DUERMEVELA

Lugar Lugrube!

En verdad me gustan las chicas, o por lo menos quiero matar a una, Mariela. Afortunadamente, no nos hemos cruzado desde aquella vez. De hecho, vivo sola en un pequeño cuarto. He venido a dejarte esto que te debía –me dijo Javier, nada más, ni un hola. Y sacó un paquete de su bolsillo, mostrándomelo, sonriendo de lado. Pasó, arrastrando los pies, y se sentó a la mesa. Le ofrecí un vaso con refresco rojo, gelatina de fresa todavía tibia, y le pregunté si le gustaría fumar juntos la hierba que me había traído. Abrí el paquete envuelto en cinta adhesiva con un cuchillo y saqué unos moños que puse junto a su vaso. Él armó el cigarrillo sin decir una sola palabra, con esa paciencia que tanto admiro, no sé si estaba enojado conmigo, porque yo nunca hago nada bien y era mi culpa, al fin y al cabo. Ese asunto ya estaba olvidado, aunque hasta ahora no hablamos sobre lo que pasó esa noche. Julio tiene una versión diferente, yo simplemente salí corriendo de aquel lugar. Hay tantas cosas que no sé hacer —cocinar, por ejemplo. Me va peor todavía con esta cocina a kerosene, que ahora solamente se puede prender con ron. Me han dicho que no sé cocinar, pero que se jodan, a mí me resulta divertido experimentar con ingredientes, mezclar tomates con queso, cualquier aderezo y palta, tal vez pollo hervido. Me gustan los resultados que obtengo. Recuerdo que cuando cocinaba en mi antigua casa, drogaba a toda mi familia mezclando el orégano con marihuana. Sin embargo, algunas semanas, me aburre cocinar. Prefiero salir a comprar a alguno de los pequeños restaurantes o puestos de comida que me quedan cerca. Afortunadamente, hay varios por aquí, salchiconos, anticuchos, parrillas, comida china, pizzas muy baratas, pollos a la brasa. No puedo quejarme de eso, solamente del dinero. Hasta la semana pasada me ponía una blusa a cuadros que apenas me cerraba y la ataba con un nudo que mostraba mi obligo; un sombrero marrón y unas botas falsas que en verdad eran escarpines. Así era el traje de vaquera para promocionar ese restaurante de parrillas, lejos de mi zona, por un centro comercial al otro lado de la ciudad. Tenía que estar parada en la calle repartiendo volantes, invitándolos a pasar. Me pagaban cincuenta soles al día. Lo hice por unos cinco días, me molestaba un poco que los hombres me vieran tanto, pensé que podría llegarme a gustar, pero no. Vi pasar a mis vecinos, como movían sus ojos. Bajé la cabeza y sentí mis ojos humedecerse. Cobré y no regresé más.

La última vez que estuve con Julio y Javier, después de aquel incidente, ambos lloraban y no recuerdo muy bien por qué. O sea, no era para que estén así. Había algo más que no recuerdo, porque estaba fumada tal vez. Lo que sí tengo en la memoria es tratar de consolarlos, abrazarlos mucho, a Julio incluso le di unos besos en el cuello, sentada en sus piernas, algo desesperada por besar sus lágrimas también. Sigo sorprendida de mí misma por todo eso, deben tener una idea equivocada de mí. Nunca fuimos nada, él no me gusta para nada. Algo me conmovió mucho aquella vez y eso fue hace más de un año. Siempre he andado sola desde entonces, mejor alejada de los problemas, me siento más madura separada de esos niñatos. Les hice la taba a algunos amigos de confianza, por los que he podido tener hierbita todo este mes. La verdad es lo más fácil: uno me pide veinte, otro cincuenta, otro treinta. Pero yo compro ochenta nada más, reparto esa hierba entre los tres y me quedo con un par de moñitos, y gano algo de dinero. Sin embargo, nunca es mucho lo  que muevo en una semana. Ahora la verdad no sé qué hacer, cada vez tengo menos dinero, estoy cocinando más. He puesto anuncios en los postes para dar clases de inglés, a quince soles la hora, pero nadie me ha llamado todavía. Javier sí me gustaba al principio, pero luego ya no tanto, escuchaba música chévere y andaba limpio. Luego fue perdiendo mi confianza, casi nunca cumplía lo que decía y comenzó a perderse. Solamente lo busco cuando quiero comprar hierba, parece que mueve más cosas, no escarmienta. Ojalá no lo vuelvan a reventar. Antes éramos más amigos, él fue mi mejor amigo. Ahora por lo menos sé que es mi dealer seguro, que no me estafará como los otros, que me vendieron pasto o se fueron con mi dinero. Algunos pendejos me la regalaban, pero luego querían otras cosas y me enojaba. En fin, se fue pronto esa noche, Javier, perdido como un niño que se sale caminando de su casa después de haber recibido correazos. Me dijo que tenía problemas serios, ya no sé si creerle eso. Si me hubiera traído dinero, le habría dicho que se lo quede, porque sé que a veces no almuerza. Ya no sé quién es él, qué hace, qué quiere, qué se joda, de verdad.

