He narrado en el prefacio de esta historia cómo doña Ana de Mendoza, la bella y enigmática viuda de sir Henry Champion, consiguió seducirme (y corromperme) en menos de veinticuatro horas. Como se recordará, aquella extraña y diabólica mujer me ordenó hacerle daño a mi querida hermana Mary, solo para poner a prueba mi fidelidad. Y yo cumplí sus órdenes, sin muchos titubeos e incluso con cierto deleite, pues la devoradora pasión que me inspiraba había tenido tiempo de asfixiar todos mis principios morales. Aquella misma noche huimos juntos a Francia y, tras una breve excursión por la Normandía, nos establecimos bajo nombres supuestos en un lujoso hotel de París. Ana parecía contar con unos medios económicos prácticamente ilimitados, muy superiores a la fortuna que le había legado su difunto marido. Por otra parte, conocía perfectamente la lengua francesa y las costumbres parisinas, lo cual demostraba que ya había vivido allí anteriormente. Sin embargo, como conocía su aversión a hablar del pasado, me abstuve de interrogarla al respecto. Yo no quería molestarla y me sometía de buen grado a todos sus caprichos, pues me hallaba completamente hechizado por su hipnótica belleza. Por otra parte, dependía completamente de ella en el orden práctico de las cosas: si decidiera abandonarme, me vería completamente perdido en un país extranjero, cuyo idioma solo dominaba a medias y donde no tenía dinero propio ni amigos (volver a Inglaterra no era una opción viable, pues allí me esperaba la cárcel por lo que le había hecho a Mary). Tampoco me hacía ilusiones sobre sus sentimientos hacia mí, pues sabía que para ella yo no era más que un juguete. Por suerte, a Ana le gustaba mucho jugar.
En París conocimos a mucha gente importante, incluyendo al cuentista Guy de Maupassant y al pintor Gustave Moreau. Pero sobre todo hicimos amistad con el acaudalado barón Dessailly, que vivía en una mansión del extrarradio con su esposa Elise (una atractiva mujer mucho más joven que él) y con su hijo Robert, un apuesto muchacho de catorce o quince años. Aunque este llamaba “mamá” a Elise, seguramente no era su hijo carnal, pues la diferencia de edad entre ambos parecía demasiado escasa para ello. Compartimos frecuentes veladas con aquella aristocrática familia y pronto pude comprobar que Ana ejercía una singular influencia sobre el joven Robert. Este apenas había llegado a la adolescencia, pero, como buen latino, era más precoz y tenía la sangre más ardiente que cualquier muchacho inglés de su edad. Hablaba a menudo con mi compañera y, aunque sus temas de conversación eran bastante inocentes, pude observar que a menudo se intercambiaban billetes escritos, cuando los padres del muchacho estaban ausentes o distraídos. Al principio sentí el aguijón de los celos en mis entrañas, pero pronto comprendí que Ana solo intentaba seducir al muchacho para gastarle una “broma pesada”. Ella misma me reveló cuáles eran sus verdaderos planes hacia él y me encomendó la misión de seducir a su madre, la hermosa baronesa Desailly. Como su marido no era un hombre muy despierto, conseguí ganarme a su esposa delante de sus propias narices, aunque quizás no lo hubiera logrado sin los sabios consejos que me dio Ana.
Finalmente conseguí que Madame Elise me citara en su propia mansión un sábado por la tarde, mientras su marido estaba de caza con unos amigos. Y Ana también concertó una cita con el joven Robert para aquella misma tarde. Cuando llegó el día señalado, Elise pretextó una jaqueca para no asistir a la cacería, dio la tarde libre a toda la servidumbre de la casa y me esperó impaciente en el vestíbulo de la mansión. Ella pensaba que su hijo estaba de visita en casa de unos familiares, cuando en realidad se hallaba en las caballerizas, aguardando la llegada de Ana.
