir. Solo a costa de enormes esfuerzos consiguió salir del agua tras agarrarse a una roca. Ya era de día y Daniel vio que la corriente lo había arrastrado muy lejos de Helene. Para colmo, había perdido su sable, sin el cual no podía matar al vampiro. Por tanto, la misión podía darse por definitivamente abortada, pues a Daniel le llevaría mucho tiempo encontrar un arma tan eficaz como la que había perdido.
Tras tomar aliento, el maltrecho cazador se quedó sentado en medio del bosque, calentándose al calor de una pequeña hoguera que había encendido con algunas ramas secas. El humo de la fogata le reveló su paradero a Mister Poe (cuyo nombre no era un simple guiño literario, pues aquel cuervo era realmente la reencarnación del famoso poeta norteamericano). Tras posarse sobre el hombro de Daniel, su compañero alado le dijo:
-Daniel, no me puedo creer que hayas perdido. Y lo digo en sentido literal: no me lo creo en absoluto. ¿Por qué te has dejado ganar?
Daniel suspiró y dijo:
-Desde el principio supe que los Cazadores me habían mentido cuando me dijeron que esa niña era maligna. Por eso no podía matarla, aunque fuera un vampiro.
-Pero entonces, ¿no hubiera sido más lógico que rechazaras la misión?
-En ese caso ellos habrían contratado a otro cazador menos escrupuloso, que quizás hubiera tenido éxito. Pero ahora creerán que ni siquiera yo soy capaz de matar a Helene… así que se darán por vencidos y la dejarán en paz. Por eso acepté la misión y me dejé ganar por un simple duende.
-¡Pero a qué precio! Has perdido tu sable.
Daniel, a pesar del dolor, sonrió, por primera vez en mucho tiempo:
-Sí. Pero también he ganado cien mil dólares.