Taxi

Esa noche soñé que iba en taxi, mirando la fachada de ese restaurante donde trabajé, curiosamente ahora estaba ubicado detrás del hospital donde mi padre trabajó desde los quince años, hasta morir en un accidente con lejía industrial. Me bajé en el centro, cerca al Mercado Central, donde todo estaba congestionado. Iba por la vereda cuando un viejo me comenzó a tocar las nalgas y mis partes íntimas, con gran descaro y naturalidad, hasta lo veía sonreír. Me sentí muy mal, asustada, asqueada. Le dije que se vaya y no me hacía caso, en vez de eso sonreía más. Casi llegando al Mercado, por la pista, vi pasar una camioneta, conducida por el del hijo de la vecina, tenía un diseño extraño, parecía una antigua carroza de esas que requerían ser jaladas por un caballo, y atrás iba la dueña, esa vieja que me llamaba Inglesita cuando era niña, porque según ella así sonaba mi pronunciación del español. Siempre tuve problemas con la erre, no he podido corregirlo. Luego vi pasar el viejo carro oxidado de unos tíos muy adinerados, conducido también por su hijo, mi primo. Crucé la pista al fin, avanzando entre los carros que se desplazaban lentamente, llegué a la plaza del Mercado. Busqué algún vigilante uniformado que me ayudara a alejar al viejo que me estaba tocando. Cuando al fin encontré un guardia vestido de azul, y le hablé, este me respondió con un sonido gutural. Entonces le vi la cara, estaba negra, morada, verde, como carne en descomposición. Le insistí que me ayudara, pero comencé a dudar de que, si quiera, me escuchara. Daba vueltas con su palo y su uniforme, como si fuera un juguete de esos que funcionan a pilas, avanzando y cambiando de rumbo si se chocaba con algo. Me di cuenta de que el viejo acosador ya no me seguía. Me sentía desorientada en la plaza, de pronto vi un paladar humano —con encía y dientes— tirado en el suelo, un poco pisoteado. Allí desperté y todavía me pregunto si era mío o del guardia zombi.

