El Defensor

EL DEFENSOR (cuento fantástico): En un futuro lejano el mundo se halla hundido en una hecatombe social sin precedentes. Una prolongada serie de catástrofes naturales ha sumido en el caos a todas las naciones de la Tierra, pero la mayor amenaza a la que se enfrentan los seres humanos no es una Naturaleza hostil, sino ellos mismos: numerosas bandas de asesinos y saqueadores aprovechan el vacío de poder para arrasar las ciudades e imponer su ley a los más débiles. ... Carla una niña huérfana, que sobrevivía pr

En un futuro lejano el mundo se halla hundido en una hecatombe social sin precedentes. Una prolongada serie de catástrofes naturales ha sumido en el caos a todas las naciones de la Tierra, pero la mayor amenaza a la que se enfrentan los seres humanos no es una Naturaleza hostil, sino ellos mismos: numerosas bandas de asesinos y saqueadores aprovechan el vacío de poder para arrasar las ciudades e imponer su ley a los más débiles.

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Carla una niña huérfana, que sobrevivía precariamente entre los escombros de la vieja ciudad. Su delgadez y agilidad le permitían colarse en las ruinas de los supermercados, donde aún podía encontrar comida aprovechable. Pese a la dura vida que llevaba, su corazón no se había embrutecido como el de otros supervivientes y, aunque con frecuencia pasaba hambre, siempre compartía con los demás todo lo que encontraba. También se encargaba de cuidar a los niños pequeños que habían perdido a sus madres y por las noches les contaba historias que se sabía de memoria. No había tenido la oportunidad de leer muchos libros, pero recordaba las historias que le contaban sus padres cuando era pequeña. Según ellos, la mayoría de aquellos relatos estaban basados en hechos reales que les habían sucedido a sus antepasados. Porque, aunque Carla era una niña normal, algunos miembros de su familia habían sido personas muy especiales. Su tatarabuelo John Martins había sido un valeroso agente del FBI y se había enfrentado a toda clase de peligros, como si fuera una mezcla de Sherlock Holmes y Van Helsing. También se sabía las aventuras de su bisabuela Amanda, que tenía poderes mágicos y podía hablar con los espíritus. En realidad, Carla no se creía del todo aquellas historias, pero las consideraba útiles para entretener a los niños llorones y además le permitían olvidar momentáneamente las penurias de su vida cotidiana.

Una noche de invierno, tras acostar a los niños, Carla vio que la despensa del campamento estaba casi vacía, pues alguien se había ocupado de saquearla. Eso la obligó a salir en busca de nuevas provisiones, aunque abandonar el campamento en plena noche era algo realmente peligroso. Tras una larga caminata bajo la luz de la pálida luz lunar, llegó a las ruinas del que antaño había sido uno de los principales centros comerciales de aquella ciudad. Allí siempre se podía encontrar algo aprovechable, pero era necesario entrar y salir sin hacer ruido, pues muchas bandas armadas operaban por los alrededores.

Pero no tuvo suerte y, pese a todas sus precauciones, pisó a una rata mientras caminaba a ciegas por los oscuros recovecos del edificio. El roedor chilló enfurecido y mordió a Carla con tanta fuerza que la pobre muchacha no pudo contener un grito de dolor. Comprendiendo que alguien tenía que haber oído su grito, Carla tiró todo lo que llevaba encima y buscó a toda prisa algún escondrijo seguro. Pero ya no había lugares seguros en aquel edificio y pronto se vio rodeada por varios desconocidos, que primero la deslumbraron con las luces de sus linternas y luego la rodearon por todas partes, impidiéndole la huida. Aun antes de poder verlos con claridad, Carla había adivinado que se trataba de bandidos, así que les dijo:

-¡Por favor, dejadme marchar! No llevo nada encima.

Pero uno de aquellos individuos, le dijo con sorna:

-Sí que llevas algo encima, nena. Para empezar, dos tetitas y un culito precioso. ¿Qué tal si nos los enseñas?

Carla se asustó e intentó huir, pero el cerco se había estrechado sobre ella y aquellos hombres la agarraron con fuerza antes de que pudiera esquivarlos. Tan asustada estaba que les preguntó a sus captores con voz llorosa:

-¡Por favor! Si... si me quito la ropa... ¿me dejarán marchar?

