He callado durante muchos años por miedo a no ser creída, pero creo que por fin ha llegado el momento de contar la verdad. Incluso la policía ha empezado a tomarse en serio las leyendas urbanas sobre la Chica de la Medianoche, cuyo origen solo yo puedo aclarar.
Hace quince años yo era una jovencísima profesora de secundaria, tan bienintencionada como inexperta. Fui destinada al instituto de una pequeña localidad gallega y me tocó una tutoría de tercero, donde tenía como alumna a una extraña niña llamada Ana Vázquez. Ana era una alumna estudiosa y formal, pero pronto pude comprobar que sus compañeros la ignoraban e incluso la despreciaban. Ese rechazo no se debía únicamente a su carácter melancólico y retraído, sino también a ciertos rumores sobre su madre. Esta, según sus propias palabras, había sido forzada por un desconocido cuyos rasgos no recordaba y Ana sería el fruto de esa violación. Sin embargo, los lugareños no se creían esa historia y pensaban que Elena, la madre de Ana, se la había inventado para ocultar una relación deshonrosa (quizás un incesto con su padre o con alguno de sus hermanos).
Por aquel entonces una niña del pueblo desapareció en el bosque y días después encontraron su cadáver flotando en una laguna. Como era evidente que había sido violada y estrangulada, la Guardia Civil detuvo a un vecino que tenía numerosos antecedentes por acoso sexual. Al día siguiente en el instituto no se hablaba de otra cosa y, durante la hora de tutoría, escuché a Beatriz, la líder oficiosa de la clase, decirles esto a sus amigas:
-Ya han detenido al asesino, pero yo creo que, en vez de meterlo en la cárcel, deberían pegarle un tiro a ese cerdo.
Entonces Ana, que hasta entonces había permanecido callada, le dijo:
-Quizás ese hombre sea un cerdo, pero no es un asesino. Él no mató a la niña.
Beatriz, molesta porque la paria de la clase había osado interrumpirla, se encaró con ella y le dijo:
-¿Y quién es el asesino, entonces?
-Fue don Ramón, el farmacéutico.
Esta respuesta dejó pasmada a toda la clase, pues don Ramón era uno de los personajes más populares y queridos de la villa. Además, era un pariente lejano de Beatriz, quien se tomó aquellas palabras como un insulto personal. Gritó enfadada:
-¿Y tú cómo sabes eso? ¿Acaso lo viste?
-No lo vi, pero sé que fue él. Yo puedo percibir los malos pensamientos de las personas. Por eso también sé lo que todas vosotras pensáis de mi madre y de mí.
-Eso no es muy difícil adivinarlo… ¡puta!
Ana palideció al oír aquel feroz insulto y durante un instante sus ojos parecieron emitir un inquietante brillo rojizo. Pero finalmente se mordió los labios y no respondió a la provocación. De todas formas, Beatriz había llegado demasiado lejos, así que la expulsé de clase y la mandé al despacho del director. Aquel mismo día, cuando salí del instituto, fui abordada por sus padres, que me dijeron, en voz alta y delante de mucha gente:
-Si usted expulsó a nuestra hija por un insulto, ¿por qué no le hizo lo mismo a la chica que llamó asesino a un inocente?
Pocas horas después todo el pueblo sabía lo que había dicho Ana y, como nadie pensaba que don Ramón fuera un asesino, todo el mundo parecía escandalizado. Al día siguiente el farmacéutico se suicidó, dejando escrita una nota donde confesaba ser el verdadero autor del crimen. Sin embargo, sus hijos destruyeron la nota y acusaron a Ana de haber provocado la muerte de un inocente con sus calumnias. La muchacha y su madre siempre habían sido despreciadas, pero de la noche a la mañana aquel desprecio se convirtió en verdadero odio. El ambiente en el instituto estaba tan enrarecido que Ana dejó de asistir a clase, pretextando que no se sentía bien. Y su madre cambió su número de teléfono, harta de que solo la llamaran para insultarla. Algunos niños recordaban cómo habían brillado los ojos de Ana cuando fue insultada por Beatriz. Y, como había tantas cosas extrañas en torno a ella, los más supersticiosos empezaron a decir que era una bruja o una hija del Diablo. Cuando llegaron a mis oídos los terribles rumores que corrían sobre ella, intenté ponerme en contacto con su madre para avisarla, pero no respondió a mis llamadas. Ante la gravedad de la situación, decidí ir a visitarlas a su propia casa, pero no estaban allí (las pintadas amenazantes en la puerta y las ventanas rotas a pedradas revelaban claramente por qué se habían ido). Al principio pensé que se habían marchado del pueblo, pero luego oí a alguien decir que se habían refugiado en una vieja casa de campo (al parecer, habían visto el coche de Elena aparcado en las cercanías). Dicha casa les pertenecía legalmente, pero llevaba varios años deshabitada y ni siquiera tenía teléfono. Podía ser un buen refugio, pero también una trampa mortal si sus enemigos descubrían su paradero. Y, si yo lo había descubierto, ellos no tardarían mucho en hacerlo, así que decidí ir allí para avisarlas de que aún no estaban a salvo.
