Medianoche (Versión Alternativa)

María era una adolescente portuguesa, que vivía feliz en Lisboa con sus padres y sus hermanos pequeños. Un fin de semana María fue con sus padres a visitar a unos parientes que vivían en España (sus hermanitos, como eran demasiado pequeños para disfrutar del viaje, se quedaron en Lisboa bajo el cuidado de sus abuelos). El domingo por la noche emprendieron el viaje de vuelta en un tren nocturno, que no llegaría a Lisboa hasta bien entrada la madrugada.  … Eran casi las doce de la noche y el tren aún no había

María era una adolescente portuguesa, que vivía feliz en Lisboa con sus padres y sus hermanos pequeños. Un fin de semana María fue con sus padres a visitar a unos parientes que vivían en España (sus hermanitos, como eran demasiado pequeños para disfrutar del viaje, se quedaron en Lisboa bajo el cuidado de sus abuelos). El domingo por la noche emprendieron el viaje de vuelta en un tren nocturno, que no llegaría a Lisboa hasta bien entrada la madrugada.

Eran casi las doce de la noche y el tren aún no había llegado a Portugal, pues había salido con retraso a causa de un fallo técnico y, aunque se movía a gran velocidad para intentar recuperar el tiempo perdido, no atravesaría la frontera hasta la una de la madrugada. María sintió ganas de ir al servicio y se levantó, dejando a sus padres adormilados en sus respectivos asientos. Cuando la muchacha abrió la puerta del baño, una repentina algarabía de gritos y disparos rompió bruscamente la tranquilidad de la noche.

Poco antes una pasajera de otro vagón se había percatado, por pura casualidad, de que un desconocido que compartía asiento con ella llevaba un arma en el bolsillo. Si aquella mujer hubiera sido una persona más reflexiva, se habría hecho la despistada, hubiera salido del vagón con cualquier excusa y habría advertido al revisor, para que este llamara a la policía con su móvil. Pero, por desgracia, aquella pasajera era una mujer muy nerviosa y no pudo contener una exclamación de terror al ver la pistola. Sabiéndose descubierto, el hombre sacó su arma y mató a la pasajera sin miramientos, empezando así una terrible masacre. Pues aquel individuo no era el único hombre armado que viajaba en el tren. Varios miembros de una despiadada organización terrorista se habían distribuido estratégicamente en todos los vagones y, al oír el disparo efectuado por su compañero, todos ellos sacaron sus armas y empezaron a disparar indiscriminadamente sobre el resto de los viajeros, que a aquellas horas no eran demasiados. De todas formas, la muerte de los pasajeros siempre había formado parte del plan, aunque no debía haberse producido hasta que el tren llegase a Lisboa, cuya estación sería destruida por las bombas que los terroristas habían ocultado en sus mochilas. La masacre se efectuó antes de que nadie pudiera huir o pedir auxilio y solo escaparon a ella dos personas: el maquinista, que ni siquiera se había enterado de nada, y María, que permaneció escondida en el servicio mientras sus padres y el resto de los pasajeros eran brutalmente asesinados. La muchacha, traumatizada y completamente anulada por el terror, permaneció un buen rato sentada sobre el frío suelo del baño, temblando de miedo y llorando en silencio por la muerte de sus padres. Por suerte para ella, a ninguno de los asesinos se le ocurrió registrar los servicios, pero de todas formas su suerte estaba echada, pues no podía salir de allí y su destino era volar por los aires cuando los terroristas hicieran estallar el tren.

Sintiendo que estaba a punto de marearse, María se levantó trabajosamente para mojarse la cara con agua del grifo, pero entonces vio algo que le provocó una nueva forma de terror. En el espejo que se hallaba sobre el lavabo no podía ver el reflejo de su propio rostro, sino la imagen de una niña que no estaba allí y a la que nunca había visto hasta entonces. Era una niña recién llegada a la adolescencia, de facciones hermosas y pálidas, cuya expresión transmitía una inquietante mezcla de dulzura y tristeza. María, consciente de que se trataba de una aparición sobrenatural, hubiera gritado al verla, de no ser porque el miedo a los terroristas paralizó oportunamente sus cuerdas vocales. No sin esfuerzo, consiguió decirle en voz baja a la niña del espejo:

-¿Quién eres? ¿Qué haces ahí?

La niña movió sus pálidos labios y María oyó en su mente una voz melodiosa, tan dulce y melancólica como lo era la expresión de aquel misterioso fantasma:

-Soy la Chica de la Medianoche. ¿Me conoces?