Aunque no pudimos verlo en persona, porque a aquella hora ya estábamos ambos muy lejos de París, Ana y yo sonreímos con placer al imaginarnos la cara que pondría el viejo barón Desailly, cuando volvió a su casa cargado de aves recién cazadas y se encontró con un inesperado espectáculo al entrar en su alcoba: su devota esposa y su amado hijo se hallaban juntos en la cama matrimonial, atados, amordazados y completamente desnudos. Tras secuestrarlos en su propia casa, los habíamos obligado a hacer el amor entre ellos bajo amenaza de muerte, solo por el placer de presenciar aquel forzado incesto. Luego los dejamos en la alcoba y abandonamos la mansión antes de que llegase su propietario (Ana se llevó las joyas de la baronesa, a la que le dijo “no soy una ladrona, Madame, pero debéis pagar un precio por los momentos de placer que os hemos regalado”). Cuando llegamos a Marsella varios días después, leímos en la prensa que el barón Desailly había desaparecido misteriosamente. Días después leímos que su cadáver había aparecido flotando en el Sena y que, a falta de otras pistas, la policía atribuía su muerte a los “apaches” de los bajos fondos, que sin duda lo habían matado para robarle las llaves de casa mientras volvía de su última cacería. Esa teoría explicaba que las joyas de la familia hubieran sido robadas la misma noche en la que desapareció el barón. Al leer la noticia, sonreí y le dije a Ana:
-Parece ser que Madame Desailly y el joven Robert eran, en el fondo, tan malvados como nosotros. No dudaron en asesinar a su marido y padre para mantener en secreto su deshonra. O quizás le tomaron gusto al incesto y desean seguir practicándolo sin molestas intromisiones.
Ana suspiró y dijo:
-¿Aún no lo has comprendido, James? Todo el mundo es malvado. Yo no corrompo a nadie, simplemente disfruto sacando a la luz lo que estaba oculto.
Aunque aquellas palabras no eran demasiado favorables para mí, hube de reconocer que Ana tenía razón.
...
Aunque era improbable que los Dessailly supervivientes se atrevieran a denunciarnos, decidimos que sería prudente alejarnos de Francia lo antes posible. Así pues, iniciamos un largo viaje alrededor del mundo, cuyo destino final era la hacienda de Ana en la lejana Costa Rica. Pero, como no nos corría ninguna prisa, en vez de tomar la ruta más corta a través del Atlántico, nos dirigimos en primer lugar hacia el Lejano Oriente, cumpliéndose así mi viejo sueño de visitar la India. Fue durante aquel largo viaje cuando comprendí que Ana no solo era una criatura perversa y fascinante, sino también singularmente extraña, allende mis más delirantes especulaciones.
Durante una breve escala en la isla de Ceilán, Ana me propuso visitar la jungla, para que me fuera acostumbrando al ambiente que me esperaba en Costa Rica. Acepté su propuesta, pero aquella excursión no me resultó placentera, pues tanto el calor como los mosquitos me atormentaban continuamente. En cambio, ella, que estaba acostumbrada al clima tropical, no se quejó en ningún momento, pese a que, según su costumbre, iba vestida de negro, aun sabiendo que hubiera sido mucho más cómodo llevar ropa blanca. Hasta se había rociado la piel con un exótico perfume, como si estuviéramos en un elegante salón parisino y no en medio de la jungla asiática.
De pronto, un enorme leopardo negro surgió de la espesura y se acercó a nosotros, con evidentes malas intenciones. Instintivamente, introduje la mano derecha en el bolsillo donde llevaba mi revólver, pero ella me contuvo con un gesto imperioso y esperó tranquilamente al felino. Cuando este olió el perfume de Ana, se detuvo en seco y permaneció inmóvil durante unos segundos, como si aquella extraña fragancia le hubiera arrebatado toda su agresividad. Ana, demostrando una rapidez y un valor envidiables, aprovechó aquel breve lapso de tiempo para atarle las patas y las mandíbulas al peligroso animal, convirtiéndolo así en nuestro indefenso prisionero. Ana advirtió que yo me había quedado pasmado y me dijo:
-Mi perfume me lo vendió una bruja india de mi país. No sé de qué está hecho, pero tiene el poder de hechizar a los felinos. Cuando vivía en Costa Rica, lo usaba a menudo para cazar gatos salvajes.
-¿Y para qué los cazabas? Tú nunca usas pieles.
Ella sonrió maliciosamente y me dijo en voz baja, como si alguien pudiera oírnos:
-Me gustan los gatos.
Dicho esto, se arrodilló junto al leopardo y, olvidándose de mí, empezó a acariciarle sensualmente el vientre y los genitales. Yo había oído hablar de personas que sentían atracción sexual hacia los animales, pero aquello me pareció demasiado enfermizo incluso para alguien como Ana. Sin embargo, lo que más me sorprendió es que, mientras acariciaba a la fiera, los ojos verdes de Ana brillaban en la penumbra de la selva como si ella también fuera un gato y, aunque puede que fueran imaginaciones mías, creí oír cómo un leve ronroneo de placer huía de sus labios.





