Cuando ejercía la medicina en un suburbio de Londres, allá por el año 1880, fui seducido por doña Ana, una dama costarricense tan hermosa como perversa. Mi amante era viuda y había venido a Inglaterra para poner en orden los bienes de su difunto marido, un tal sir Henry Champion. El carácter diabólico de Ana, lejos de arredrarme, aumentó, si cabe, mi dependencia emocional hacia ella. Solo para ponerme a prueba, me obligó a cometer toda clase de infamias, que hoy preferiría olvidar, aunque hay algo que nunca podré borrar de mi memoria: el extraño brillo que emitían los verdosos ojos de Ana mientras ella gozaba con mi degradación. En ocasiones también emitía gemidos de placer, vagamente semejantes a los ronroneos de un gato. Como curiosidad, apuntaré que Ana, tan cruel con los seres humanos, era muy cariñosa con los felinos y acariciaba con ternura, por no decir con sensualidad, a todos los gatos callejeros que se cruzaban en su camino.
Cuando mi amante consideró que ya le había dado suficientes pruebas de mi devoción, huimos juntos de Inglaterra, precisamente cuando Scotland Yard estaba empezando a interesarse por mí. Ella me llevó a su hacienda en Costa Rica y me presentó a sus empleados como su nuevo médico particular. Yo esperaba que formalizáramos nuestras relaciones cuando terminara la temporada de luto debida al difunto sir Henry, pero no fue así. Desde que habíamos llegado a la hacienda, Ana solo tenía ojos para su hijo Andrés, el único fruto de su primer matrimonio (con sir Henry, su segundo marido, no había tenido hijos, ni tampoco los tuvo conmigo). Andrés era un muchacho de doce años, de carácter apasionado y realmente enamorado de su madre. Conociendo el carácter diabólico de Ana y la adoración que Andrés sentía por ella, dudo mucho que su amor fuera del todo inocente. Aunque los demás empleados no veían (o no se atrevían a ver) nada extraño en su relación, para mí estaba claro que el pobre muchacho estaba destinado a ser mi sustituto en el lecho de aquella perversa criatura. Fuera como fuera, era evidente que Ana se había cansado de mí y que solo me mantenía a su lado porque, siendo Andrés un niño enfermizo, necesitaba un médico a su lado. Pronto empecé a sentir los efectos de la soledad, pues Ana me ignoraba, Andrés no me quería y mi desconocimiento del español solo me permitía conversar con uno de sus empleados: un capataz de origen norteamericano apellidado Wilson. Este hombre, antiguo capitán del ejército confederado, había abandonado su patria después de la Guerra Civil, por temor a las represalias de las autoridades federales. No era un hombre culto ni tenía una conversación particularmente interesante, pero llevaba muchos años en la hacienda y me suministró algunas informaciones interesantes sobre el pasado de Ana (a ella no le gustaba hablar del tema). Un día me contó lo siguiente:
-Doña Ana perdió a sus padres siendo muy pequeña y pasó casi toda su infancia bajo la tutela de doña Eduviges, su abuela paterna, que era una señora muy devota y estricta. Ni siquiera permitía que su nieta hablase con los hijos de los peones, pues consideraba que no eran una compañía adecuada para una señorita de su clase. Así pues, a falta de amigos íntimos, su infancia fue muy triste y desgraciada. Podía decirse que su única amiga era una hermosa gata negra, a la que llamaba Ligeia y hacia la cual sentía un enorme cariño, más del que podía sentir hacia cualquier persona. Pero una mañana la gata apareció muerta, para sorpresa y disgusto de Ana. La pobre niña ignoraba que los gatos viven menos tiempo que las personas, por lo que pensaba que Ligeia era tan joven como ella, cuando, en realidad, ya era una más que venerable anciana. Doña Eduviges ordenó enterrar el cadáver del gato y le dijo a su nieta que se olvidara de ella, pues, a fin de cuentas, “solo era un pobre animal sin alma”. Pero, por una vez, Ana desobedeció a su abuela. Aquella noche un criado salió al jardín para hacer sus necesidades y vio, bajo la luz de la luna, una escena realmente extraña e incluso siniestra. Ana estaba allí, completamente desnuda y con la boca manchada de sangre. Había desenterrado el cadáver de la gata y, tras agujerearlo con una navaja, había bebido toda su sangre. Al parecer, una bruja de la localidad le había sugerido aquel delirante ritual como un medio para que el espíritu de la gata entrara en su cuerpo, de modo que las dos pudieran estar juntas para siempre. No necesito decirle que doña Eduviges montó en cólera cuando supo lo sucedido. Como castigo, envió a su nieta a un internado de la capital y no tardó mucho en morir, según algunos a consecuencia de aquel inmenso disgusto.
