María Mendes era una adolescente portuguesa que, tras pasar el fin de semana visitando a unos parientes que vivían en España, tomó el tren que la llevaría de vuelta a su país. A causa de un fallo técnico, la salida se retrasó bastante, por lo que el tren no llegaría a Lisboa hasta bastante después de la medianoche. Cuando por fin se inició el viaje, María llamó a sus padres para pedirles que la esperaran en la estación a la hora prevista para la llegada y luego, como ya era bastante tarde, se quedó amodorrada en su asiento. A causa de la hora, el tren llevaba pocos pasajeros y María tenía todo el vagón de primera clase para ella sola, aunque en los vagones de segunda el pasaje era más numeroso. Sobre las once de la noche, el tren se detuvo durante unos minutos en la estación de una pequeña ciudad, todavía situada en territorio español, pero María estaba tan dormida que ni siquiera se percató de la parada. Y, por supuesto, tampoco se fijó en el único y extraño pasajero que subió en aquella estación. Se trataba de un hombre inusitadamente pálido, cuyos ojos parecían emitir un brillo inquietante bajo la mortecina luz de las farolas. El desconocido entró en un vagón de segunda y el tren reanudó su marcha rumbo a la frontera.
Poco antes de la medianoche, el sueño de María fue bruscamente interrumpido por unos gritos procedentes del vagón donde había entrado el último pasajero. Pero la algarabía no tardó en cesar tan súbitamente como había empezado y María, aún algo adormilada, pensó que todo había sido un sueño. Sin embargo, la soledad de su vagón había empezado a abrumarla y sintió un infantil deseo de compañía. Aunque no tenía hambre, pensó en ir a la cafetería, donde en el peor de los casos tendría que haber un camarero. Pero finalmente rechazó la idea, pues para llegar allí tendría que atravesar el vagón de los gritos. Y una parte de su subconsciente seguía pensando que allí acababa de suceder algo horrible, de lo cual era preferible mantenerse alejada.
Entonces María vio, primero con alivio y luego con inquietud, cómo alguien procedente de ese vagón entraba en el suyo. Era un hombre que llevaba un uniforme de revisor, sobre el cual se distinguían varios desgarrones y manchas de sangre fresca. María, nuevamente asustada, le preguntó al revisor con voz trémula:
-Señor, ¿ha pasado algo en el vagón de atrás? Es que me pareció oír gritos hace un poco y...
El recién llegado no respondió, sino que se arrojó sobre ella con la furia de un animal salvaje. La agarró con manos que parecían hechas de acero helado e, indiferente a sus gritos de terror, le hundió en el cuello dos dientes afilados como púas. La fría boca de aquel hombre (o lo que fuera) sorbió con avidez la sangre de María, quien gritó y se debatió en vano hasta que empezó a sentir los efectos de la hemorragia. Se le nubló la vista, le temblaron las piernas y finalmente se sintió sin fuerzas, de modo que hubiera caído al suelo si no la sostuvieran las garras del monstruo. Este siguió chupando su sangre, pero de pronto vio algo que llamó su atención. Soltó a María, que se desplomó casi inconsciente por la pérdida de sangre, y se arrojó hacia otra niña que había aparecido de repente al otro extremo del vagón. La recién llegada era una muchacha mágicamente bella y de expresión dulce, pero también muy pálida y de ojos tristes. Si el monstruo hubiera podido razonar, se habría extrañado de aquella repentina aparición, pero todo pensamiento lúcido había desaparecido de su mente cuando se había convertido en zombi. Lo único que podía sentir era una asfixiante sed de sangre y un ardiente deseo de clavar sus colmillos en el blanco cuello de la niña, que lo aguardaba inmóvil y sin dar ninguna muestra de temor. Cuando el zombi ya estaba a punto de atraparla, ella se desvaneció en el aire como un fantasma y su presunto cazador se detuvo en seco, desorientado. Luego volvió a verla, pero en esta ocasión la niña ya no estaba dentro del vagón, sino mirándolo desde el otro lado de la ventana, como si pudiera flotar en el aire nocturno y desplazarse a la misma velocidad que el tren. El zombi, incapaz de apreciar lo extraño de la situación, se arrojó sobre ella atravesando el cristal de la ventana. Pero, cuando quiso atraparla, sus zarpas solo tocaron el frío aire nocturno y su cuerpo acabó destrozado sobre las rocas que bordeaban la vía.
