Una Buena Persona

UNA BUENA PERSONA (cuento fantástico): Siempre he sido una persona buena y de carácter apacible, aunque hoy, a causa de una serie de desgraciadas casualidades, he tenido un día más ajetreado de lo normal.  Esta mañana visité una tienda de libros viejos, donde tuve la suerte de encontrar un valioso manual de magia negra. El librero, que debía de ser un auténtico ignorante, me permitió llevármelo por un precio irrisorio y entonces volví a casa, pues ardía en deseos de enseñárselo a mi esposa.  Pero cuando lle

Siempre he sido una persona buena y de carácter apacible, aunque hoy, a causa de una serie de desgraciadas casualidades, he tenido un día más ajetreado de lo normal. 
Esta mañana visité una tienda de libros viejos, donde tuve la suerte de encontrar un valioso manual de magia negra. El librero, que debía de ser un auténtico ignorante, me permitió llevármelo por un precio irrisorio y entonces volví a casa, pues ardía en deseos de enseñárselo a mi esposa. 
Pero cuando llegué a mi hogar mi suerte empezó a torcerse. Mi mujer, que estaba de pésimo humor, no quería hablar del libro, sino de las grandes cantidades de dinero que había invertido para instalar un laboratorio químico en el desván. Yo intenté razonar con ella, pero no quiso escucharme, de modo que la discusión se agrió y acabó degenerando en una verdadera pelea conyugal. Al final, acabé dándole un empujón a mi esposa, con tan mala suerte que la pobre se desnucó al caer y murió en el acto. Así, casi sin comerlo ni beberlo, me vi metido en un buen lío. Para colmo de males, mi hija Raquel no tardaría en volver del colegio y luego vendrían todos sus amigos, pues, como era su cumpleaños, los había invitado a comer en nuestra casa. 
Para ganar tiempo, escondí el cadáver en el congelador y, cuando llegó Raquel, le conté que su madre había tenido que irse al hospital, a visitar a una amiga que estaba enferma, de modo que se perdería su fiesta. A Raquel eso no pareció importarle y no me hizo más preguntas al respecto, pero poco después tuvo la mala idea de ir al congelador en busca de helados para sus invitados, de modo que descubrió el cadáver de su madre. Empezó a chillar aterrorizada y yo me vi obligado a taparle la boca con la mano para impedir que la oyeran los vecinos. Casi sin querer, acabé asfixiándola, de modo que también tuve que esconder su cuerpo en el congelador. 
Inmediatamente después empezaron a llegar sus amigos y yo, por miedo a despertar sus sospechas, tuve que abrirles la puerta. Les dije que Raquel estaba cambiándose y que, mientras tanto, podían ir tomando algo de coca-cola. Así pues, fui a la cocina, saqué una botella de coca-cola de la nevera y le eché una buena dosis de un veneno que yo solía emplear en mis experimentos alquímicos. Todos los niños bebieron y murieron antes de darse cuenta de que Raquel estaba tardando mucho en cambiarse. Lamenté profundamente la pérdida de aquel veneno, que tan útil me era en mis experimentos, pero debía silenciar a mis jóvenes invitados antes de que empezaran a hacer preguntas incómodas. Por otra parte, mis problemas aún no se habían terminado, pues debía deshacerme de sus cadáveres y no sabía muy bien cómo hacerlo. Eran demasiados para esconderlos en el congelador y hubiera sido muy arriesgado enterrarlos en el jardín, pues alguien hubiera podido verme. Por otra parte, debía actuar deprisa, antes de que sus familias empezaran a echarlos de menos. Afortunadamente, en aquel momento recordé que la mejor forma de esconder un árbol es crear un bosque a su alrededor. Abandoné mi casa y durante las horas siguientes me dediqué a colocar latas de gasolina en distintos puntos estratégicos del barrio. Luego encendí la gasolina para provocar un incendio devastador, que arrasó la totalidad del barrio y provocó la muerte de todos mis vecinos. Así, cuando los bomberos encontraran los cadáveres carbonizados de mi esposa, de mi hija y de los demás niños, pensarían que ellos también habían muerto abrasados por el fuego y a nadie se le ocurriría examinar sus entrañas en busca de veneno. Si alguien me preguntaba, diría que me había salvado porque había salido de compras.
Pensé que por fin tendría un poco de tranquilidad, pero me equivocaba. Cuando me conecté a Internet para leer las noticias sobre la catástrofe, supe que la videocámara de un banco había captado imágenes mías, en las que se me veía manipulando las latas de gasolina que habían provocado el incendio. Por tanto, solo era cuestión de tiempo que me identificaran y dictaran orden de arresto contra mí. Pero entonces recurrí al libro de magia que había comprado por la mañana. Cuando vi que se acercaba la policía, usé uno de sus hechizos para invocar a cierto demonio primordial, que, siguiendo mis órdenes, arrasó el mundo entero y exterminó a toda la Humanidad (salvo, naturalmente, a mí mismo) en cuestión de minutos.
Una vez que me convertí en el único ser humano vivo sobre la faz del planeta, hice que el demonio destructor volviera al abismo del que había surgido. Cuando por fin tuve tiempo para leer con tranquilidad, estudié concienzudamente los demás hechizos del libro, hasta que, tras largas horas de afanosa búsqueda, encontré el que buscaba. Gracias a la magia, le di marcha atrás al tiempo, para volver al momento en el que mi mujer y yo habíamos empezado a discutir. En esta segunda oportunidad conseguí controlar mis impulsos mejor que en la primera, de modo que no hubo ningún empujón ni, por supuesto, ninguna muerte. Cuando llegó Raquel, ya nos habíamos calmado, de modo que pudimos celebrar alegremente el cumpleaños de nuestra hija, sin nuevos (ni viejos) incidentes. Pues te recuerdo que soy una buena persona, por si habías empezado a dudarlo.

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