Hasta Siempre

Durante muchos años Daniel Hunter, un guerrero inmortal con sangre de vampiro, había luchado contra las fuerzas del Mal en distintos lugares del mundo, sin otro aliado que Mister Poe, un cuervo parlante en cuyo cuerpo vivía el alma del gran poeta estadounidense Edgar Allan Poe. Tras acabar con una terrible enemiga, Daniel decidió que su misión en este mundo había concluido y sintió un profundo deseo de descansar en paz. Guiado por este anhelo, partió hacia el palacio encantado donde vivía Hécate, la hechice

Durante muchos años Daniel Hunter, un guerrero inmortal con sangre de vampiro, había luchado contra las fuerzas del Mal en distintos lugares del mundo, sin otro aliado que Mister Poe, un cuervo parlante en cuyo cuerpo vivía el alma del gran poeta estadounidense Edgar Allan Poe. Tras acabar con una terrible enemiga, Daniel decidió que su misión en este mundo había concluido y sintió un profundo deseo de descansar en paz. Guiado por este anhelo, partió hacia el palacio encantado donde vivía Hécate, la hechicera inmortal que había creado a los vampiros, y le rogó que le permitiera acceder al descanso eterno, pese a que semejante gracia está generalmente vedada para los seres de las tinieblas. Hécate oyó los ruegos de Daniel y le prometió satisfacer su deseo a cambio de que matara a un viejo enemigo de la hechicera, el temible vampiro Sebek. Tras un breve combate, Daniel logró decapitar a Sebek y partió nuevamente hacia el palacio de la hechicera, llevando consigo la cabeza de su enemigo.

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Mientras tanto, Mister Poe, que se había quedado en el palacio de Hécate esperando a Daniel, se aburría soberanamente. Y, lo que era aún peor, allí pasaba mucha hambre. Como él también era un ser de la oscuridad, si salía de día el tórrido Sol del desierto egipcio podría hacerle daño. Y, si salía de noche, no encontraba nada que comer, pues los lagartos que vivían en los arenales se habían recogido en sus madrigueras. Por otra parte, Hécate no le daba conversación, pues además de ser demasiado orgullosa para hablar con un simple cuervo, por muy poeta que este hubiera sido en su vida pasada, se pasaba casi todo el tiempo realizando extraños experimentos alquímicos. Mister Poe aguantó un par de días, pero finalmente decidió bajar a las misteriosas galerías subterráneas del palacio, donde, si no entretenimiento, al menos encontraría un aire más fresco y algunas apetitosas arañas o culebras que llevarse al pico.

Pero lo que encontró en las galerías fue otra cosa: un monstruo antropoide que llevaba en sus brazos a una hermosa mujer atada y amordazada. Fuera quien fuera la cautiva, su captor pertenecía a la peligrosa raza de los sátiros (bestias semihumanas famosas por su brutalidad y, sobre todo, por su lujuria, que con frecuencia raptaban mujeres y hembras de animales para violarlas). Mister Poe siguió al sátiro hasta su guarida, situada en las profundidades de la tierra. Una vez allí, el monstruo depositó a la mujer sobre un montón de heno, le desgarró sin miramientos su fina túnica de seda azul y, tras arrancarle algunos jirones de ropa, empezó a manosearle sus blancos y esbeltos muslos con manos trémulas de lujuria. Mister Poe no sabía qué podía hacer para ayudarla, pero entonces se fijó en que ella no era la única prisionera del sátiro. Sobre el suelo de su guarida yacían una joven leona, una pantera y una loba, cuyas patas y mandíbulas estaban atadas con correas de cuero. Aprovechando que el sátiro estaba centrado en violar a la mujer, Mister Poe usó su pico y sus garras, que eran filosas como dagas, para desatar a las fieras y quitarles las mordazas. Una vez libres, estas, llenas de rabia, se arrojaron sobre el monstruo que las había capturado y, aunque este hubiera podido vencer fácilmente a una sola fiera, tres eran demasiadas para él, así que no tardó mucho en ser descuartizado. Mientras el sátiro era devorado, Mister Poe también cortó las cuerdas que sujetaban a la prisionera humana. Cuando esta tuvo las manos libres, se quitó la mordaza y le reveló cómo había caído en manos del sátiro.

