Eternos Aliados

e ahora yo también poseo la inmortalidad de los vampiros, así que tendrás que aguantarme para siempre.

Las puertas del Infierno se han abierto y criaturas que solo deberían existir en las pesadillas surgen de las tinieblas para atormentar a la raza humana. El único que puede vencerlas es un hombre solitario por cuyas venas fluye sangre de vampiro, cuya única arma es una espada y cuyo único amigo es un peculiar cuervo parlante, reencarnación del poeta Edgar Allan Poe. Nadie sabe quién es realmente ese hombre, pero los pocos que conocen su existencia lo llaman Daniel Hunter.

Aquella tibia mañana de agosto numerosos bañistas disfrutaban del sol y del mar en una pequeña pero hermosa playa de Nueva Inglaterra. Ocasionalmente alguien creía distinguir una silueta oscura sobre las rocas que se alzaban cerca de la playa, pero una segunda ojeada no podía localizar a esa misteriosa sombra, como si esta se hubiera desvanecido en la nada.

Tras ocultarse en una pequeña caverna para huir de miradas indiscretas, Daniel aguardó en silencio al formidable enemigo que, según su sexto sentido, se estaba acercando a la costa. Mientras picoteaba los moluscos adheridos a las rocas, Mister Poe le dijo:

-Haces bien en esconderte. No te conviene llamar la atención y, francamente… ni siquiera a mí se me hubiera ocurrido algo tan extraño como un hombre paseando por la playa con una capa negra.

Daniel rompió su silencio y dijo:

-Debo reconocer que es un atuendo bastante extraño, pero lo necesito para proteger mi cuerpo de los rayos solares.

-Claro, ahora eres más vampiro que nunca, desde que la dulce señorita Helene, tu amiguita de doce años, te dejó beber su sangre para que pudieras vencer al Dios Oscuro.

-Primero, Helene ya no tiene doce años, lo que pasa es que es un vampiro, por lo cual su cuerpo no envejece. Y segundo, no es mi amiga, solo una aliada ocasional.

-¿Y entonces por qué te brillan los ojos siempre que te hablo de ella?

- “Desde el tiempo de mi niñez, no he sido como otros eran, no he visto como otros veían, no pude sacar mis pasiones desde una común primavera…”

-¿Y por qué te pones ahora a recitar unos versos que escribí en mi vida anterior?

-Porque necesito recordar lo mucho que me gustaban sus poemas cuando era niño… para olvidar que me han entrado ganas de retorcerle el pescuezo.

La súbita aparición del enemigo cortó de golpe aquella peculiar conversación. Del mar surgió un monstruo colosal, distinto de todo lo que los aterrorizados bañistas hubieran visto antes, salvo quizás en sus más horrendas pesadillas. En cambio, Daniel ya había luchado anteriormente con criaturas semejantes, aunque nunca hasta entonces se había enfrentado a una tan grande. Las personas que estaban en la playa intentaron huir o pedir ayuda con sus teléfonos móviles, pero las numerosas bocas del monstruo vomitaron una sustancia filamentosa semejante a la que forma las telarañas, con la cual consiguió inmovilizar y silenciar a toda aquella gente. Tras atrapar a sus víctimas, la criatura se preparó para devorarlas una por una, no sin antes examinarlas atentamente, para seleccionar a las más apetitosas y empezar por ellas. Daniel aprovechó que el monstruo estaba distraído estudiando a sus presas para atacarlo antes de que matara a nadie. Se arrojó sobre él desde lo alto del acantilado y cayó sobre su espalda, donde no podría alcanzarlo con sus tentáculos ni con sus telarañas. La bestia, asustada, se agitó salvajemente, en un desesperado intento de librarse de su enemigo, pero Daniel se mantuvo firme y se preparó para clavar su espada en la nuca del monstruo, que era uno de sus pocos puntos vulnerables. Pero quiso la mala suerte que en ese preciso momento un barco patrullero de la Guardia Costera le disparara un cañonazo al monstruo. El impacto apenas le causó daños al objetivo, pero la onda expansiva hizo que Daniel perdiera el equilibrio y cayera al suelo sin sentido. Para colmo de males, había perdido su sombrero y su ropa estaba desgarrada por todas partes, de modo que los rayos solares caían de lleno sobre su cuerpo, debilitándolo e impidiendo que pudiera recobrar el conocimiento. Su única fortuna fue que el monstruo, dándolo por muerto, se olvidara de él y volviera al mar para destruir el barco que había osado atacarlo. Mientras el buque se hundía aplastado por los tentáculos de la criatura, Mister Poe se posó sobre el pálido rostro de Daniel y lo llamó varias veces para despertarlo, pero fue inútil. Viendo que el monstruo estaba volviendo a la playa a toda prisa, el cuervo le dijo a Daniel unas palabras que este no podía oír:

