Esto sucedió cuando yo era una niña de trece años (mis amigas, cuando recuerdan aquella época, suelen referirse a sí mismas como “adolescentes”, pero yo era pequeña para mi edad y aún no tenía “curvas”).
Sería largo y complicado contar cómo conocí a Karen, además de que ese no es exactamente el tema de esta historia. Pero quiero hablar un poco de ella, aunque solo sea para recordarla. Fue una casualidad que nos conociéramos, pues no íbamos a la misma clase ni vivíamos en el mismo barrio. Nos vimos por primera vez en el grupo de teatro del instituto, porque entonces teníamos que ensayar juntas la misma escena. Aunque ella era dos años mayor que yo, pronto nos hicimos buenas amigas (y casi amantes, pese a que a las dos nos gustaban los chicos). Quedábamos siempre que podíamos y una vez hasta nos besamos en la boca, aunque en teoría solo fue para “ensayar”, porque yo nunca lo había hecho antes y ella, que ya había salido con chicos, se ofreció a “enseñarme”.
Por Reyes le regalé un colgante de plata con forma de mariposa. A Karen le gustaba tanto que no se lo quitaba nunca, ni siquiera cuando salía a correr los sábados por la mañana (quería estudiar Arte Dramático cuando acabara el bachillerato y para eso tenía que mantenerse en forma). Un sábado de primavera salió como de costumbre, pero aquel día ya no volvió a casa. De hecho, ya no volvería nunca más. Un mensaje de una amiga común me reveló que habían encontrado su cadáver en un campo de las afueras. Fui corriendo y llegué antes de que se la llevaran, pero no pude verle la cara, pues la habían cubierto con una especie de manta y la policía no me dejó acercarme. No pude ver si aún tenía la mariposa que le había regalado. Lo que sí vi fue una mariposa de verdad, con alas negras como la noche, que revoloteaba sobre su cuerpo.
La policía no pudo encontrar al asesino y, tras varios meses, la gente empezó a olvidarse del caso. Pero yo no podía dejar de pensar en ella y a menudo volvía a ver a la mariposa oscura, incluso cuando estaba dentro de mi cuarto y con las ventanas cerradas. Una vez se la señalé a mi hermano mayor, pero él dijo que no veía ninguna mariposa. Otra vez intenté atraparla, pero, aunque se me daba bastante bien capturar insectos, se me escurrió como si estuviera hecha de aire.
Con el paso del tiempo, dejé de pensar tanto en Karen y también de ver a la mariposa, pero incluso sin verla sentía que ella seguía cerca de mí.
Aquí es donde empieza verdaderamente mi historia: una tarde de octubre, Bego, la profesora que llevaba el grupo de teatro, nos preguntó si queríamos ir con ella a cierta casa abandonada, que se hallaba en medio del páramo y tenía un aspecto realmente siniestro. Por Halloween íbamos a representar una historia de fantasmas y la idea era tomar fotos de aquella casa tan lúgubre. Luego las proyectaríamos durante la representación y así nos ahorraríamos el decorado. Finalmente fuimos Bego, una chica de bachillerato llamada Deyanira y yo. Pero, como estábamos algo perdidas, nos acercamos a una granja para preguntar el camino hacia la casa abandonada. Junto a la puerta estaba un hombre alto y fuerte, que cortaba leña con un hacha. No parecía muy simpático, pero nos acogió bien y, mientras la profesora le hacía las preguntas, nosotras aprovechamos el alto para revisar nuestras redes sociales. Pero la mariposa negra apareció de pronto, se posó durante un instante sobre la pantalla de mi móvil y luego se fue volando hasta detenerse sobre el hombro del granjero, que en ningún momento pareció consciente de su presencia. La mariposa movía lentamente sus alas negras, como si aquella fuera su forma de comunicarme algo... un mensaje terrible que en realidad ya había comprendido, aunque me diera miedo reconocerlo. Entonces lo vi todo en mi mente, tan claramente como si estuviera sucediendo en aquel mismo momento delante de mí. Si hubiera sido más lista, me habría callado y luego, cuando estuviéramos lejos de allí, quizás le hubiera dicho algo a la profesora. Pero estaba demasiado nerviosa para ser prudente y no pude contenerme. Me encaré con el granjero y le grité como una loca:
-¡Tú mataste a Karen! ¡La violaste y luego la estrangulaste!