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Ajeno a lo que sucedía bajo sus pies, Daniel llegó al palacio de Hécate con la cabeza de Sebek en un saco de cuero. Hécate vio con agrado los despojos de su antiguo enemigo y le dijo a Daniel:

-Tú has cumplido tu parte del trato, así que ahora yo cumpliré la mía. Bebe este brebaje y podrás descansar en paz. Pero antes despréndete de tu espada: ya no la necesitarás nunca más y es una descortesía ir armado en el hogar de tu anfitriona.

Dicho esto, Daniel, no sin cierta lástima, arrojó su vieja espada al suelo y tomó un cáliz rebosante de un jugo desconocido. Cuando ya estaba a punto de beber, se detuvo al acordarse de que no se había despedido de Mister Poe, pero Hécate lo apremió diciendo que, si no bebía pronto aquel brebaje, este perdería su poder y sería muy difícil reunir nuevamente sus ingredientes. Daniel le rogó a la hechicera que se despidiera en su nombre de Mister Poe y se llevó el borde del cáliz a los labios. Pero entonces un guepardo apareció de pronto y se arrojó a gran velocidad sobre la sorprendida Hécate. Daniel, instintivamente, dejó caer el cáliz y se llevó la mano a donde debería estar su espada, olvidando que la había tirado al suelo. Por ese motivo no pudo salvar a Hécate, que murió degollada por los dientes del guepardo. En aquel momento también hicieron su aparición Mister Poe y la dama a la que había rescatado del sátiro. El cuervo le dijo a su acompañante:

-Pensé que era demasiado tarde, pero me equivocaba. Os felicito, Alteza, por haber elegido como mascota al mamífero más rápido de la Tierra.

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Entonces el sorprendido Daniel supo por boca de Mister Poe toda la verdad: aquella dama a la que había rescatado era la verdadera Hécate, mientras que la mujer que le había ordenado matar a Sebek y le había ofrecido el cáliz solo era una impostora. Se trataba de una poderosa bruja, que había capturado a Hécate y la había encerrado en una cámara subterránea de su propio palacio. Gracias a su magia, la prisionera finalmente había conseguido huir de su encierro, pero mientras caminaba por las galerías había sido atrapada por el sátiro. En cuanto a la bruja, pretendía suplantar a Hécate y convertir a Daniel en un esclavo sin mente, eternamente sometido a sus órdenes. Tras ordenarle matar al temible Sebek para probar su valía como guerrero, tenía la intención de suministrarle un bebedizo que lo convertiría para siempre en un zombi, pero la rápida intervención del guepardo favorito de Hécate había frustrado sus planes y acabado con su vida.

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Tras las explicaciones de rigor, la verdadera Hécate se sentó en su trono, tras haber recuperado su aspecto arrogante (y haber arreglado su túnica). Le dijo a Daniel:

-No es necesario ningún brebaje para que accedas al reposo eterno si ese es tu deseo, Daniel Hunter. Tanto los dioses del Cielo como los del Infierno aceptan tu decisión, los primeros porque desean premiar tus buenas acciones... y los segundos porque te temen demasiado para querer verte en su reino. Hágase, pues, tu voluntad.

Hécate pronunció una extraña invocación y en medio de la sala se abrió una puerta de luz. Daniel, con su espada en la mano y Mister Poe posado sobre su hombro derecho, franqueó la puerta, tras darle las gracias a Hécate y rogarle que le entregara a su amiga Helene, la niña vampiro, un ramo de flores inmortales recogidas en el jardín de la hechicera. Mientras se encaminaban hacia el Cielo por una galería de fuego, Daniel le dijo al cuervo:

-Es curioso que Hécate no me haya pedido nada a cambio. Pues fue la impostora quien me ordenó matar a Sebek. En cambio ella...

-Bueno, seguro que tenía ganas de que nos fuéramos, aunque solo fuera para perderme de vista cuanto antes. Yo era el único ser que podría presumir de haberla visto indefensa y semidesnuda.

-¿Semidesnuda? ¿A la poderosa hechicera Hécate? ¿Y cuándo fue eso?

-Prefiero no responder. Vamos a entrar en el Cielo y no es el mejor momento para sugerirte pensamientos impuros.

Pero Daniel había dejado de escuchar al cuervo. Delante de él estaba el espíritu de su querida madre, que había abierto sus brazos etéreos para fundirse con él en un abrazo definitivo. Daniel había sonreído pocas veces a lo largo de su larga y sangrienta vida, pero aquella hermosa visión grabó en su rostro una sonrisa para toda la eternidad.

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