Daniel Hunter

NOMBRE Y CURSO:  -Escribe y clasifica cinco oraciones con un SE (no puede haber más de dos que sean del mismo tipo), 1 punto:         -Escribe cinco oraciones atributivas, señalando siempre el atributo (1 punto):        -Analiza estas oraciones (5 puntos):  El amigo de Carlos era un hombre alto de ojos azules. Jaime me devolvió mi goma tras la bronca de la profesora. Ella se maquillaba todas las mañanas delante de su espejo. Yo estaba contento antes de mi primer suspenso. En esta ciudad a veces se ven cosas

Durante mucho tiempo Daniel Hunter, el guerrero inmortal con sangre de vampiro, había vagado por el mundo luchando contra toda clase de seres oscuros, sin más compañía que la de un peculiar cuervo parlante que se llamaba Mister Poe (y que era, de hecho, la reencarnación del gran escritor norteamericano). Pero, tras haber destruido a Lilith, la princesa de los demonios, se vio sumido en una profunda melancolía, al sentir que su misión en este mundo había terminado. Ciertamente aún quedaban seres malignos en el mundo, pero en general no suponían una gran amenaza para la Humanidad y, en el peor de los casos, siempre podrían ser neutralizados por otros cazadores de monstruos, como el famoso agente del FBI John Martins. Por su parte, Daniel solo deseaba morir para poder descansar en paz al lado de su madre, la única persona a la que había amado verdaderamente durante su larga vida. Pero mientras tuviera sangre de vampiro solo podría vagar eternamente por el mundo... o vagar eternamente por el Infierno, si alguien conseguía destruirlo. ¿Y quién podía asegurar que su creciente sed de sangre no acabaría convirtiéndolo en un monstruo como aquellos a los que había combatido? Tras largas y sombrías meditaciones, Daniel tomó la decisión de buscar a la hechicera Hécate, creadora de los vampiros, para solicitarle la anulación de su naturaleza vampírica y el acceso al reposo eterno. Así pues, viajó al lejano Egipto, donde Hécate residía desde hacía miles de años, recluida en la augusta soledad de su palacio encantado. En realidad, él no sabía mucho de ella. Había oído hablar de su belleza inmarcesible y de su carácter caprichoso, tan pronto generoso como despótico, pero hasta que la vio no pudo comprobar la veracidad de ambos rumores: Hécate era tan hermosa y altanera como todas las hechiceras antiguas, aunque su arrogancia no le impidió recibir con cierta amabilidad a Daniel. Tras escucharlo, le dijo con voz solemne:

-Comprendo tus razones, pero no puedo satisfacer tu deseo gratuitamente. Si en verdad anhelas el descanso eterno, primero habrás de traerme la cabeza de mi peor enemigo.

Daniel no necesitó más palabras para comprender que Hécate se refería a Sebek, un vampiro rebelde que llevaba siglos amenazando su primacía sobre los seres de la noche. Hasta entonces nadie había logrado vencerlo, pues Sebek contaba con una importante ventaja sobre el resto de los vampiros: poseía una armadura mágica que lo protegía completamente de los rayos solares y así era tan poderoso de día como de noche. Otros vampiros, como el propio Daniel, se protegían parcialmente del Sol con una capa negra y un sombrero de ala ancha, pero esa era una protección bastante precaria, de modo que durante el día se debilitaban enormemente. Con todo, Daniel aceptó la misión. Le dedicó una gentil reverencia a Hécate y se despidió de ella con estas palabras:

-Iré en busca de Sebek, Alteza. Tanto si vivo como si muero, esta será mi última misión en este mundo.

Dicho esto, Daniel se dirigió al desierto completamente solo. Muy en contra de su voluntad, Mister Poe tuvo que quedarse en el palacio de Hécate, pues, al igual que Daniel, era muy sensible a la luz solar y, al contrario que él, no podía protegerse de sus rayos con una capa negra.