El asesino tampoco fue prudente. Le hubiera sido fácil negar mi acusación, que era completamente indemostrable, pero pensó que yo era una testigo peligrosa y perdió los nervios. Agarró una escopeta de caza que había en el suelo y nos amenazó a las tres con disparar si no hacíamos lo que él nos ordenase. Bego y Deyanira no entendían nada, pero no tuvieron otra opción que someterse, al igual que yo. El asesino se aseguró de que no había nadie por los alrededores, luego nos hizo entrar en un establo, tomó unas cuerdas y nos maniató una por una. Sabiéndose dueño de la situación, se había relajado bastante, aunque eso no lo hacía menos peligroso. Luego nos tapó los labios con cinta y nos obligó a ir con él por una senda forestal que llevaba al río, donde seguramente pensaba hacernos desaparecer para siempre. Las tres estábamos aterrorizadas y Deyanira, que era una chica bastante nerviosa, se hallaba al borde de un ataque de ansiedad. Yo, por mi parte, me sentía tan mal que las lágrimas me caían por las mejillas: no solo sentía mucho miedo, sino también remordimientos de conciencia, dado que, en cierto modo, yo, con mi imprudencia, era la principal culpable de nuestra situación.
Pero entonces vi de nuevo a la mariposa negra, que se posó sobre una de mis mejillas, como si quisiera tranquilizarme con un beso.
Y después apareció él.
Era un lobo enorme, que emergió súbitamente de la maleza y se abalanzó sobre el secuestrador, en un ataque fulminante más propio de un felino que de un cánido. El hombre, que había perdido su escopeta, y la bestia rodaron sobre el suelo fangoso, inmersos en una lucha a muerte, que realmente solo podía tener un vencedor. Al lobo no le costó demasiado destrozar al asesino con sus dientes, aunque este, antes de morir, lo hirió en una de sus patas delanteras con un cuchillo. Hecho esto, la bestia no se ensañó con el cadáver ni tampoco nos hizo daño a nosotras. Simplemente desapareció entre los arbustos tan rápidamente como había aparecido, dejándonos paralizadas de puro terror, aunque completamente ilesas.
Cuando pude reaccionar, conseguí desatarme (ventaja de tener los brazos delgados) y luego liberé a las demás. Una vez libre, Bego me pidió que fuera en busca de ayuda, mientras ella atendía a Deyanira, que había sufrido un desmayo. Siguiendo sus indicaciones, me fui corriendo hacia donde pensábamos que estaba la carretera, pero me perdí y no hice otra cosa que deambular por el monte, hasta que resbalé en un terraplén y fui a parar al río. La corriente era fuerte en aquella época del año, de modo que, aunque soy buena nadadora, no pude luchar contra ella. Sin duda me hubiera estrellado contra unas rocas, de no ser por la aparición de un joven desconocido, que me agarró por un brazo y me sacó del agua en el momento crítico. Iba a darle las gracias cuando vi de nuevo a la mariposa oscura, que se posó sobre el hombro de mi salvador y luego, tras agitar sus alas por última vez, se desvaneció sin dejar rastro. Y entonces advertí, con una mezcla de sorpresa y terror, que aquel desconocido tenía un brazo manchado de sangre. Antes de que yo pudiera decir nada, él sonrió y me dijo:
-Sí, os he salvado la vida. Creo que no es mucho pedir un poco de discreción a cambio, ¿verdad?
Yo apenas entendía lo que me estaba diciendo. Una vez más, fue incapaz de contenerme:
-Tú... ¡eres un hombre lobo!
Él puso cara triste y murmuró:
-No, un hombre lobo es un hombre que se convierte en lobo. Yo soy todo lo contrario: un lobo que a veces se convierte en hombre.
-¿Por qué nos ayudaste?
-Me lo pidió tu amiga, la mariposa oscura. Me temo que ya no volverás a verla más, pero a mí quizás sí me veas de nuevo, pues en este lugar se oculta mucha maldad y puede ser que volváis a necesitar mis servicios. Si es así, recuerda que debes ser discreta. Aunque, a fin de cuentas, ¿quién iba a creerte?
Dicho esto, desapareció entre las sombras del bosque. Creo que fue entonces cuando dejé de ser una niña.
esto, desapareció entre las sombras del bosque. Creo que fue entonces cuando dejé de ser una niña.





