(narración del inspector Michael W. Dupont, miembro del departamento de policía de Nueva Orleans, Luisiana, EE UU)
Ante todo, debo decir que el accidente en el que murió mi desdichado amigo, el doctor Robert Dee, no fue en sí mismo algo extraño ni misterioso. Según los testigos, aquella noche Robert, por culpa de un perro vagabundo que había invadido la calzada, perdió el control del vehículo que conducía y chocó contra una valla, muriendo en el acto a causa de la colisión.
Yo, como amigo personal de la víctima, decidí asumir la dura responsabilidad de comunicarle los hechos a Pamela, su esposa, por lo que me dirigí a su casa para decírselo en persona y ofrecerle mi apoyo. La pobre Pamela acogió mis palabras con sorpresa e incredulidad. Según sus palabras, tenía que haberse producido un error en la identificación del cadáver, pues Robert estaba dentro de la casa en aquel mismo momento, durmiendo en la misma cama que ella acababa de abandonar para abrirme la puerta. Entonces entré con ella y ambos subimos a su cuarto. Por supuesto, Robert no estaba allí ni en ningún otro lugar de la casa, como tampoco su coche se hallaba en el garaje. Pamela, al borde de la histeria, me juró una y otra vez que se había acostado con su marido aquella noche, hasta que finalmente, abrumada por la evidencia, sufrió un desmayo. Tardó varias horas en recuperarse del trauma y fue necesario un largo tratamiento psicológico para que aceptara la triste realidad.
Nueve meses después, Pamela dio a luz a Daniella, la hija póstuma de Robert. Daniella Dee (a quien Pamela suele llamar Danny) es una niña muy guapa, educada e inteligente, pero también muy triste y solitaria. A menudo me acerco al colegio donde estudia durante los recreos, con la excusa de espantar a los distribuidores de hachís, y casi siempre la veo sola, sentada en alguno de los desvencijados bancos del patio y centrada en echarles migas de pan a los pájaros, que parecen ser sus únicos amigos.
Un triste día de otoño, mientras miraba desde el otro lado de la verja cómo Danny realizaba su monótona labor de alimentar a los hambrientos pajarillos, me fijé en que no era el único que la estaba observando. Allí estaba también un conocido mío, John Leblanc, que era sacerdote católico en una parroquia cercana. John, en otros tiempos, había sido buen amigo de Pamela, pero ambos se habían distanciado después de que esta perdiera la fe tras la muerte de su marido. De hecho, ni siquiera había querido bautizar a Danny.
Cuando yo le pregunté a John qué estaba haciendo allí, este palideció y me dijo en voz baja:
-¿Nunca te has percatado de que hay algo anormal en torno a esa niña? No creo que lleve realmente la sangre del pobre Robert Dee. ¡Escucha! Hace varios días, en la catequesis, les pedí a los niños que me dibujasen a la persona que más querían. Y en uno de los folios que recogí aparecía el retrato de Daniella. Era ella, estoy seguro.
-¡Qué raro! Ignoraba que Danny tuviera amigos en tu parroquia.
-Y no los tiene. Ningún niño de mi parroquia la conoce, yo mismo lo he comprobado. Pero eso no es lo más extraño. Mi grupo de catequesis lo forman exactamente doce niños y estoy absolutamente seguro de que ninguno de ellos me entregó más de un dibujo. Pero cuando conté los dibujos… ¡eran TRECE! Cuando les mostré a los niños el retrato de Daniella, ninguno lo reconoció como obra suya. Por otra parte, era un dibujo artísticamente impecable, la obra de un maestro y no la de un crío.
-¡Vaya! ¿Puedo verlo?
-Pues no. Lo quemé poco después, pues me daba mucho miedo.
-¿Acaso te asusta ver el rostro de una niña?
-No fue el rostro. El dibujo, por supuesto, no tenía firma, pero bajo él se leía una inscripción en latín: INCUBUS INCARNATE EST (el demonio se ha encarnado). Puedes extraer tus propias conclusiones, que yo ya he extraído las mías.
Dicho esto, John se fue a toda prisa, dejándome anonadado por la revelación. Cuando pude reflexionar, me di cuenta de que aquel hombre se había vuelto peligroso. Sus obsesiones místicas lo habían llevado a urdir aquella rocambolesca fantasía, basada en un dibujo que seguramente solo había existido en su imaginación. La cosa estaba terriblemente clara: John consideraba a la pobre Daniella la hija de un íncubo, un ser de origen diabólico. Podía parecer algo risible, pero en el pasado historias igualmente ridículas habían causado la muerte de muchas personas inocentes (especialmente mujeres y niñas) en las hogueras inquisitoriales.