-Lamento mucho lo que voy a hacerte, Daniel, pero es por una buena causa.

Dicho esto, Mister Poe hundió su poderoso pico en el cuello de Daniel, hasta que la sangre del cazador empezó a fluir y penetró en la boca del cuervo, que la bebió con avidez.

Tras beber la sangre de Daniel, Mister Poe sintió que el poder del vampiro se extendía por sus propias venas. Pero toda aquella energía no le serviría de nada mientras estuviera expuesto a la luz solar. Así que esperó a que el monstruo llegara a tierra y abriera una de sus gigantescas bocas para devorar a una indefensa muchacha, la cual no podía hacer otra cosa que gemir y llorar aterrorizada, mientras aquellos gigantescos tentáculos la aproximaban, lenta pero inexorablemente, a una muerte segura. Pero Mister Poe aprovechó la oportunidad para caer en picado sobre el monstruo, entrar rápidamente por su boca abierta y seguir hasta sus entrañas. Los jugos gástricos de la criatura, que eran terriblemente corrosivos, hubieran quemado a cualquier ser vivo ordinario, pero Mister Poe logró resistirlos, pues mientras estuviera dentro del monstruo no podían alcanzarlo los rayos solares. Tal como él mismo había calculado, en aquella oscuridad el poder transmitido por la sangre de Daniel tenía suficiente fuerza para protegerlo de aquellos ácidos abrasadores, así que nada le impidió clavar su pico en el corazón del monstruo. Este, sintiendo el dolor, bramó enfurecido, dejó caer al suelo a la chica que estaba a punto de devorar y, tras retorcerse como un pez sacado del agua, cayó muerto sobre la playa. Durante sus estremecimientos de agonía, el coloso había levantado tal polvareda que por un momento oscureció los rayos del sol, gracias a lo cual Daniel consiguió recuperarse. Se levantó rápidamente, aún bastante débil, pero completamente curado de todas sus heridas, incluso de la que le había infligido el pico de Mister Poe. Este, que había salido al exterior tras atravesar el cadáver del monstruo, se posó sobre el hombro de Daniel, quien, al ver que el cuervo tenía el pico ensangrentado, adivinó todo lo que había hecho y le dijo:

-Debo felicitarlo, Mister Poe. En esta ocasión ha sido usted, y no yo, quien ha salvado a la Humanidad.

El cuervo respondió:

-Bueno, de no ser por tu sangre yo jamás hubiera conseguido matar a esa cosa, así que en parte el mérito es tuyo. Supongo que ahora yo también poseo la inmortalidad de los vampiros, así que tendrás que aguantarme para siempre.

Daniel, aparentemente serio, asintió y le dijo:

-En efecto. Y, dado que ahora es inmortal, ya no tendré reparos en retorcerle el pescuezo siempre que me moleste. Eso no lo matará, pero le dolerá bastante.

Mister Poe se tomó a broma aquellas palabras. Pero lo cierto es que, por si acaso, no volvió a mencionar a Helene.

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