Pocos segundos después la niña misteriosa reapareció dentro del vagón, al lado de María, que aún conservaba la conciencia, pese a estar demasiado débil para levantarse. En cambio, podía hablar débilmente y le suplicó a la niña:
-¡Por favor, ayúdame! No puedo moverme.
La niña le dijo, con una voz tan dulce y triste como su rostro:
-Lo siento, pero no puedo evitar que mueras. Llevas el veneno del zombi en tus venas y pronto morirás… aunque poco después volverás a levantarte, convertida en algo como él.
-Pero, ¿cómo sabes eso? ¿Quién eres?
-Soy la Chica de la Medianoche.
María recordó una leyenda urbana referente a una niña fantasma, que solo aparece a medianoche y que puede conceder una venganza a cambio de un precio terrible. Luego preguntó:
-¿Y que será de mis padres? Ellos me están esperando en la estación de Lisboa.
-Si es así, ellos también están condenados. El zombi que te atacó ya no existe, pero hay muchos más en este tren. Y, cuando lleguen a Lisboa, provocarán una masacre.
Al oír esto, María se puso a llorar desesperada, pero la niña misteriosa se agachó a su lado, acarició suavemente sus pálidas mejillas y le dijo:
-¿Estarías dispuesta a aceptar cualquier destino más allá de esta vida, con tal de vengar tu propia muerte y salvar a tu familia?
-¡Por supuesto! ¡Si ya no tengo nada que perder!
-Entonces que así sea…
Dicho esto, la niña misteriosa posó sus dulces labios sobre la descolorida boca de María, precisamente cuando esta exhalaba su último aliento, y luego se marchó para no volver, pues ya había pasado su hora.
…
El pasajero que había subido al tren era un vampiro, que había convertido en zombis sin alma a todos los pasajeros del tren y, tal como había pronosticado la Chica de la Medianoche, pensaba hacer lo propio con la gente de Lisboa. Aún estaba el vampiro saboreando la sangre de su última víctima cuando María apareció delante de él y de sus monstruosos esclavos, contemplándolos a todos con desafiantes ojos rojos, que sin duda ya no eran humanos, pero que tampoco eran los de un zombi. El vampiro pensó que quizás aún estaba viva, pero descartó esa idea al advertir su excesiva palidez. Realmente confundido, le dijo:
-Ya no eres humana, pero tampoco eres un zombi. ¿Qué demonios eres?
María respondió sin alzar la voz:
-Yo soy una nueva Chica de la Medianoche.
-¡Mientes! Si lo fueras, no podrías estar aquí en estos momentos. Tu hora ya ha pasado.
-Te equivocas. Ha pasado la hora de la otra chica, la que me convirtió en lo que soy ahora… pero la mía acaba de empezar. El tren ya ha entrado en territorio portugués.
(Portugal tiene un huso horario distinto que España, de modo que la una de la madrugada española coincide con la medianoche portuguesa.)
El vampiro se rio y dijo:
-¡Da igual! La Chica de la Medianoche únicamente puede matar y nosotros ya estamos muertos, así que no tienes ningún poder sobre nosotros.
-Es que no voy a vosotros no voy a mataros, voy a destruiros.
-¡No puedes hacerlo! Tú solo puedes destruir seres vivos y en este tren ya no queda ninguno.
-Aún queda uno: el maquinista. No tengo nada contra él, pero de todas formas su vida ya está condenada. Si no lo mato yo ahora, lo haréis vosotros cuando el tren llegue a Lisboa… a él y a mucha más gente. Pero eso no pasará nunca.
Dicho esto, María, la nueva Chica de la Medianoche, partió hacia el Más Allá, llevándose consigo el alma del maquinista. Tras la desaparición de su conductor, el tren no tardó en descarrilar, quedando el vampiro y todos los zombis destrozados por la violencia del impacto.





