Una Extraña Venganza

Me llamo Adam Hogarth Adorno y durante buena parte de mi vida he impartido clases de literatura inglesa en un prestigioso colegio privado de Manhattan, cuyo nombre prefiero omitir para no arrojar una injustificada mancha sobre su reputación. Siempre he sido un fervoroso amante de la literatura macabra y, en cierto modo, fue mi desmedida devoción por los cuentos de terror la que provocó la ruina de mi carrera profesional. De acuerdo con mis gustos literarios, solía mandarles a mis alumnos de bachillerato que

Me llamo Adam Hogarth Adorno y durante buena parte de mi vida he impartido clases de literatura inglesa en un prestigioso colegio privado de Manhattan, cuyo nombre prefiero omitir para no arrojar una injustificada mancha sobre su reputación.

Siempre he sido un fervoroso amante de la literatura macabra y, en cierto modo, fue mi desmedida devoción por los cuentos de terror la que provocó la ruina de mi carrera profesional.

De acuerdo con mis gustos literarios, solía mandarles a mis alumnos de bachillerato que leyeran los cuentos de Poe y me entregaran un trabajo sobre los mismos. Una de mis mejores alumnas, llamada Eve Porter, me entregó un trabajo que hubiera merecido una buena calificación, de no ser porque en el apartado donde debía expresar sus impresiones personales tuvo la osadía de decir que los cuentos de Poe le habían parecido “sumamente aburridos”. Yo no podía en conciencia aprobar a alguien con tan mal gusto, por muy bien que redactara y por muy altos que fueran sus conocimientos teóricos, así que la señorita Porter se encontró con el primer suspenso de su vida. Naturalmente se lo tomó muy mal y no perdió tiempo en acudir a mi despacho para reclamar una nota más alta. Al principio la discusión se mantuvo en unos cauces aceptables, pero pronto el tono se fue crispando por ambas partes y acabé echándola de malas maneras, no sin que antes ella me amenazase con pedirle al director mi expulsión del colegio. Yo estaba acostumbrado a semejantes bravatas por parte de alumnos insatisfechos y no me preocupé demasiado por sus amenazas, pero resulta que la madre de Eve era una mujer muy influyente y, cuando supo que su hija había suspendido, movió los hilos necesarios para que la directiva del colegio se viera en la necesidad de despedirme, aduciendo como motivo una supuesta “mala praxis docente” por mi parte. Así pues, de un día para otro me vi sin trabajo y con mi reputación profesional manchada para siempre. Como no tenía esperanzas de encontrar un nuevo empleo en la enseñanza, decidí dedicar todas mis energías a planear una contundente venganza contra las personas que habían arruinado mi vida.

Tanto la prepotente y estúpida Eve Porter como su acaudalada y arrogante madre debían pagar con creces por lo que me habían hecho.  Por otra parte, no le perdonaba a la primera haber dicho que los cuentos de Poe eran “aburridos”, así que decidí darle una última lección y demostrarle que las situaciones narradas en dichos cuentos podían ser cualquier cosa menos aburridas.

En primer lugar debía apoderarme de ambas mujeres, cosa bastante difícil, pues la mansión donde vivían contaba con unas medidas de seguridad dignas de un palacio presidencial. Pero yo sabía que cierta tarde Eve debía ir al dentista para su revisión anual y que, como de costumbre, la llevaría su madre en coche. Me las arreglé para suplantar al odontólogo y, tras ponerme su ropa, usé su mascarilla y unas gafas de cristales oscuros para ocultar mi rostro, de modo que Eve no pudiera reconocerme. Cuando la tuve a mi disposición, fingí revisarle la dentadura y, poniendo como excusa que debía hacerle un empaste, le inyecté una buena dosis de anestesia en las encías. Cuando perdió el sentido, me la llevé al garaje procurando que nadie me viera y la encerré en el maletero de mi coche. Luego me puse de nuevo mi disfraz de dentista, me acerqué a la señora Porter como si quisiera comentarle algo sobre la salud dental de su hija y, como ella tenía la guardia baja, no me resultó difícil agarrarla, taparle la boca e inyectarle otra buena dosis de anestesia.

Había caído la noche cuando llegué al zoo. Madre e hija estaban en el maletero de mi coche, ya despiertas pero bien atadas y amordazadas. Extremando mis precauciones, conseguí burlar al vigilante nocturno y llevarlas al recinto donde se hallaba confinado un enorme gorila macho, al que habían tenido que separar de sus congéneres por su excesiva agresividad. Mis prisioneras acabaron allí abajo, a merced del mono que en cualquier momento podría despedazarlas, imitando una escena de “Los crímenes de la Rue Morgue”, donde también hay un simio furioso que mata a una madre y a su hija. A juzgar por la palidez de sus rostros y por sus gemidos aterrorizados, las Porter no debían de encontrar aquella situación precisamente “aburrida”, pese a que el gorila, más sorprendido que furioso por aquella inesperada invasión de sus dominios, no se decidía a atacar y se limitaba observarlas con sus pequeños ojos oscuros. Yo me quedé allí, esperando a que el simio se decidiera  a matarlas, pues quería ser testigo de mi propia venganza, pero no contaba con lo que pasaría a continuación. Eve consiguió desprenderse de su mordaza y chilló con todas sus fuerzas pidiendo auxilio. El vigilante nocturno, atraído por sus gritos, llegó a toda prisa y usó una manguera para espantar al gorila, que se retiró a un rincón mientras el personal del zoo rescataba a las Porter. Yo aproveché la confusión del momento para intentar huir, pero la policía había rodeado el recinto y no tuve más remedio que refugiarme en el lugar más tenebroso del zoo: la cueva artificial donde dormían los vampiros gigantes del Brasil.

Desde entonces permanezco en el interior de esta oscura cueva, donde escribo las presentes líneas con la precaria iluminación que me ofrece mi teléfono móvil. Aunque no puedo verlos, sé que sobre mi cabeza revolotean los vampiros gigantes, que solo esperan a que me adormezca para chupar mi sangre. No me quedan más que dos opciones: salir de aquí para que me arreste la policía o quedarme en la cueva y morir desangrado por los murciélagos. Ya he decidido que elegiré la segunda opción, pues me parece, si no la más agradable, al menos la más justa. Muriendo desangrado por unos murciélagos gigantes purgaré mi gran pecado, del cual no dejo de arrepentirme en estos últimos momentos de mi vida. No me refiero al secuestro e intento de asesinato de las Porter, que aún considero plenamente justificados, sino a que yo siempre había considerado “Drácula” una novela sumamente aburrida.

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