Esa mañana fui a una cabina de internet y vi un anuncio en Facebook, escrito por un norteamericano que buscaba una señorita que le sirva de traductora por unos días. Ofrecía pagar doscientos soles al día a la persona escogida, tendría que acompañarlo durante su estancia en la ciudad, entrevistando proveedores y personas relacionadas a la apertura de un restaurante. Tendría que ayudarlo a buscar un local, contratar personal, comprar varias cosas. Me emocionó mucho el trabajo, por un minuto me imaginé siendo gerente, ordenando cocinar lo que se me antoje.  Le mandé mi CV en inglés, sin muchas esperanzas, pero a la semana me escribió diciéndome que me había seleccionado. Hablamos por teléfono y solamente me quedaba esperar una semana para salir a flote, pagar mis deudas, comprarme una cocina a gas. Ahorraría mucho si simplemente no salía de mi cuarto y comía poco. Dormía todo el día, me despertaba para tomar yogurt con cereales y me acostaba otra vez. Me sentía físicamente bien, mis ojeras habían desaparecido al fin, me masturbaba antes y después de dormir. Ya era jueves en la tarde cuando decidí que el viernes limpiaría todo. Cuando duermes en el piso, tienes que ser más limpia en general. Esa noche soñé que estaba tomando con Julio y Javier, pero en verdad no había querido estar con ellos. Me sentía incómoda y me fui. Recuerdo habérselos dicho en algún momento, pero igual me cogieron cada uno de ambos brazos y yo sonreía, pero no movía las piernas. Casi arrastrándome, haciéndome cosquillas, me subieron al Volskwagen de Julio. Y terminamos en un bar restaurante en las afueras de la ciudad, bebiendo cerveza con ellos y escuchando música que no me gustaba, con un plato enorme y monstruoso sobre la mesa. Se hizo de noche y decidí irme, aprovechando que ya ambos estaban muy ebrios. Comencé a caminar por calles muy oscuras, rodeadas de campos de cultivo nada más, sin postes de alumbrado público. La única luz provenía de los carros que pasaban. Así iba caminando por la vereda, un poco apurada por precaución, cuando noté que —alumbradas por los faros— en ambos lados de la pista caminaban chicas con vestidos de fiesta, cortos, rojos, a rayas, blancos, amarillos, algunas otras llevaban sus tacones en las manos y avanzaban descalzas. Esa clase de chicas que me caen mal, porque no voy a fiestas, y en todo caso prefiero salir con ropa más holgada. No parecía haber una fiesta por allí. No lo sé. Entonces desperté, porque puse la alarma para garantizarme que ese día sí cumpliría mi meta, limpiaría todo, para empezar con fuerza la semana de traductora-y-futura-gerente de un bonito restaurante en el centro. Sería el primer día de mi nueva vida, pero estaba inconforme con ese sueño en la calle oscura de ese onírico y apartado lugar. Mi objetivo al dejar a los chicos tomando allí, era regresar a mi cuarto por fin, porque me estaba sintiendo incómoda. Ese sueño inconcluso iba a arruinar mi día de renovación, así que cerré los ojos aún echada y volví a imaginar la calle oscura, los carros y todo lo demás. No fue tan difícil volver a ese lugar, todavía estaba conectada con el sueño interrumpido. Sentía que era una obligación acabarlo como yo deseaba, despertar con el humor que más me conviniera. Me tapé la cara con las frazadas. Tomé un taxi en esa calle oscura, le dije por la ventana que me llevara a casa, y me subí al asiento trasero. Resulta que era una conductora, una chica muy hermosa de cabellos ondulados. No vi su cara, pero sí sus hombros y el top holgado de color celeste que usaba. Me inspiraba mucha confianza la chofer, la calle oscura en verdad me daba miedo. Luego todo el paisaje por las ventanas se iluminó, como si el carro fuera un avión. Volaba ya no sobre chacras sino sobre el mar, rumbo a un apacible atardecer. Sentía cierta pena por saber que era un sueño y tenía que despertar al llegar a mi colchón, abrir los ojos, pararme y comenzar a limpiar; aunque me daban ganas de quedarme todo el día así, no podía alargar mucho ese viaje. Me hubiera sentido peor de no cumplir mi pequeña meta, así que por fin desperté. El silencio era casi absoluto, si no fuese por los carros lejanos y algunos ladridos. Me puse un short que tengo desde los 13 años, amarillo con rayas blancas, un polo rojo muy viejo, algo apretado, uno con el que nunca saldría a la calle, mis sandalias rosadas, música de Led Zeppelin, y comencé a baldearlo todo con desinfectante perfumado. Cuando estuvo seco el piso, bajé mi colchón de la mesa y lo puse en su lugar. Salí a comprar atún y me preparé unos espaguetis que quedaron bien acompañados con cebolla picada, orégano, hongos y laurel. Por la noche saldría a caminar un poco, tal vez se tomaría una lata de cerveza. Cuando tomo una, solamente una, duermo bien y despierto temprano. Cuando todo estaba limpio, tomé una ducha y retomé una vieja novela en inglés para practicar el idioma leyéndola, Tender is Night and the Last Tycoon. Cualquier otro problema que surja con el gringo, lo solucionaría pagando por fin la cuenta de mi celular, para consultar diccionarios en internet en el momento, de ser necesario. Le pediría que me pague el primer día adelantado para tal fin. A veces he pensado que podría ser un pendejo, o el dueño de un canal porno de allá, que me hará un casting. No luce tan mal en sus fotos, pero no.

