Primera Aventura

Amanda Martins era una niña huérfana de madre que vivía en una pequeña localidad de Louisiana, cerca de un siniestro y oscuro bosque pantanoso. Los padres de la localidad les decían a sus hijos que no fueran al bosque bajo ningún concepto, amenazándolos con toda clase de desgracias si desoían sus advertencias. Si nadie les hubiera dicho nada, a los niños del pueblo jamás se les hubiera ocurrido meterse en aquellos pantanos hediondos. Pero bastaba con que eso estuviera prohibido para que todos desearan ir al

Amanda Martins era una niña huérfana de madre que vivía en una pequeña localidad de Louisiana, cerca de un siniestro y oscuro bosque pantanoso. Los padres de la localidad les decían a sus hijos que no fueran al bosque bajo ningún concepto, amenazándolos con toda clase de desgracias si desoían sus advertencias. Si nadie les hubiera dicho nada, a los niños del pueblo jamás se les hubiera ocurrido meterse en aquellos pantanos hediondos. Pero bastaba con que eso estuviera prohibido para que todos desearan ir allí, aunque pocos se atreviesen a hacerlo.

Una tarde Amanda y su prima Linda aprovecharon un descuido de sus padres para escaparse a la espesura, teóricamente para buscar nidos de pájaros, aunque ellas hubieran preferido encontrar un caimán (ambas daban por hecho que no les costaría nada sobrevivir a semejante encuentro). Las dos eran niñas valientes y Amanda se sentía especialmente segura, pues llevaba consigo el talismán de los Martins: una vieja moneda de plata que, según la leyenda, había pertenecido a Edgar Allan Poe. El padre de Amanda, que era agente del FBI, se llevaba la moneda cuando se le encomendaba una misión especialmente peligrosa, pero el resto del tiempo era ella quien la llevaba consigo.

No era, ni mucho menos, la primera vez que se escapaban al bosque, pero aquel día penetraron en sus profundidades más de lo habitual, hasta que encontraron una choza destartalada, que a simple vista parecía abandonada desde hacía muchos años.

Guiadas por una curiosidad algo morbosa, las muchachas entraron en la choza y se llevaron el primer susto del día, cuando vieron que sobre un destartalado camastro yacía un anciano de rasgos deformes, que, a juzgar por su inmovilidad, debía de estar dormido o inválido. Amanda y Linda, aterrorizadas, intentaron huir de la cabaña, pero entonces aparecieron dos hombres que les cortaron el paso y las agarraron sin miramientos. Aquellos individuos eran mucho más jóvenes que el anciano de la choza, pero debían de ser parientes suyos, pues sus rostros presentaban unos rasgos semejantes, aunque todavía más desagradables. Uno de ellos sonrió cruelmente tras examinar a las muchachas y dijo:

-¡Dios ha premiado nuestra paciencia! Nos ha ahorrado el esfuerzo de ir a buscar hembras, trayéndolas Él mismo a nuestro hogar.

En 1865 el reverendo Abraham Davenport, que era un ardiente partidario de la Confederación, abandonó Nueva Orleans junto con toda su familia, pues no podía soportar la idea de vivir bajo el gobierno de los nordistas, a quienes consideraba enemigos de Dios. Así pues, se estableció junto con su esposa e hijos en las profundidades del bosque, donde construyó una cabaña con sus propias manos. Durante varias generaciones los descendientes del reverendo Davenport vivieron precariamente en aquella misma cabaña, completamente aislados del mundo exterior, que aparentemente tampoco los echaba de menos. Un largo período de endogamia había provocado la degeneración, tanto física como mental, de los escasos Davenport supervivientes, quienes empezaron a cometer toda clase de crímenes para perpetuar su estirpe. Todos los intrusos que osaban acercarse a sus tierras eran asesinados sin piedad, salvo las mujeres fértiles, que eran secuestradas y convertidas en esclavas sexuales de por vida. En ocasiones también raptaban niñas impúberes, con la esperanza de que cuando se hiciesen mayores trajesen nuevos niños a la familia. Pero, como llevaban mucho tiempo sin encontrar concubinas adecuadas, los Davenport estaban a punto de extinguirse: solo quedaban tres, el viejo Elías, inválido desde hacía décadas, y sus dos hijos mellizos, Marcus y Robert.

Amanda y Linda ignoraban qué querían de ellas aquellos hombres tan horribles, pero estaba claro que no era nada bueno. Sus captores estaban a punto de encerrarlas en el sótano de la cabaña cuando Amanda sacó su moneda del bolsillo y les dijo:

-Escuchen, si nos dejan en paz les diré dónde encontré esta moneda. Hay muchas más allí.

