He narrado en anteriores entregas de esta historia cómo fui seducido por una bella y misteriosa dama costarricense llamada doña Ana de Mendoza. Tras un largo viaje, llegamos por fin a la hacienda de mi amante, situada en un paradisíaco lugar de Costa Rica. Una vez allí, me presentó a sus empleados como su nuevo médico particular, aunque, naturalmente, yo esperaba seguir compartiendo secretamente su lecho. Sin embargo, mis esperanzas se vieron lamentablemente frustradas, pues no tardé en comprobar que Ana había empezado a desdeñarme. Desde que habíamos llegado a la hacienda, ella solo tenía ojos para su hija Clara, que pasaría el verano con nosotros mientras el colegio de monjas donde estudiaba estuviera cerrado por vacaciones. Clara era hija de Ana y de su primer marido, un caballero francés fallecido antes de que sir Henry Champion se estableciera en Costa Rica. Tenía apenas doce años, pero era, desde luego, una niña sumamente hermosa, cuyos ojos verdes se parecían mucho a los de Ana. En realidad, podía considerarse una copia en diminuto de su madre, con una salvedad: donde en Ana había sensualidad, en la pequeña Clara solo había dulzura. Me hubiera agradado intimar con la muchacha, que, además de guapa, parecía realmente simpática, pero no tuve la oportunidad. Ella solo hablaba español y francés (lenguas que yo apenas dominaba) y, además, su madre me prohibió acercarme a ella. Como, por otra parte, Ana había empezado a cansarse de mí y solo muy ocasionalmente me permitía hacerle el amor, empecé a sentirme bastante solo en la hacienda. Para colmo de males, mi desconocimiento del español solo me permitía conversar con un capataz de origen norteamericano, un tal Wilson. Este hombre había sido oficial del ejército confederado y había abandonado su patria después de la Guerra Civil. No era un hombre culto ni tenía una conversación particularmente interesante, pero llevaba muchos años en la hacienda y me suministró algunas informaciones interesantes sobre la infancia de Ana (recordemos que ella evitaba hablar de su pasado y que este seguía envuelto en el mayor de los misterios para mí). Me contó lo siguiente:
-Doña Ana perdió a sus padres siendo muy pequeña y pasó casi toda su infancia bajo la tutela de doña Eduviges, su abuela paterna, que era una señora muy devota y estricta. Ni siquiera permitía que Ana alternase con los hijos de los peones, pues consideraba que no eran una compañía adecuada para “una señorita de su clase”. Así pues, a falta de amigos íntimos, la infancia de la señorita fue muy triste y aburrida. Podía decirse que su única amiga era una hermosa gata negra, a la que llamaba Hécate y hacia la cual sentía un enorme cariño, más del que podía sentir hacia cualquier persona. Pero una mañana la gata apareció muerta, para sorpresa y disgusto de Ana. La pobre niña ignoraba que los gatos viven menos tiempo que las personas, por lo que pensaba que Hécate era tan joven como ella, cuando, en realidad, ya era una más que venerable anciana. Doña Eduviges ordenó enterrar el cadáver del gato y le dijo a su nieta que se olvidara de ella, pues, a fin de cuentas, “solo era un animal sin alma”. Pero, por una vez, Ana desobedeció a su abuela. Aquella noche un criado salió al jardín para hacer sus necesidades y vio, bajo la luz de la luna, una escena realmente extraña e incluso siniestra. Ana estaba allí, completamente desnuda y con la boca manchada de sangre. Había desenterrado el cadáver de la pobre Hécate y lo había abierto con una navaja para beber toda su sangre. Al parecer, una bruja de la localidad le había sugerido aquel delirante ritual como un medio para que el espíritu de la gata entrara en su cuerpo, de modo que las dos pudieran estar juntas para siempre. No necesito decirle que doña Eduviges montó en cólera cuando supo lo sucedido. Como castigo, envió a su nieta a un internado de la capital y no tardó mucho en morir, según algunos a consecuencia del disgusto.
La relación del capitán Wilson consiguió turbarme, pues, aunque pareciera una locura, no faltaban indicios de que había algo realmente felino en el espíritu de Ana, tan sensual y cruel como podría serlo una gata. Y no se trataba solo de su espíritu: yo no podía ignorar el brillo de sus ojos en la oscuridad, ni tampoco el leve ronroneo que se escapaba de sus labios en los momentos de placer. ¿Estaba realmente poseída por el espíritu de la gata? Mi mente racionalista no podía aceptar esa idea, pero sí una hipótesis alternativa, basada en mis conocimientos de psiquiatría. Era posible que Ana hubiera llegado a creerse realmente poseída, hasta el punto de que no solo su mente, sino también su organismo se hubieran visto afectados por su obsesión. Había oído hablar de enfermos mentales que somatizaban su locura hasta extremos semejantes.