Mientras tanto, Sebek aguardaba a su nuevo enemigo en las tinieblas de su castillo subterráneo, oculto bajo las montañas del Sinaí. Sus espías lo habían informado de la llegada de Daniel a Egipto y de su visita al palacio de Hécate, así que presentía la inminencia de un combate a muerte contra el cazador de monstruos. Sabiendo que Daniel era un temible adversario, había dispuesto en las galerías de su castillo toda clase de trampas, desde huecos en la pared que disparaban dardos de plata hasta fosos llenos de lava. Esperaba que Daniel llegara de noche, cuando los vampiros son más fuertes, pero lo cierto es que no atacó aquella noche ni tampoco a la siguiente. Sebek se temió que hubiera alguna estrategia tras aquella inexplicable tardanza. Pensó:

-Quizás me está desafiando para que sea yo quien lo ataque a él. Pero no abandonaré la seguridad de mi castillo ni caeré en su trampa. Si realmente quiere mi cabeza, tendrá que venir aquí a buscarla. Y lo único que encontrará será su propia muerte.

Así pues, Sebek tomó la determinación de no abandonar su castillo bajo ningún concepto, pero a la mañana siguiente supo que Daniel se estaba acercando bajo la luz del día. Curiosamente, en vez de entrar en el castillo, se limitaba a dar vueltas alrededor, como si estuviera esperando la salida de Sebek. Aquello, más que un desafío, era un verdadero insulto. Un vampiro que apenas podía moverse bajo el tórrido Sol del desierto osaba acercarse a su guarida, como si tuviera alguna posibilidad contra él en pleno día. Sebek, furioso, se dijo:

-Si no aprovecho la ventaja que me otorga mi armadura para matarlo ahora mismo, pasaré por cobarde y, aunque consiga acabar con Hécate, ningún vampiro querrá acatar mi autoridad. Ignoro en qué está pensando ese imbécil, pero debo ir por él mientras esté tan débil.

Sebek se puso su armadura y tomó una poderosa hacha con la que pensaba decapitar a Daniel. Pero este no manifestó ningún temor cuando vio cómo su adversario emergía de las entrañas de la tierra, completamente armado y en pleno estado de forma, mientras que él se hallaba al borde de la extenuación. Se limitó a mirarlo fríamente y a decir:

-Sabía que acabarías saliendo. Y lo has hecho precisamente cuando convenía a mis planes.

Sebek se acercó a él y se preparó para matar a Daniel de un hachazo, pero entonces vio, sorprendido, que la luz solar se había debilitado bruscamente, pese a que acababa de amanecer y segundos antes el cielo estaba completamente despejado. Miró hacia el firmamento en busca de la causa de aquella súbita oscuridad y vio que el cielo se había vuelto negro por culpa de un inmenso enjambre de langostas, que, como una maldición bíblica, había llegado a formar una nube demasiado densa para ser traspasada por los rayos solares. Sebek, atemorizado, comprendió que Daniel había estado esperando aquel momento e intentó volver a su castillo, pero su perseguidor, fortalecido por la ausencia de luz, le cortó la retirada y lo atacó con su espada. Sebek confiaba tanto en sus armas defensivas que había descuidado el arte de la lucha, así que no pudo contrarrestar la acometida de Daniel, quien le cortó limpiamente la cabeza antes de que las langostas se dispersaran.

Tras matar a Sebek, el cazador introdujo su cabeza sangrante en una bolsa de cuero y emprendió el camino hacia el palacio de Hécate. No sentía especiales remordimientos por haber empleado una estratagema para vencer a Sebek, pues este también hubiera usado trampas de haber tenido la oportunidad. En cambio, sí sentía era la vaga impresión de que algo no iba bien. Y, aunque ignoraba el motivo de semejante impresión, no se equivocaba en absoluto.

Pero esa es otra historia que será contada después.

 

 

 

 

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