En aquel preciso momento eran las doce de la noche y María recordó confusamente una leyenda urbana, de la que le habían hablado sus primos españoles aquel mismo día. Aquella leyenda, que los escépticos consideraban una mera versión del anime japonés Jigoku Shoujo, hablaba de una niña fantasma que aparecía a medianoche para ofrecerles a quienes podían verla un pacto terrible: la venganza sobre un enemigo a cambio de la propia vida. Al parecer, solo las personas que estaban tan desesperadas como para aceptar un trato tan cruel podían recibir la visita de la Chica de la Medianoche. Y en aquel momento María estaba dispuesta a todo con tal de vengar a sus padres, así que el pacto no tardó en sellarse. Una marca infernal apareció sobre la piel de María, como señal de que desde entonces su vida le pertenecía a la Chica de la Medianoche, que en cualquier momento volvería para reclamarle su deuda, quizás al día siguiente o quizás muchos años después.

A continuación, la Chica de la Medianoche desapareció del espejo y reapareció en medio del vagón, delante del hombre que había asesinado a los padres de María. El terrorista, asustado por aquella súbita aparición, disparó sobre ella, pero las balas atravesaron su cuerpo sin hacerle daño. Luego la Chica de la Medianoche usó su poder para enviar a aquel hombre al infierno (pero solo a él y no a los demás miembros de la banda, pues solo podía matar a una persona cada noche).

El criminal ni siquiera tuvo tiempo de gritar, pero hubo alguien que sí lo hizo. Una de las balas que había disparado antes de morir había atravesado la puerta del baño y alcanzado a María en un punto vital. La Chica de la Medianoche se acercó a María, que se desangraba rápidamente sobre un charco rojo, pero que aún tenía suficientes fuerzas para hablar. Le dijo al fantasma con voz débil:

-Si quieres mi vida, tómala ahora mismo, por favor. Esto… duele mucho y no quiero seguir sufriendo.

La Chica de la Medianoche le dijo, con la voz más triste que nunca:

-No puedo tomar la vida que me debías, pues ya te ha sido arrebatada. Pero aún no has pagado el precio de la venganza.

-¿Y cómo puedo pagarlo, entonces?

La Chica de la Medianoche no respondió, pero se agachó junto a María y besó con sus labios etéreos la trémula boca de la moribunda, hasta que esta exhaló su último aliento. Muerta María, la Chica de la Medianoche desapareció, pues ya había pasado su hora.

Algún tiempo después, los restantes miembros de la banda acudieron a aquel vagón, en busca del compañero desaparecido. Pero entonces María volvió a la vida y se irguió delante de ellos para mirarlos con sus ojos sin brillo. Ninguno de los terroristas pensó en disparar sobre ella, pues todos comprendieron al instante que su resurrección era algo sobrenatural. Todos estaban asustados, pero el jefe de la banda se atrevió a preguntarle:

-¿Quién… o qué eres tú?

María respondió con gélida serenidad:

-Desde ahora yo soy una Chica de la Medianoche. ¿Conoces mi leyenda?

-Sí… ¡pero tú no deberías estar aquí! Ya es la una de la madrugada, así que la medianoche ha terminado.

-La medianoche de la otra Chica ha terminado, pero la mía acaba de empezar. El tren ya ha entrado en Portugal.

(Portugal y España tienen husos horarios diferentes, por lo que la una de la madrugada española coincide con la medianoche portuguesa.)

-¿Y qué quieres? ¡No queremos hacer ningún pacto contigo! Nosotros sabemos vengarnos por nuestros propios medios.

-Ya lo sé. Pero en mi primera noche yo también tengo derecho a efectuar mi propia venganza. Y quiero vengarme… ¡de todos vosotros!

-¡No puedes! La Chica de la Medianoche solo puede matar a una persona cada noche. ¿A cuál de nosotros has elegido matar?

-A ninguno. Mi víctima será otra persona.

Dicho esto, María partió hacia el Más Allá, llevándose consigo el alma del maquinista. Ella no tenía nada contra él, pero de todas formas aquel hombre hubiera muerto, junto con otros muchos inocentes, cuando los terroristas hicieran estallar el tren. Sin embargo, eso no sucedería nunca, pues, al perder a su conductor, el tren descarriló rápidamente, provocando así la muerte de todos los miembros de la banda.

 

 

¿Te gusto? Te recomendamos...