Emboscada

A principios del siglo XXI una muchacha llamada Amanda Martins resucitó involuntariamente al temible vampiro Etienne Denfer al regar las cenizas del monstruo con su propia sangre. Sin embargo, al revivir a Denfer Amanda obtuvo autoridad sobre él, convirtiéndolo en su protector y en el de todos sus descendientes. Pasaron varias generaciones sin que se hiciera necesaria la intervención del vampiro, hasta que tuvo que rescatar a Carla, bisnieta de Amanda, cuando iba a ser agredida por una banda de matones. Tra

A principios del siglo XXI una muchacha llamada Amanda Martins resucitó involuntariamente al temible vampiro Etienne Denfer al regar las cenizas del monstruo con su propia sangre. Sin embargo, al revivir a Denfer Amanda obtuvo autoridad sobre él, convirtiéndolo en su protector y en el de todos sus descendientes. Pasaron varias generaciones sin que se hiciera necesaria la intervención del vampiro, hasta que tuvo que rescatar a Carla, bisnieta de Amanda, cuando iba a ser agredida por una banda de matones. Tras eliminar a los asaltantes, Denfer desapareció entre las sombras tan súbitamente como había aparecido, dejando a Carla, que desconocía por completo su existencia, sumida en una absoluta confusión.

Varios días después, la muchacha seguía llena de dudas sobre lo que había sucedido aquella noche e intentaba convencerse a sí misma de que todo había sido un mal sueño. Por otra parte, en aquel mundo apocalíptico apenas había tiempo para pensar en los sueños. De día la búsqueda de alimentos ocupaba todos sus esfuerzos y por las noches le tocaba cuidar a los niños huérfanos, muy numerosos en el campamento de refugiados donde vivía. Una tarde, cuando volvió al campamento tras pasar el día registrando los alrededores en busca de alimentos aprovechables, Carla se encontró con que John, uno de los niños mayores, estaba llorando desconsolado. Ella le preguntó el motivo y John le respondió entre lágrimas que no encontraba a su hermanita.

Se acercaba el anochecer y era necesario encontrar a la niña lo antes posible, así que Carla le pidió a John que la llevara al lugar donde la había visto por última vez. Así fue como llegaron a unas ruinas algo alejadas del campamento. Carla no comprendía por qué la pequeña se había acercado a un lugar generalmente evitado por los niños, pues estaba lleno de ratas y perros vagabundos, y John, que no dejaba de llorar, no acababa de darle explicaciones concretas. Entonces unos hombres extraños que los esperaban ocultos entre los escombros agarraron a Carla, le taparon la boca y se la llevaron al interior del edificio mejor conservado. John, que ya no lloraba, le dijo al cabecilla de aquellos individuos:

-Señor, ya tiene a la chica. Ahora debe cumplir su promesa y regalarme una pistola a cambio.

-Me temo que tendrás que conformarte con una bala, chaval.

Dicho esto, aquel sujeto sacó un revólver del bolsillo y le voló la tapa de los sesos a John.

Los secuestradores de Carla eran miembros de la misma banda que había intentado violarla varios días antes. Las últimas palabras de un moribundo les habían revelado lo que había sucedido aquella noche y, como estaban decididos a vengarse, habían raptado a Carla con el único propósito de usarla como cebo para atraer a su verdadero objetivo, es decir, el vampiro que había acabado con sus camaradas.

Mientras anochecía, prepararon concienzudamente la emboscada. Ataron a Carla a una columna, la amordazaron para que no pudiera advertir a Denfer del peligro que se cernía sobre él y colocaron a sus pies una bomba de relojería, preparada para estallar a las doce de la noche. Por su parte, los miembros de la banda tomaron posiciones alrededor de la muchacha, equipados con armas tan potentes que podían resultar letales incluso para un vampiro.

Por lo que sabían, Denfer tendría que aparecer antes de la hora designada para el estallido de la bomba, pues tenía la obligación de proteger la vida de Carla, como descendiente que era de Amanda Martins. Tras una tensa espera, la puerta del edificio se vino abajo cuando los relojes marcaban las once menos cuarto. Un hombre alto y pálido, de vestiduras negras y ojos refulgentes, penetró en el interior y se acercó a Carla, que intentó en vano advertirlo de que estaba a punto de caer en una emboscada. Los secuestradores salieron de sus escondrijos y dispararon todos a una, haciendo que el recién llegado cayera al suelo con sus ropas ensangrentadas. Tras rematarlo para evitar una posible resurrección, el líder de la banda les dijo a sus secuaces:

-Creo que este monstruo ya está muerto y, si no, la bomba acabará con él. Ya falta poco para que explote, así que debemos irnos de aquí cuanto antes.

