En un futuro lejano, tras un paréntesis de caos y barbarie provocado por terribles hecatombes naturales, la civilización está retornando paulatinamente al mundo. Las comunidades más afortunadas ya han alcanzado un nivel de desarrollo tecnológico y bienestar social semejantes a los que existían antes del desastre, aunque otras ven su progreso limitado por el continuo acoso de bandas armadas, que aprovechan el vacío de poder para saquear, violar y asesinar impunemente. Pero estos criminales no suelen atacar la ciudad de New Atlanta, que cuenta con un defensor casi imbatible.
Jan es un muchacho de quince años, que, a causa de la muerte de sus padres, se ha visto obligado a asumir prematuramente una doble misión: cuidar a su hermana Betty, que solo tiene once años, y proteger su ciudad natal de los agresores. Aunque fuerte y valiente, Jan no es en sí mismo muy diferente de otros muchachos de New Atlanta, pero cuenta con un arma muy especial: se trata de la Espada Denfer, la cual ha permanecido en manos de su familia desde los tiempos de su bisabuela Carla. Se trata de una vieja espada de factura oriental, que, según la leyenda, está poseída por el espíritu de un vampiro y que, además de ser prácticamente indestructible, es capaz de destruir a cualquier adversario, por muy fuerte o poderoso que sea. Jan nunca ha necesitado recibir clases de esgrima para manejar su espada, pues en el combate se vuelve increíblemente ligera y ella misma guía sus manos, como si poseyera voluntad propia.
Así, todo fue bien hasta que una tarde de primavera Betty, que había salido de la ciudad en busca de flores para la tumba de sus padres, no volvió a la hora prevista. Temiendo que hubiera sido raptada por los saqueadores, Jan tomó su espada y salió en su busca, pues de día no era necesaria su presencia para proteger la ciudad.
Habituado a la caza desde la primera infancia, el valeroso muchacho no tardó en encontrar las huellas de su hermana, así como las de los hombres que la habían capturado. Los secuestradores, que debían de tener mucha confianza en sí mismos, ni siquiera habían intentado ocultar su rastro, así que Jan no tuvo problemas para localizarlos. Los encontró en un claro del bosque, donde, mientras unos pocos vigilaban las provisiones, los demás comían y bebían despreocupadamente, ajenos a la presencia de su perseguidor. Betty se hallaba entre unos extraños cachivaches, atada con un lazo metálico y amordazada para que no gritase. Aunque, como es natural, parecía muy asustada, se hallaba físicamente ilesa y tenía la ropa intacta, lo cual demostraba que aún no había sido violada. Quizás aquellos hombres quisiesen vendérsela a otra banda y la mantuviesen virgen para poder pedir más dinero por ella.
Jan degolló a los guardias sin hacer ruido y se arrojó sobre los demás hombres blandiendo su espada, que se hundió en pechos y vientres como un tiburón sediento de sangre. Todos los secuestradores murieron rápidamente, pues la Espada Denfer no solo hendía la carne, sino que también absorbía el alma.
Tras acabar con sus enemigos, Jan dejó su arma en el suelo, pues necesitaba ambas manos para desatar a Betty. Esta, que parecía aún más asustada que antes, intentó decirle algo, pero la mordaza se lo impidió. Cuando Jan tocó el lazo que sujetaba a su hermana, sintió el impacto de una corriente eléctrica y cayó al suelo momentáneamente aturdido. Aquel lazo estaba conectado a una batería y alguien había activado la corriente a control remoto, dejando sin sentido tanto a Jan como a la propia Betty, quien no había podido contarle la verdad a su hermano. Betty no había sido secuestrada para ser vendida como esclava sexual, sino para atraer a Jan hacia una trampa inteligentemente planeada.
El muchacho no tardó en recuperarse, pero ya era demasiado tarde: tres hombres fuertes, que hasta entonces habían permanecido ocultos entre los matorrales, se habían arrojado sobre él y lo habían atrapado sin remedio. Mientras dos de ellos lo sujetaban con fuerza, el tercero, que parecía ser el jefe, se apoderó de la Espada Denfer y, tras examinarla atentamente, le dijo al enfurecido Jan:
-Muchas gracias por darme tu espada, muchacho. Llevaba mucho tiempo deseando poseer la famosa Espada Denfer. Creo que ha merecido la pena sacrificar a unos cuantos de mis hombres. ¿No estás de acuerdo, muchacho?