Subí a mi coche y me dirigí hacia la casa, pero, como no conocía bien las pistas rurales, me perdí y llegué demasiado tarde. Ya era noche cerrada, pero pude ver un inquietante resplandor rojizo entre las copas de los árboles. La casa estaba en llamas y dos cuerpos inertes yacían en el patio, sobre sendos charcos de sangre. Madre e hija tenían la ropa desgarrada y no solo habían sido salvajemente torturadas, sino que además habían sido forzadas por los asaltantes. Tras cerciorarme de que ambas estaban muertas, intenté llamar a la Guardia Civil, aunque me temía que aquel crimen iba a quedar impune, pues había tanta gente implicada que sería casi imposible acusar a alguien en particular. Mientras tecleaba el número en mi móvil, oí el eco lejano de las campanadas de la iglesia, que anunciaban la medianoche. Entonces, para mi sorpresa y terror, Ana, a quien había considerado muerta, se levantó del suelo. Estaba muy pálida, hasta el punto de que incluso sus labios se habían vuelto blancos. En cambio, sus ojos emitían un fuerte brillo rojizo, que no podía ser un mero reflejo de las llamas. Yo estaba demasiado pasmada para hacer nada, así que me limité a mirar cómo ella sollozaba sobre el cadáver de su madre. Pero entonces surgió del bosque una sombra siniestra, de contornos informes y más oscura que la misma noche. Aquel ser se dirigió a Ana con estas palabras, cuyo tono era tan turbador como su aspecto:
-¡Escucha, niña! Hace trece años fuiste engendrada por el Infierno para cumplir una misión, pero solo de ti dependía aceptarla o no. Si ahora deseas la venganza, es que ya la has aceptado.
Ana se irguió y gritó, mientras torrentes de lágrimas se derramaban sobre sus pálidas mejillas, limpiando las manchas de sangre:
-¡Claro que deseo la venganza! ¡Los mataré a todos!
-Que así sea. Pero recuerda que deberás pagar un precio. Esta noche efectuarás tu propia venganza, pero de ahora en adelante tendrás que efectuar las venganzas de los demás… para siempre.
-No me importa, ¡lo haré!
Entonces yo recordé algo que había leído en Internet: una leyenda urbana japonesa sobre la Jigoku Shoujo (Chica Infernal), cuyas andanzas (reales o imaginarias) incluso habían inspirado una serie de anime. Según esa leyenda, la Jigoku Shoujo se aparecía a medianoche para cumplir las venganzas de quienes osaban invocarla, a cambio de sus almas. Pero, si solo podía ser invocada a las doce en punto de la noche, su poder lógicamente se restringía a la zona horaria correspondiente a Japón… salvo, naturalmente, que no hubiera una, sino varias Chicas Infernales, tantas como distintos husos horarios existían en el mundo. Temiendo que Ana estuviera destinada a convertirse en uno de esos demonios, le grité:
-¡No le hagas caso, Ana! Ven conmigo, yo te pondré a salvo de todos.
Al oír mis palabras, la sombra reparó en mí por primera vez y me dijo:
-¡Tú no te metas en esto!
Entonces sentí que una fuerza invisible pero arrolladora me arrancaba del suelo y me arrojaba contra el tronco de un árbol. El golpe me dejó sin sentido y ya era de día cuando recobré la conciencia. El cadáver de Elena seguía allí, pero Ana y la sombra se habían desvanecido para siempre. Cuando llegué al pueblo, supe que quince de sus vecinos también habían desaparecido para siempre. Todos los desaparecidos habían llegado tarde a casa aquella noche, “porque habían estado haciendo algo en el campo”. Y luego simplemente se habían desvanecido sin dejar rastro, aunque la Guardia Civil supuso que habían desaparecido voluntariamente para eludir sus responsabilidades en los asesinatos de Elena y Ana Vázquez. Pero no.





