Ruy Méndez era un adolescente español de buena familia… aunque, en realidad, su familia se reducía a su madre, que era una mujer muy rica, muy culta y, sobre todo, muy bella. Aunque Rosa Méndez ya tenía más de cuarenta años, no aparentaba ni treinta. En cuanto al padre de Ruy, ni siquiera él mismo sabía quién era y Rosa se molestaba bastante con su vástago cuando este intentaba hacerle alguna pregunta al respecto. Por lo demás, madre e hijo se llevaban muy bien y la vida de Ruy podía considerarse perfectamente feliz, salvo por un misterioso fenómeno que él llamaba “la sombra del Diablo”. Dicho fenómeno consistía en una especie de premonición inquietante, que parecía augurar el inminente despertar de un Mal insidioso, aunque ni el mismo Ruy sabía de qué se trataba realmente. Rosa, por su parte, no quería oír hablar de fenómenos extraños y le había prohibido a Ruy mencionar el tema, pese a que ella misma había sido aficionada al ocultismo en su juventud y guardaba en su biblioteca numerosos libros de magia oscura.
…
Una tarde, cuando Ruy volvió del colegio, su madre le enseñó, con una sonrisa cómplice en los labios, dos entradas para el estreno de la nueva película de Star Wars. Siendo fan de la saga, Ruy se puso muy contento y subió rápidamente a su cuarto para cambiarse. Mientras se vestía, percibió la sombra del Diablo con más fuerza que nunca, pero optó por callarse, por miedo a que su madre se enfadase con él.
Cuando madre e hijo llegaron al centro urbano, aparcaron el coche en un parking subterráneo. Cuando salieron del vehículo, un desconocido que parecía estar esperándolos se plantó delante de ellos con una pistola en la mano y les dijo en voz baja:
-Vais a venir conmigo los dos. Y que no se os ocurra hacer ninguna tontería.
Ruy no carecía de valor. Hizo ademán de enfrentarse al desconocido, pero Rosa lo detuvo a tiempo y le ofreció su bolso al asaltante. Este rechazó su ofrecimiento y le dijo:
-No quiero tu dinero, guapa… ¡os quiero a vosotros!
Dicho esto, les ordenó subir a una furgoneta aparcada en el rincón más oscuro del parking.
…
Después de un largo viaje por las afueras de la ciudad, el secuestrador ordenó a sus víctimas bajar del vehículo. Se hallaban en un amplio sótano o garaje, donde había dos objetos incongruentes: una moderna videocámara instalada sobre un trípode y una amplia cama de matrimonio, situada enfrente del objetivo. Sin dejar de apuntarlos con su arma, aquel hombre les dijo:
-Bien, ya estamos en casita. Ahora vais a quitaros la ropa, ¿entendido?
Mientras decía estas palabras, el secuestrador sonrió cruelmente, dando a entender que sus órdenes, por muy humillantes que fueran, no admitían ninguna réplica. Después de que madre e hijo se desnudaran, el secuestrador los ató, los amordazó y los obligó a acostarse sobre la cama, como si fueran dos amantes. Luego les dijo:
-Una madre guapa acostada con su hijo adolescente… Aunque os parezca mentira, hay gente a la que le gusta ver estas cosas. Alguien que no conozco contactó conmigo a través de la Deep Web y me ofreció mucho dinero por grabar una película snuff, cuyos protagonistas seréis vosotros mismos. Pero aún falta algo, por si tenéis escrúpulos.
El secuestrador sacó de un botiquín una jeringuilla y le inyectó a Ruy un poderoso estimulante sexual, capaz de vencer la voluntad más férrea. Luego se puso a grabar tranquilamente aquella escena, como si se tratara del más inocente vídeo familiar.
Ruy intentó luchar contra los efectos de la droga, pero fue inútil y, tras varios minutos de infructuosa resistencia, acabó eyaculando en el vientre de su propia madre. Mientras el secuestrador estaba distraído grabando el incesto, Rosa consiguió cortar sus ligaduras con una pinza para el pelo que había escondido en la mano derecha. Una vez libre, se levantó rápidamente, se hizo con la pistola del secuestrador (que este había dejado sobre un mueble para tener las manos libres mientras manejaba la videocámara) y lo mató de un tiro en la cabeza. Luego desató a Ruy, que estaba llorando como un niño pequeño, lo abrazó e intentó tranquilizarlo con palabras cariñosas. Cuando fue capaz de hablar, Ruy balbuceó con la voz entrecortada por el llanto:
-Lo siento mucho, mamá. Yo… ¡te he violado!
-Tranquilo, cariño. No fuiste tú, sino la droga que te había inyectado ese cerdo.
-Pero… ¿por qué nos ha hecho esto? ¿Quién pudo haberle ordenado que lo hiciera?
-Por el momento eso no importa. Ahora debemos irnos de aquí.
-¿Pero… es que no vamos a llamar a la policía?