La relación del capitán Wilson consiguió turbarme, pues, aunque pareciera una locura, no faltaban indicios de que había algo realmente felino en el espíritu de Ana, tan sensual y cruel como podría serlo una gata. Y no se trataba solo de su espíritu: yo no podía olvidar el brillo de sus ojos ni el leve ronroneo que se escapaba de sus labios en los momentos de placer. ¿Estaba realmente poseída por el espíritu de la gata? Mi mente racionalista no podía aceptar esa idea, pero sí una hipótesis alternativa, basada en mis conocimientos de psiquiatría. Era posible que Ana hubiera llegado a creerse realmente poseída, hasta el punto de que tanto su mente como su organismo se hubieran visto afectados por su obsesión. Era un caso francamente extraño, aunque yo había oído hablar de enfermos mentales que somatizaban su locura hasta extremos semejantes.
Pero lo que más me inquietó fue saber que los dos maridos de Ana, así como algunos de sus amigos más íntimos, habían muerto prematuramente y en circunstancias bastante extrañas. Empecé a pensar que Ana, cuya maldad yo conocía tan bien, había tenido algo que ver con sus muertes. Aparentemente, no solo tenía espíritu de gata, sino también de mantis religiosa. En tal caso, mi suerte estaría echada si no me iba de aquella maldita hacienda cuanto antes. En otros tiempos yo hubiera muerto gustoso en sus manos si ese hubiera sido su deseo, pero mi pasión se había debilitado a medida que ella había dejado de quererme. Sabía que siempre la recordaría y que siempre soñaría con ella por las noches… pero, para que existiera ese “siempre”, yo debía pensar en mi propia supervivencia.
Una noche abandoné aquella hacienda a toda prisa, montado en un caballo que había comprado con mi sueldo de médico particular.
Como no podía volver a Inglaterra, pues Scotland Yard me buscaba por mis crímenes, tomé un barco que me llevó a los Estados Unidos, donde pensaba dedicarme a la medicina bajo un nombre falso.
Recalé en Nueva York, donde usé mis ahorros para instalarme como médico. Aunque no podía olvidar a Ana, llevé durante algún tiempo una vida bastante apacible. Mi clientela era numerosa y selecta, de modo que pude ganar bastante dinero y mi fama se extendió en los mejores círculos de la ciudad. Quizás debería decir que se extendió demasiado, pues no tardé en sentir la turbadora proximidad de doña Ana. No la vi ni oí pronunciar su nombre, pero supe que una “hermosa dama vestida de negro” había preguntado por mí en varios puntos de la ciudad y una madrugada, mientras volvía a casa tras cenar con unos colegas, la brisa nocturna me trajo el inconfundible aroma de su perfume. Sin duda mi vida corría peligro, así que cerré la clínica y abandoné Nueva York para establecerme en Nueva Inglaterra, bajo un nombre distinto del que había empleado anteriormente. Pero poco después volví a oler su maldito perfume, mientras asistía a un concierto en el mejor teatro de Boston. Y entonces me sentí perdido, pues adivinaba perfectamente cuáles eran sus intenciones hacia mí. Era dudoso que quisiera recuperarme para su lecho, pero yo sabía demasiado sobre ella y le convenía silenciarme cuanto antes.
Como, por diversas razones, no podía solicitar el auxilio de las autoridades, decidí abandonar definitivamente la profesión médica y encerrarme en mi nueva casa con un revólver al alcance de la mano. Entonces fue cuando empecé a escribir la presente relación, con la esperanza de que arroje una luz póstuma sobre mi muerte o desaparición, en caso de que una u otra lleguen a producirse.
…
NOTA DE LAS AUTORIDADES: El presente documento apareció en el domicilio del doctor James Farrell, conocido en Boston bajo el falso nombre de Henry Brown, mientras la policía investigaba su repentina muerte. Nuestros expertos suponen que el difunto doctor Farrell estaba perturbado y que todo lo escrito en este documento es pura fantasía. Añaden que no pudo haber sido asesinado por una mujer, sino por un felino de gran tamaño (seguramente una pantera) que lo degolló con sus dientes.





