Daniel Hunter era un guerrero inmortal, que llevaba años luchando contra toda clase de seres oscuros, pese a que él mismo llevaba sangre de vampiro en sus venas. Cuando no luchaba, una negra melancolía se apoderaba de él, sumiéndolo en un estado de profunda tristeza, como si su en aquellos raros momentos de paz su existencia perdiera todo sentido. En aquella ocasión, la tristeza de su alma se había visto agravada por la reciente separación de una persona amada, siendo su único consuelo el inesperado reencuentro con uno de sus escasos amigos: el cuervo parlante Mister Poe, que era, en realidad, la reencarnación del escritor homónimo.
Pensando que podría animar a Daniel dándole conversación, Mister Poe le preguntó:
-Bueno, ¿qué tal te lo has pasado mientras estuve en el Más Allá? ¿Has vivido muchas aventuras?
Aquellas preguntas, lejos de animar a Daniel, parecieron agravar su melancolía. Pero, al menos, consiguieron arrancarlo de su hosco silencio.
…
-De hecho, he vivido más de lo que podría contar esta noche. En cierta ocasión me enfrenté a un demonio que se ocultaba en un bosque de Nueva Inglaterra y, tras una larga lucha, conseguí matarlo con mi espada. Pero ese ser era tan poderoso que al morir se desprendió de su cuerpo una extraordinaria energía mística, hasta el punto de que se abrió una brecha en el tiempo.
Aquella fuerza me arrastró a principios del siglo XIX, de modo que, si hubiera estado en Virginia y no en Nueva Inglaterra, habría podido encontrarme con usted cuando aún era humano. Sabía que podría volver al siglo XXI cuando se disolviera la fuerza que me había conducido al pasado, así que decidí resignarme y esperar. Mientras tanto, como no tenía otra cosa que hacer, vagué durante días por los bosques del lugar, que en aquella época eran bastante extensos y salvajes. Allí podía alimentarme con la sangre de los ciervos y refugiarme de los rayos solares bajo las sombras de la espesura, así que me las arreglé bastante bien, hasta que cierto día oí un grito de dolor. Corrí hacia el lugar de donde procedía el grito y me encontré con un anciano gravemente herido por un oso. Aunque estaba desarmado y, al ser de día, mis poderes se hallaban bajo mínimos, me enfrenté a la bestia y, aunque recibí unos buenos zarpazos, finalmente conseguí espantarla con un palo. Yo estaba casi tan herido como el anciano, pero, sacando fuerzas de flaqueza, lo llevé en mis brazos al pueblo más cercano y luego me desplomé, extenuado por el cansancio y por la pérdida de sangre. Cuando recuperé el sentido, me hallaba tumbado sobre una cama bastante cómoda, en lo que parecía el dormitorio de una casa rural, al mismo tiempo humilde y acogedora. Alguien había limpiado y vendado mis heridas, pero aún estaba demasiado débil para levantarme, así que me limité a esperar tumbado, hasta que se abrió la puerta del cuarto y entró en él una hermosa muchacha, que me traía una bandeja con comida. Aquella adolescente se llamaba Mary Danvers, era nieta del anciano al que había salvado y había sido ella la solícita enfermera que me había cuidado durante mi desmayo. Fue siempre muy amable conmigo y, tras agradecerme lo que había hecho por su abuelo (que era la única familia que le quedaba en el mundo, tras la prematura muerte de sus padres), me preguntó quién era y de dónde venía.
Naturalmente, yo no podía contarle la verdad, así que me atribuí un nombre cualquiera y dije ser un simple vagabundo en busca de trabajo. Entonces ella, viéndome bastante recuperado, me pidió que me quedara en la granja, al menos mientras su abuelo estuviera convaleciente y no pudiera cuidar del ganado. Yo hubiera podido irme de allí aquella misma noche, pues mis heridas se curaron totalmente tras la puesta del sol, pero eso hubiera sido descortés, además de bastante sospechoso, así que decidí quedarme hasta que pudiera volver a nuestro siglo. Por otra parte, estaba realmente interesado en la dulce Mary, que era tan amable y bondadosa como linda. Pronto comprendí que sentía por ella algo que nunca había sentido por ninguna otra muchacha, aunque, paradójicamente, tenía la extraña sensación de que había algo viejo y familiar en el sentimiento que me ligaba a ella, como si la hubiera conocido en una vida anterior o en el misterioso mundo de donde proceden nuestras almas.