Pero lo que más me inquietó fue saber que los dos maridos de Ana, así como algunos de sus amigos más íntimos, habían muerto prematuramente y en circunstancias bastante extrañas. Empecé a pensar que Ana, cuya maldad yo conocía tan bien, había tenido algo que ver con sus muertes. Aparentemente, no solo tenía espíritu de gata, sino también de mantis religiosa. En tal caso, mi suerte estaría echada si no me iba de aquella maldita hacienda cuanto antes. En otros tiempos yo hubiera muerto gustoso en sus manos si ese hubiera sido su deseo, pero mi pasión se había debilitado a medida que ella había dejado de quererme. Sabía que siempre la recordaría y que siempre soñaría con ella por las noches… pero, para que existiera ese “siempre”, yo debía pensar en mi propia supervivencia.
Por desgracia, no tenía suficiente dinero para abandonar la hacienda con unas mínimas garantías de seguridad económica. No me hubiera resultado difícil robar el dinero o las joyas de Ana, pero finalmente deseché esa idea, ante el temor de que ella me denunciara a las autoridades de su país. Pero entonces recordé las valiosas joyas que les habíamos robado a los Dessailly en París. Esas alhajas no podían estar inventariadas como legítimas propiedades de doña Ana y, si me hacía con ellas, no podría denunciarme por robo sin tener que dar muchas explicaciones.
Como sabía dónde las guardaba, una noche, mientras todo el mundo dormía, las metí en mis bolsillos y abandoné aquella maldita hacienda a toda prisa, montado en un caballo que había comprado con mi sueldo.
Como no podía volver a Inglaterra, donde estaba en busca y captura por haber violado a mi hermana, tomé un barco que me llevó a los Estados Unidos, donde pensaba establecerme como médico bajo un nombre falso.
Finalmente recalé en Nueva York, donde conseguí venderle las joyas a un traficante poco escrupuloso. Las ganancias me permitieron instalarme como médico en una clínica privada y, aunque no podía olvidar a Ana, llevé durante algunos meses una vida bastante apacible. Mi clientela era numerosa y selecta, de modo que pude ganar bastante dinero y mi fama se extendió en los mejores círculos de la ciudad. Quizás debería decir que se extendió demasiado, pues no tardé en sentir la turbadora proximidad de doña Ana. No la vi ni oí pronunciar su nombre, pero supe que una “hermosa dama de aspecto latino” había preguntado por mí en varios puntos de la ciudad y una madrugada, mientras volvía a casa tras cenar con unos colegas, la brisa nocturna me trajo el inconfundible olor de su perfume. Sin duda mi vida corría peligro, así que cerré la clínica y abandoné Nueva York para establecerme en Nueva Inglaterra, bajo un nombre distinto del que había empleado anteriormente. Pero poco después volví a oler su perfume, mientras asistía a un concierto en el mejor teatro de Boston. Y entonces me sentí perdido, pues adivinaba perfectamente cuáles eran sus intenciones hacia mí. Era dudoso que ella quisiera vengarse por el robo de las joyas, pero yo sabía demasiado sobre sus costumbres y necesitaba silenciarme cuanto antes.
Como, por diversas razones, no podía solicitar el auxilio de las autoridades, decidí abandonar definitivamente la profesión médica y encerrarme en mi nueva casa, con un revólver al alcance de la mano. Entonces fue cuando empecé a escribir la presente relación, con la esperanza de que arroje una luz póstuma sobre mi muerte o desaparición, en caso de que una u otra llegaran a producirse.
…
NOTA DE LAS AUTORIDADES: El presente documento apareció en el domicilio del doctor James Farrell, conocido en Boston bajo el falso nombre de Henry Brown, mientras la policía investigaba su repentina muerte. Nuestros expertos suponen que el difunto doctor Farrell estaba perturbado y que todo lo escrito en este documento es pura fantasía. Añaden que no pudo haber sido asesinado por una mujer, sino por un felino de gran tamaño (seguramente un puma) que lo degolló con sus garras.