-¡De ningún modo! Nadie tiene por qué saber lo que nos ha pasado. Ese cabrón ya no hablará y no hay más testigos. Pero alguien pudo haber oído el disparo, así que debemos volver a casa antes de que vengan los vecinos a husmear.
Ruy y Rosa se vistieron rápidamente y abandonaron aquella casa sin ser vistos por nadie. Ya había oscurecido y apenas había edificios habitados por los alrededores, así que pudieron alcanzar la carretera más cercana sin llamar la atención. Una vez allí, tomaron un taxi que los llevó al parking donde habían dejado el coche y volvieron a su hogar hacia las once de la noche.
Una vez en casa, Rosa le dijo a Ruy:
-Voy a la farmacia de guardia a comprar la píldora del día después, por si acaso. Eso me llevará algún tiempo, así que será mejor que te acuestes.
-¿Crees que podré dormir después de lo que ha pasado hoy?
-No, pero los criados sospecharían si vieran que sigues despierto después de medianoche. Recuerda que debemos actuar como si no hubiera pasado nada.
Después de que su madre abandonara la mansión, Ruy decidió que, en vez de acostarse, la esperaría en la biblioteca, pues sentía necesidad de hablar con ella y, además, ningún criado entraba allí en plena noche. Cuando encendió la luz, el muchacho vio algo que le llamó la atención: uno de los libros de magia estaba mal colocado, como si alguien lo hubiera sacado de la estantería para consultarlo y luego lo hubiera devuelto a su sitio con prisa o en estado de agitación. Seguramente había sido algún criado excesivamente curioso, pero, cuando Ruy lo agarró para colocarlo adecuadamente, cayó al suelo un papel que estaba oculto entre las páginas. Cuando Ruy recogió aquel papel, vio que estaba escrito con la inconfundible letra de Rosa. La tinta aún estaba fresca, lo cual sugería que Rosa había estado leyendo aquel libro poco tiempo antes, pese a que supuestamente hacía años que había perdido todo interés por el ocultismo. Ponía allí:
Transcripción del hechizo tras descifrar el código secreto: (varias palabras incomprensibles, posiblemente en latín)… Fallo total, esta vez Él no acudió a mi llamada. Posible explicación: solo se puede invocar a (de nuevo varias palabras incomprensibles) una sola vez en la vida. Hay que recurrir al plan B.
Entonces Ruy sintió de nuevo la sombra del Diablo, con más fuerza aun que antes. Y, guiado por algo que no era simple curiosidad, hojeó aquel extraño libro en busca de respuesta a las inquietantes preguntas que estaban atormentando su mente. Si bien los hechizos propiamente dichos estaban escritos en clave, el resto del texto era bastante comprensible y las sospechas de Ruy se convirtieron en terribles certezas.
Cuando Rosa volvió a casa, se encaminó directamente hacia la biblioteca, pues había visto que la luz estaba encendida. Cuando vio a Ruy con aquel libro en sus manos, le dijo furiosa:
-¿No te he dicho que te acostaras? ¿Y quién te ha dado permiso para…?
Ruy la interrumpió y gritó, aún más enfadado que ella:
-¡Mamá, fuiste tú! ¡Ahora lo entiendo todo!
-¿A qué te refieres?
-¡A todo lo que has hecho conmigo! Siempre te ha dado miedo envejecer y perder tu belleza, así que hace quince años usaste la magia para invocar a un demonio primordial y hacer un pacto con él: le ofreciste tu cuerpo a cambio de que él inyectara su energía en tu cuerpo, de modo que no pudieras envejecer durante varios años. Y de esa unión nací yo. Hace poco intentaste repetir el ritual para mantenerte joven algunos años más, pero no funcionó, así que optaste por un plan B. Quien inyectaría su energía en tu cuerpo no sería ese demonio, sino su hijo… ¡o sea, yo mismo! Pero, sabiendo que yo nunca me acostaría contigo voluntariamente, contactaste en secreto con el hombre que nos secuestró y le dijiste lo que debía hacer. Y su muerte también estaba preparada, ¿verdad? Por eso hoy llevabas una pinza para el pelo, cuando casi nunca las usas. ¡Pero no volverás a jugar conmigo nunca más!
Atraídos por los gritos de Ruy, los criados de Rosa entraron en la biblioteca y su ama les dijo, visiblemente alterada:
-¡Agarrad a mi hijo y encerradlo en su cuarto! ¡Se ha vuelto completamente loco!
Pero Ruy, presa de una rabia incontenible, sufrió una monstruosa metamorfosis, que lo convirtió en una bestia semejante a su misterioso progenitor, y huyó de la casa, pasando por encima de los aterrados criados. Rosa se acurrucó en un rincón y se puso a llorar de pura rabia, como la persona muy inescrupulosa, muy egocéntrica y, sobre todo, muy narcisista que siempre había sido.