Marcus, que era el más lúcido de los dos hermanos (pues Robert apenas tenía más entendimiento que un caimán), agarró la moneda y la examinó durante unos segundos. Era, sin duda, una moneda muy vieja y era extraño que una niña de nuestra época llevara encima semejante antigualla. Por otra parte, en la comarca siempre habían circulado leyendas sobre tesoros escondidos. Se decía que tras la Guerra Civil algunos terratenientes habían optado por esconder sus riquezas en el pantano, para que los nordistas no pudieran confiscárselas. Marcus pensó que aquella moneda debía pertenecer a alguno de aquellos tesoros escondidos. Y él siempre había querido tener mucho dinero, para poder abandonar aquella miserable vida en el pantano y poder disfrutar del mundo exterior, que solo conocía por lo que le había contado su difunta madre cuando era pequeño. Así pues, le devolvió la moneda a Amanda y le dijo:

-Bien, tú me llevarás al sitio donde has encontrado esto. Mientras tanto, mi hermano se ocupará de vigilar a tu amiga. Y, si nos has engañado o intentas escapar, las dos lo pagaréis muy caro. Aquí necesitamos chicas… pero para lo que queremos de vosotras tampoco hace falta que estéis enteras.

Linda sabía que Amanda se estaba echando un farol, pero, por miedo a empeorar la situación, optó por callarse.

Poco después, Marcus y Amanda abandonaron la cabaña y se internaron en el lugar más oscuro del bosque. Él llevaba bien agarrada a su prisionera, por lo que esta no tenía ninguna oportunidad de escapar. Tras una larga caminata, llegaron a un lugar donde el pantano se ensanchaba bastante y solo podía ser atravesado mediante un viejo puente de madera, que nadie, ni siquiera los Davenport, había usado desde hacía muchos años. Amanda hizo ademán de poner sus pies sobre las deterioradas tablas del puente, pero Marcus la detuvo y le dijo:

-¡Espera! ¿Tú crees que ese puente tan viejo aguantará el peso de una persona?

Amanda mintió de nuevo:

-¡Pues claro que sí! Linda y yo lo atravesamos hace un rato y no pasó nada.

Marcus titubeó, pero finalmente se decidió a atravesar el puente, pues se acercaba la noche y no había tiempo de dar un rodeo. Él y su prisionera dieron algunos pasos sin que sucediera nada, pero de pronto la madera crujió bajo sus pies y se rompió, provocando que ambos cayeran al pantano. A causa del sobresalto Marcus soltó a Amanda, que empezó a nadar hacia la orilla con todas sus fuerzas. Por su parte, Marcus no tardó en reponerse del susto y empezó a perseguir a la niña, nadando con verdadera furia. Ese fue su error: con la rabia chapoteó más de lo necesario, atrayendo a todos los caimanes del pantano. Amanda, que nadaba con una destreza inverosímil en una niña de su edad, logró llegar a la orilla sin contratiempo, pero Marcus fue atacado por los reptiles antes de pisar tierra y, aunque consiguió salir vivo del agua, estaba tan herido que no tuvo fuerzas para continuar y cayó tendido sobre el fango.

Tras comprobar que Marcus estaba fuera de combate, Amanda corrió hacia la choza de los Davenport, pues no podía ir en busca de ayuda sin riesgo de que mientras tanto le pasara algo malo a Linda. Y tenía razón, pues Robert, que era tan lujurioso como estúpido, se aburría esperando el retorno de su hermano y, para entretenerse, había decidido violar a Linda. La arrastró fuera de la cabaña (pues no quería que su puritano padre lo viese forzando a una niña impúber), la arrojó al suelo y se abalanzó sobre ella como si fuera un gato atacando a su presa. Linda chillaba y forcejeaba con todas sus fuerzas, pero no podía hacer nada contra su captor, como no fuera enardecerlo aún más con su desesperada resistencia. Sin duda la cosa hubiera acabado mal, si entonces no hubiera aparecido Amanda para golpear a Robert en la cabeza con un grueso palo. Este cayó al suelo completamente aturdido y Amanda lo ató con una gruesa soga, que él mismo había traído para amarrar a Linda si esta se resistía demasiado. Los Davenport ya estaban fuera de combate (pues el viejo Elías no contaba como rival) y Amanda consoló cariñosamente a su aterrorizada prima, antes de que las dos abandonaran aquel lugar maldito para volver con sus padres.

Una vez detenidos los Davenport, el agente Martins le dijo a su hija:

-Has sido muy valiente, Amanda, y estoy orgulloso de ti, a pesar de que me hayas desobedecido. Pero hay algo que no entiendo. Cuando vamos a la playa, nunca nadas más de diez metros sin cansarte… pero en el pantano pudiste nadar más deprisa que un hombre adulto y escapar de los caimanes.

-Bueno, es que el dueño de la moneda me enseñó cómo debía moverme. ¿Sabes que él fue un gran nadador cuando estaba vivo?

-¿El… dueño de la moneda?

-Sí, el señor Edgar Allan Poe.

-Pero… ¡si Poe lleva muchos años muerto!

-¿Y qué? También mamá está muerta y hablo con ella a veces.

Fue entonces cuando Martins descubrió que Amanda era la mejor médium del mundo.

 

 

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