Jan, incapaz de contener su rabia, respondió:
-¡Esa espada no te servirá de nada! Pertenece a mi familia y solo yo sé manejarla.
-Pues, en ese caso, creo que te la devolveré… por lo menos su punta.
Dicho esto, el jefe de la banda sonrió cruelmente y clavó la punta de la espada en el vientre de Jan. Este perdió el color, vomitó un chorro de sangre y puso los ojos en blanco. Los hombres que lo habían atrapado lo dejaron caer al suelo, donde se quedó inerte, mientras sus enemigos se reían y Betty, que ya había recuperado el conocimiento, lloraba impotente.
Jan aún respiraba débilmente y un miembro de la banda propuso rematarlo, pero el líder dijo:
-Prefiero que sufra.
Así que abandonaron al moribundo Jan en medio del bosque y agarraron a Betty para llevársela a su campamento principal, adonde querían llegar antes de que anocheciera. El sol se estaba poniendo y Jan ya estaba muerto cuando los primeros rayos de la luna acariciaron su pálido rostro.
Mientras los miembros de la banda celebraban con alcohol la muerte de Jan, que dejaba la ciudad de New Atlanta a su merced, el jefe, sintiendo su crueldad innata estimulada por la borrachera, les dijo a sus secuaces:
-Chicos, ¿qué os parece si usamos a la niña para darles una alegría a nuestros amigos del lago? Hace mucho tiempo que no comen.
-Pero, ¿no se suponía que íbamos a violarla?
-¿Y quién quiere violar a una cría que ni siquiera tiene curvas? Pronto tendremos a todas las mujeres de New Atlanta chupándonos los penes, así que podemos prescindir de la mocosa.
Entonces agarraron a la indefensa Betty y se la llevaron a las orillas de un lago cercano al campamento, donde había numerosos caimanes. Aquellos criminales usaban a los reptiles para eliminar a los prisioneros que no deseaban mantener con vida, pero hacía tiempo que no les daban de comer, por lo que aquellos famélicos monstruos ya habían empezado a devorarse entre ellos. Betty se sintió perdida, pero en el momento crítico sonó un estridente grito de dolor, que paralizó a los criminales. Para sorpresa de todos, bajo la luz de la luna apareció Jan, muy pálido, pero aparentemente recuperado de la herida que lo había matado pocas horas antes. En una de sus manos sostenía la cabeza ensangrentada del centinela que custodiaba el campamento. Como Jan iba desarmado, todo parecía indicar que se la había arrancado con sus propias manos.
Asustados, los criminales se olvidaron de Betty y tomaron sus cuchillos para defenderse de Jan. Este no se inmutó y dijo con voz fría:
-Cometisteis un error al intentar matarme con la Espada Denfer. Así el espíritu que vivía en ella entró en mi cuerpo, convirtiéndome en un vampiro. La noche me devolvió la vida y me otorgó un poder que no podréis contrarrestar.
Dicho esto, Jan soltó la cabeza del centinela y se arrojó sobre los criminales como una fiera hambrienta. En pocos segundos los mató a todos, salvo al jefe, que aún sostenía la Espada Denfer con manos temblorosas. Cuando el vampiro se acercó a él, le clavó la espada en el pecho, pero no consiguió hacerle ningún daño. Mientras aquel hombre moría estrangulado por las férreas manos del vampiro, aún pudo oír cómo este le decía:
-No lo has entendido. Lo que hacía especial mi arma era el espíritu que ahora vive en mí. Sin él no es más que un simple pedazo de acero… y ya no puede hacerme daño.
Tras matar al jefe de la banda, Jan desató a Betty, le quitó la mordaza y la abrazó con cariño. La niña le dijo a su hermano:
-¡Jan, tenemos que volver a casa! Me da mucho miedo estar aquí.
Jan la acarició y le entregó la Espada Denfer, mientras le decía con voz triste:
-Solo volverás tú, Betty. En la ciudad yo sería un peligro para todos… quizás ni siquiera tú estarías segura a mi lado. De ahora en adelante, la Espada Denfer os pertenecerá a ti y a tus descendientes. Ha perdido su magia, pero aún puede ser un arma eficaz, si la manejan manos adecuadas.
-Pero, entonces… ¿tú adónde irás?
Jan no respondió. Se separó de su hermana y, antes de que esta pudiera detenerlo, se arrojó al lago para ser despedazado por los caimanes.





