Esta historia empieza en un bosque de los Estados Unidos a principios del siglo XIX. Edgar era un adolescente de alma romántica y soñadora, que solía dar largos paseos por el bosque, buscando en aquellas agrestes soledades una paz propicia para sus ensueños. Pero aquel día no fue precisamente paz lo que encontró en las profundidades de la espesura. Mientras caminaba por un angosto sendero forestal, se topó con unos hombres de mal aspecto, que arrastraban sin miramientos a una muchacha inconsciente. Esta era apenas una niña y su pálido rostro presentaba señales de haber sido brutalmente golpeado. Edgar, indignado, se plantó delante de aquellos individuos y les preguntó qué pensaban hacer con ella. Uno de ellos le respondió:
-Vamos a arrojarla al río. Esta puta no merece seguir viviendo: es una bruja y ha mantenido relaciones con el mismo Diablo.
-¡Aunque eso fuera cierto, no permitiré que le hagan daño a esa pobre chica!
-Pues entonces también te mataremos a ti.
Pese a ser un joven soñador y con alma de poeta, Edgar era un muchacho fuerte y atlético, que además sabía dar buenos puñetazos cuando lo requería la ocasión. Así pues, decidió pelear y, aunque él también recibió unos cuantos golpes durante la refriega, finalmente consiguió poner en fuga a sus adversarios. Tras tomar aliento, agarró a la muchacha, que había caído al suelo, y le preguntó:
-¿Está usted bien, señorita? No se preocupe, soy un amigo.
La niña pareció recobrarse de su desmayo y abrió lentamente los párpados. Edgar reconoció que nunca hasta entonces había visto unos ojos tan bonitos… ni tampoco tan tristes.
…
Más de doscientos años después, una adolescente llamada April May invitó a unas amigas a dar una vuelta en el coche de sus padres, para celebrar su reciente aprobado en el examen de conducir. Entre las amigas que la acompañarían figuraba Amanda Martins, que tenía poderes de médium. Para invocar el alma de un difunto solo necesitaba tocar algo que le hubiera pertenecido en vida, tras lo cual no solo podía comunicarse con él, sino también proyectarlo hacia un cuerpo vivo para que lo poseyera temporalmente.
Todo fue bien hasta que se encontraron con un ciervo en medio de la carretera. April consiguió esquivar al animal, pero el coche acabó fuera de la calzada y con el motor inutilizado tras chocar con un árbol. Las jóvenes pasajeras resultaron ilesas, pero su situación distaba mucho de ser grata. Se hallaban perdidas en medio de un bosque poco transitado y tan alejado de la civilización que sus teléfonos móviles no tenían cobertura. Tras esperar en vano a que pasara alguien que pudiera ayudarlas, tomaron la decisión de separarse: April se quedaría junto a la carretera, esperando a que pasara algún coche, y las demás caminarían en distintas direcciones, en busca de alguna casa donde hubiera teléfono. Amanda caminó durante bastante tiempo sin encontrar a nadie, hasta que finalmente distinguió una destartalada choza, apenas visible bajo la sombra de los árboles. Aunque vieja y pobre, aquella choza debía de estar habitada, pues salía humo de la chimenea y, aunque era improbable que sus habitantes tuvieran teléfono, no se perdía nada por preguntar. Amanda llamó a la puerta y apareció una mujer muy anciana, que la invitó a pasar amablemente, diciendo:
-Llegas justo a tiempo, querida. Precisamente necesitaba algo para darles de cenar a mis niños.
Amanda, pensando que aquella buena mujer era demasiado pobre para alimentar a su familia, le ofreció todo el dinero que llevaba encima, pero la anciana lo rechazó y dijo:
-No, nena, no quiero tu dinero, te quiero a ti. Tú vas a ser la cena.