El jefe de la banda asintió, pero le lanzó una mirada torva que desmentía su afirmación. Después de todo, los pechos y las nalgas de una niña sana no solo podían servir para que aquellos individuos desahogaran su lujuria, sino que también eran reservas de carne tierna para cuando se les agotaran los víveres.

Comprendiendo que su suerte estaba echada, Carla se la jugó en un último y desesperado intento de huida, pero solo consiguió que uno de los matones la derribara mediante un fuerte golpe en la cara.

Pero entonces sonó una voz que no había hablado hasta entonces:

-Vosotros, que sois tan valientes cuando os enfrentáis a una niña asustada, ¿no queréis probar suerte conmigo?

Todos se volvieron y ante sus ojos apareció un hombre alto y pálido, vestido con anticuadas ropas negras, que aparentemente había surgido de las sombras. Aunque sorprendidos y algo asustados por la súbita aparición de aquel desconocido, los matones obedecieron a su jefe cuando este les ordenó matarlo. Sacaron sus armas y dispararon a matar, pero el extraño se mantuvo en pie, riéndose como un demonio mientras docenas de balas atravesaban su cuerpo sin hacerle daño.

Cuando se agotaron las balas, los aterrorizados matones intentaron huir, pero el desconocido se arrojó sobre ellos a gran velocidad y los mató a casi todos en cuestión de segundos, tras clavarles sus afilados dientes en el cuello y desgarrarles la garganta como si fuera una bestia salvaje. Carla, que estaba demasiado asustada para huir, no podía hacer otra cosa que contemplar la escena con ojos dilatados por el miedo, mientras todo su cuerpo temblaba sin parar. Pero el monstruo, en vez de atacarla, le dedicó una cortés reverencia y le dijo, con una amabilidad un tanto irónica:

-Mademoiselle Carla, como buen caballero del Sur debo presentarme ante una dama. Me llamo Etienne Denfer y, como ya habrá podido conjeturar, soy un vampiro. Hace muchos años su bisabuela Amanda Martins tuvo la gentileza de resucitarme vertiendo su deliciosa sangre sobre mis cenizas. Y desde entonces me vi obligado a convertirme en protector de la familia de la cual forma usted parte. Hasta esta noche su vida no había corrido verdadero peligro, pero hoy la imprudencia de estos caballeros me ha forzado a intervenir tan bruscamente.

Carla escuchaba aquellas palabras sin entender casi nada, pero entonces el jefe de la banda, que aún estaba vivo, se levantó, la agarró por el cuello y le dijo al vampiro:

-¡Oye, monstruo! Si tu deber es proteger a esta puta, deberás dejarme marchar o, de lo contrario, le romperé el cuello.

Y, mientras decía esto, apretó con fuerza el cuello de Carla, obligándola a gritar de dolor y demostrando que estaba dispuesto a cumplir sus amenazas. Pero el vampiro no se inmutó y le dijo:

-Puedes romperle el cuello, pero luego yo la resucitaré haciéndole beber mi sangre. Mi único deber hacia ella es mantenerla con vida: que viva como una humana o como un vampiro carece de importancia. Yo te mataría sin dolor, pues lo único que me interesa de ti es tu sangre. Pero, cuando ella se levante, irá por ti para vengarse y te hará sufrir mucho antes de matarte. Creo que no ganarías nada con eso, ¿verdad?

El bandido, asustado ante aquella siniestra lógica, soltó a Carla bruscamente, haciendo que cayera al suelo, y emprendió la huida hacia el exterior. Pero el vampiro se arrojó sobre él y lo mató con suma rapidez. Luego volvió hacia el lugar donde estaba Carla, relamiéndose golosamente la sangre que le manchaba la boca. Esta, aunque aún aterrorizada, se atrevió a preguntarle:

-¿Es cierto... que si yo hubiera muerto... usted me habría convertido en un vampiro?

Etienne Denfer pasó a su lado sin ni siquiera mirarla y le dijo con tono indiferente:

-En absoluto, el espíritu de tu bisabuela nunca me permitiría hacer algo así. Pero fue una buena forma de conseguir que ese imbécil te soltara. Ahora que ya estás a salvo puedo marcharme, pero quizás volvamos a vernos algún día. Si crees en Dios, deberías rezar para que eso no pase.

Y luego el vampiro desapareció entre las sombras, dejando a Carla sola y asustada en medio de aquellos cadáveres ensangrentados.

 

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