Por fin es sábado en un restaurante que vende desayunos por la mañana, viendo el noticiero, sentada, tocándome el cuello, viendo mis piernas, a veces mis pies, a la gente que viene y se va con sus pedidos en bolsas blancas. Solamente me queda esperar este fin de semana. Estoy sentada ahora moviendo los dedos y me veo en las paredes que tienen espejos, sonrío. Muerdo mi sándwich de queso caliente, tomo el vaso grande de maca con algarrobina. El sol me da en la espalda y respiro hondo, elevando nuevamente mi sonrisa, soltando un suspiro. Regresé a mi cuarto y dormí todo el día, pero por la noche casi no cerraba los ojos, así que tomé el poco de leche que me quedaba en el frigobar. Siempre funciona cuando tengo insomnio, no sé cuánto tiempo tomó, pero finalmente concilié el sueño. El colchón en el suelo cada vez se pone más duro y grumoso. Me duele la espalda, pero ya no sé si debe a eso, o a los pensamientos que me consumen por ese trabajo que llegará. Decidí levantarme al amanecer, a pesar de no haber dormido mucho, hacerle caso a la alarma y dirigirme al mismo puesto de desayunos. Quería mantenerme sana, porque he perdido muchas oportunidades por estar muriendo de sueño o de hambre en la entrevista o los primeros días de trabajo. Era mejor que me viera buena cara, lo más linda y plena posible, que no se vaya a asustar el gringo. El sol está igual de tibio, la calle más vacía, estoy sola en el pequeño restaurante. Me miro en los espejos, sonrío de costado, y noto unas ojeras que combatiré regresando a mi cuarto a dormir otra vez. Miro el televisor y luego me miro al espejo, luego el reflejo del televisor en el espejo, y a mí misma comiendo. Miro al televisor otra vez y mastico lentamente mi sándwich. La noticia era un accidente aéreo, un avión por llegar a Arequipa, pensé que podía ser él, pero no. Me puse de pie, pagué y regresé a mi cubil, me puse a dormir.

 

Esta vez soñé que estaba en la casa de mis padres, que mi hermano había muerto, y estaba en su cuarto vacío armando nuevamente su cama para dormir en ella. Me decía a mí misma estar cansada de mi cuarto alquilado y del suelo, que siempre limpio con desinfectantes de todas las fragancias posibles. Comencé a quedarme dormida en esa cama recién armada, al punto de sentir una gran comodidad, cualquier movimiento me provocaba mucha pena o flojera, como esa que se siente cuando suena el despertador y todavía no quiere una levantarse. Aquí viene lo raro. La habitación comenzó a llenarse de perros. Apenas abría los ojos para alcanzar a verlos, era raro sí, pero recordé que antes mis padres criaban demasiados, y me pareció normal. El problema es que los perros comenzaron a morderme los dedos, como si fuera una muerta a la que se iban a comer. Me asusté, pero pensé que estarían jugando, porque algunos eran cachorros y saltaban o correteaban por ahí. Pero no, comenzaron a hacerme heridas en las yemas, aunque todo estaba en general tan cómodo, al fin y al cabo, que podía soportarlo. Me rodeaban varios, pero no todos me mordían. Me decía a mí misma que aquellos que no me hacían nada eran más diplomáticos, que no me morderían mientras esté viva. De hecho, solamente uno era así, uno negro y grande sentado al costado de mi cabeza, que parecía vigilarme. Yo seguía paralizada allí, pero desperté y prendí la radio. Apreté los labios mientras buscaba noticias sobre el avión caído, la lista de fallecidos. Volví a cerrar los ojos, soñé que era hermosa y conducía sobre el mar en primavera. Llegará el lunes en pocas horas y he pensado en ser taxista, alquilar un carro, pagar todos los días, todavía tengo mi licencia de conducir.

Autor: Jordan Jauregui

 

¿Te gusto? Te recomendamos...