-¿Y la chica?

-La dejaremos aquí. Ella también es culpable de que murieran nuestros amigos, así que le toca reventar junto con su protector.

Si algún miembro de la banda tuvo sus reservas ante una decisión tan cruel, prefirió callárselas, así que todos los criminales abandonaron el edificio, dejando a Carla sola con el cadáver de Denfer… y con una bomba a punto de explotar. Pero Carla, aunque asustada, no se resignó a su suerte ni se dejó llevar por el pánico. Desde que era muy pequeña había tenido que meter el brazo en toda clase de grietas y agujeros para recoger la comida que pudiera encontrar, lo cual le había dado una agilidad manual realmente envidiable. Mientras estuvo vigilada por sus captores, no había podido intentar nada, pero cuando se quedó sola hizo todo lo posible para liberarse de las cuerdas que la ataban a la columna. Fue un trabajo duro, que le dejó ambos antebrazos llenos de arañazos y desolladuras, pero finalmente consiguió soltarse, cuando faltaba menos de un minuto para la hora fatal.  No teniendo tiempo ni conocimientos para desactivar la bomba, Carla decidió huir de allí, llevándose a rastras el cadáver de Denfer, pues, tratándose de un vampiro, ella aún conservaba alguna pequeña esperanza de que siguiera vivo. Pocos segundos después de su apresurada salida del edificio, la bomba estalló y el resplandor de la explosión le descubrió a Carla algo que hasta entonces se le había pasado desapercibido: ella solo había visto a Denfer en una ocasión y en un lugar oscuro, pero sus rasgos se le habían quedado grabados a fuego en la memoria. Y el hombre que yacía a sus pies podía ser un vampiro, pero desde luego no era Etienne Denfer.

Mientras tanto, los miembros de la banda circulaban por una de las oscuras calles de aquella ciudad muerta en un vehículo blindado, único medio de transporte seguro a aquellas horas de la noche. Las pocas personas que aún vivían allí generalmente evitaban abandonar sus refugios después del anochecer, por lo que al conductor le extrañó ver a un transeúnte plantado en medio de la calzada, como si deseara ser atropellado.

-¿Qué coño está haciendo ahí ese imbécil? ¿Está loco o qué?

El jefe de la banda ni siquiera miró de quién se trataba y se limitó a decir:

-¿Qué más da? Atropéllalo y punto.

El conductor, obediente, aceleró, pero, cuando aquel vehículo iba a pasar por encima de aquel extraño individuo, este se transformó súbitamente en una horda de grandes murciélagos, que rompieron con toda facilidad el grueso parabrisas a prueba de balas. Mordieron salvajemente a los criminales, que ni siquiera tuvieron tiempo de tomar sus armas. El conductor, gravemente herido, perdió el control del coche, que se estampó contra una pared en una colisión brutal y poco después explotó. Así murieron quemados todos sus ocupantes, salvo aquellos extraños murciélagos, que abandonaron el vehículo siniestrado totalmente ilesos y emprendieron un rápido vuelo hacia el incendio provocado por la bomba.

Una vez allí, retomaron la forma del hombre misterioso, que, en realidad, hacía siglos que había dejado de ser un hombre propiamente dicho, pues se trataba del verdadero Etienne Denfer, el vampiro inmortal. Carla, que seguía  allí, le dijo cuando lo vio:

-¿Quién era este hombre… o lo que fuera?

Denfer miró con desdén el cadáver al que se refería la muchacha y dijo con indiferencia:

-Un fiambre del cementerio al que convertí en zombi, para que acudiera en mi lugar a la emboscada que esos imbéciles me habían preparado. Así les hice creer que me habían matado, lo cual me facilitó matarlos a ellos.

-Pero… ¿entonces sabía que todo esto era una trampa para usted?

-Era fácil suponerlo. En otro caso, no te hubieran mantenido con vida (y virgen) tanto tiempo.

-¡Pero usted dijo que me protegería! Y esta noche me abandonó a mi suerte. Si no llego a soltarme yo misma…

Denfer interrumpió a Carla con una mirada imperiosa y le dijo:

-¡Mi única misión es proteger tu vida, no ahorrarte molestias! Sabía que podías soltarte tú solita si alguien alejaba a tus secuestradores. Así que yo hice una cosa, para que tú pudieras hacer la otra.

Carla quiso decir algo, pero Denfer se transformó nuevamente en una bandada de murciélagos y desapareció en la noche.

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