Varias horas después, acabada mi jornada laboral, me acerqué a la casa de Pamela, para recomendarle que desconfiara de John y que, bajo ningún concepto, le permitiera acercarse a Danny. Antes intenté decírselo por teléfono, pero la línea estaba ocupada, así que decidí ir a hablar con ella personalmente.
Cuando llegué a la casa de Pamela, llamé varias veces al timbre, pero nadie respondió a mis llamadas, por lo que deduje que no había nadie allí. Pensé que habían salido de paseo con Wolf, el perro de Danny, pues este tampoco se hallaba en su caseta. Así pues, me limité a enviarle un mensaje a Pamela, para que lo leyera cuando tuviera el móvil disponible, y volví al coche con la intención de marcharme. Pero entonces me llamó la atención un estridente graznido, volví la cabeza y vi algo inquietante que hasta aquel momento me había pasado desapercibido. Entre los arbustos del jardín se hallaba un enorme cuervo, negro como una noche sin luna, que picoteaba con avidez un cuerpo inerte. Cuando me acerqué, vi con horror que se trataba del pobre Wolf, al que alguien había matado a golpes, seguramente para evitar que ladrara.
Intuí quién había matado al perro y, tras rodear rápidamente la casa, descubrí algo que confirmó mis peores sospechas: la puerta trasera estaba forzada. Sin detenerme ni siquiera para pedir refuerzos, entré en la casa con la pistola en la mano y, cuando llegué al salón, vi un espectáculo al mismo tiempo grotesco y terrible: Pamela y Daniella estaban atadas a sendas sillas, amordazadas y, a juzgar por la intensa palidez de sus rostros, completamente aterrorizadas. A su lado estaba John, vestido con sus ropas sacerdotales, que no dejaba de pronunciar extrañas palabras en latín mientras agitaba su hisopo sobre la rubia cabeza de Danny, como si pretendiera exorcizarla con agua bendita. Aunque sabía que John no se hallaba en estado de razonar, me dirigí a él y le dije con voz firme:
-¡Ya basta, John, esto es una locura! ¡Déjalas en paz y acompáñame a la comisaría!
Para mi sorpresa, John no se rebeló sino que tiró el hisopo y se acercó a mí en silencio, como si hubiera recapacitado y estuviera dispuesto a rendirse. Pero, cuando ya estaba a punto de ponerle las esposas, aprovechó que había bajado la guardia para sacar un cuchillo y clavármelo en un hombro, mientras decía:
-Lo siento, Michael, pero esta es la voluntad de Dios y tú no puedes interponerte.
Yo, anulado por el dolor y la pérdida de sangre, había dejado caer la pistola. Aprovechando mi estado de indefensión, John intentó asestarme una segunda y acaso fatal cuchillada, pero un golpeteo en el cristal de la ventana llamó su atención y paralizó su ataque durante unos segundos (aunque no estoy seguro, creo que fue el cuervo del jardín el que golpeó la ventana con el pico, como en el poema de Poe). Pese a estar herido y asustado, no desaproveché aquella oportunidad y agarré a John con todas las fuerzas que me quedaban, que no eran muchas. Por suerte, él no era un hombre robusto, así que pude sostener su reacción y, tras un breve pero terrible forcejeo, cayó al suelo muerto. Él mismo se había clavado accidentalmente su cuchillo en el corazón y, aunque su muerte no dejaba de ser una desgracia, no puedo negar que sentí cierto alivio cuando exhaló su último aliento.
Tras un breve descanso, liberé a las chicas y los tres nos fundimos en un largo abrazo, con lágrimas en los ojos. Al final, habíamos conseguido salir ilesos de aquella pesadilla. John había invocado a Dios, pero Él había estado con nosotros.
(fin del relato de Dupont)
EPÍLOGO: Varios días después, Daniella Dee, como todos los recreos, se dedicaba a desmigajar el pan para echárselo a los pájaros, aparentemente ensimismada y ajena a los ruidosos juegos de los demás niños. Los pajarillos parecían encantados con el banquete, pero hubieron de abandonarlo rápidamente, cuando un enorme cuervo, negro como una noche sin luna, bajó del cielo y los expulsó a todos, amenazándolos con sus lúgubres graznidos. Cuando vio al cuervo, Daniella pareció emerger bruscamente de su ensimismamiento y por primera vez en mucho tiempo una sonrisa se dibujó en su bello rostro de hada, mientras ella le guiñaba un ojo al cuervo. El guiño fue respondido.