De día ayudaba en las tareas de la granja al viejo Danvers, que ya se había recuperado de sus heridas, y por las noches, mientras los demás dormían, me iba discretamente al establo para beber la sangre de las vacas, procurando no debilitarlas excesivamente.
Una tarde, mientras yo estaba cortando leña en el bosque, ella vino a traerme algo de comida y… Sería muy largo y complicado explicar cómo llegamos a eso, pero lo cierto es que acabamos haciendo el amor sobre un lecho de hojarasca. Sé que fue un error y quizás también un pecado… pero un error que hubiéramos cometido de nuevo, si el Destino nos lo hubiese permitido, y un pecado que habría compensado los peores tormentos del Infierno.
Fue una sola vez, la primera y seguramente también la última para ambos, pero bastó para establecer un nexo irrompible entre nuestras almas.
Pocos días después, mientras el viejo Danvers y yo estábamos metiendo a las vacas en el establo, sonaron varios disparos procedentes del bosque. Las balas nos alcanzaron y los dos caímos al suelo. Mi mente se sumergió en las tinieblas de la muerte, pero la llegada de la noche me revivió y me permitió ver un triste espectáculo: Danvers estaba muerto, la granja había sido reducida a cenizas por un incendio y los asaltantes, además de robar todo el ganado, habían raptado a Mary. Sabía que me llevaban mucha ventaja y que, además, se acercaba el momento de volver al siglo XXI, así que tenía el tiempo justo para encontrarla y liberarla de sus captores. Ya nada me impedía manifestar mi verdadera naturaleza, así que me transformé en lobo y seguí su rastro por todo el bosque, hasta que llegué a una cueva de las montañas. Cuatro ladrones de ganado se estaban disputando en una partida de cartas cuál de ellos sería el primero en violar a Mary, que estaba atada en el fondo de la caverna y se había sumido en un intenso dolor por la pérdida de su abuelo (y también por mi presunta muerte). Acabé fácilmente con aquellos miserables, pero entonces llegó el amanecer y me hizo recobrar mi forma humana ante los ojos de la asustada Mary. Entonces, mientras la desataba, tuve que contarle toda la verdad sobre mí. Lo único que le oculté fue que procedía de un siglo futuro, pues pensé que sería algo demasiado difícil de comprender. Le dije que, a pesar de los sentimientos que me ligarían a ella para siempre, debía marcharme, aunque le ofrecí beber mi sangre, para que pudiera vivir eternamente y reencontrarse conmigo algún día. Sin embargo, ella rechazó mi oferta, pues, según dijo, siempre había deseado reencontrarse con sus padres en el Cielo, por lo que no deseaba ser inmortal en este mundo.
Aquella misma mañana nos separamos con lágrimas en los ojos y poco después me vi nuevamente en el siglo XXI. Por supuesto, nunca más volví a verla y todos mis intentos para saber cuál había sido su destino resultaron infructuosos.
…
Cuando Daniel terminó su narración, Mister Poe se mantuvo pensativo durante unos minutos y luego le dijo:
-Daniel, ¿aquella chica, por casualidad… se parecía a tu madre?
Daniel sonrió por primera vez desde hacía bastante tiempo:
-¡No empiece usted también con estupideces freudianas! Lo cierto es que se parecía, sí, ¿y qué? Supongo que todas las mujeres hermosas de la misma raza se parecen en algo.
-Pero, ¿estás seguro de que fue Drácula quien te engendró?
Daniel creía ser el hijo de Drácula (al menos eso era lo que le había dicho su madre), pero era extraño que en tanto tiempo el señor de los vampiros nunca se hubiera interesado por su presunto vástago. Aunque más inquieto de lo que parecía, Daniel se tomó a broma la pregunta y respondió:
-Si no fue Drácula, sería otro vampiro, ¿qué importa eso? Además, mi madre no se llamaba Mary Danvers, sino Martha Hunter, y no vivía en Nueva Inglaterra, sino en Virginia. Solo a usted se le ocurre pensar cosas tan absurdas y monstruosas como la que acaba de insinuarme.
(Mister Poe, cuando era humano, había escrito un cuento titulado “Morella”, donde una madre y su hija resultaban ser la misma persona, por lo que también podía ocurrírsele algo semejante respecto a un padre y su hijo).
El cuervo pensó que una muchacha embarazada fuera del matrimonio podría haber cambiado su nombre y su lugar de residencia, para huir del qué dirán. Pero optó por callarse, mientras Daniel se sumía nuevamente en negras meditaciones.