La vieja bruja, que era mucho más fuerte de lo que parecía, agarró a Amanda y la encerró en el cuarto trasero de la cabaña, donde la escasa luz que se filtraba entre las tablas apenas permitía distinguir varias cajas de madera, largas y oblongas como ataúdes, alrededor de las cuales se apiñaban innumerables huesos humanos. La aterrorizada Amanda recordó los rumores siniestros que corrían sobre aquel bosque, donde muchos excursionistas desaparecían sin que nunca más se volviera a saber de ellos. Presa del horror, chilló muchas veces pidiendo auxilio, pero la única respuesta a sus gritos fue el lejano graznido de un cuervo. Sin embargo, esos graznidos le sugirieron una idea. Ella llevaba consigo el talismán de la familia Martins, una vieja moneda de plata que había pertenecido al mismísimo Edgar Allan Poe. Usando aquella moneda como canal, Amanda invocó al espíritu de Poe y lo proyectó hacia el cuervo. Para que la posesión fuera permanente, Amanda tuvo que invertir toda su energía, con lo cual perdió para siempre sus facultades paranormales, pero consiguió que el alma de Poe se reencarnara en el cuervo. Adivinando que la muchacha estaba en un apuro y que debía buscar ayuda antes de que se despertaran quienes dormían en los ataúdes, el cuervo se fue volando hacia la lejana ciudad. Pero no se sentía muy optimista. El sol estaba a punto de ponerse y entonces Amanda sería devorada por los vampiros. Además, aunque consiguiera llegar a la ciudad a tiempo, ¿quién iba a tomarse en serio las palabras de un cuervo parlante? Todos pensarían que solo estaba repitiendo palabras aprendidas y probablemente nadie escucharía su mensaje.
Entonces, mientras sobrevolaba una colina rocosa, el cuervo se fijó en un hombre joven que parecía meditar sobre una peña. El aspecto de aquel hombre solitario tenía algo de extraño y de misterioso. Su cuerpo era fuerte, pero su rostro tenía una palidez enfermiza. Sus ropas estaban sucias y desgarradas por la maleza, pero tenía a su lado un objeto poco común: un sable de aspecto oriental, cuya hoja despedía un brillo blanquecino bajo los últimos rayos del sol poniente. Y, aunque parecía ensimismado, sus ojos reflejaban una profunda melancolía. El cuervo Poe intuyó que aquel hombre estaba acostumbrado a ver cosas más raras que un cuervo parlante. Se posó a su lado y le dijo:
-Hola. Necesito ayuda urgentemente y creo que solo tú puedes prestármela.
El hombre, sin mostrar especial sorpresa, lo miró y le dijo:
-¿Y por qué debería ayudarte, cuervo?
-Porque una vez, hace muchos años, vi unos ojos tan tristes como los tuyos.
El hombre no dijo nada, pero se irguió con su sable en la mano.
…
El sol ya se había puesto cuando la puerta de la choza cayó al suelo con un sonoro estrépito. La bruja se enfrentó al intruso con un largo cuchillo, pero él la tiró al suelo con un fuerte manotazo y a continuación el cuervo Poe se arrojó sobre ella para sacarle los ojos a picotazos. Loca de dolor, la bruja salió corriendo de la cabaña y no se detuvo hasta que se despeñó por una ladera, con fatales resultados. Amanda, desvanecida por la pérdida de sangre, se hallaba rodeada por una horda de vampiros, que lenta pero inexorablemente estaban absorbiendo el jugo de sus venas. Sin embargo, los monstruos soltaron a la chica cuando vieron una presa más apetitosa: un hombre joven y fuerte, que seguramente tendría mucha más sangre que ella. Pero aquel hombre, lejos de asustarse cuando los vampiros se arrojaron sobre él, sonrió y los esperó impertérrito, con su sable en la mano. Los vampiros lo atacaron por todos los lados, pero él se movía deprisa y no solo parecía ver en la oscuridad, sino que además sabía cuándo tenía un enemigo detrás de él, como si tuviese algún sexto sentido que lo advirtiera del peligro. Por otra parte, aquel sable, cuya hoja de acero estaba bañada en plata, era un arma letal para las criaturas de la noche, que no tardaron en caer muertas al suelo. Tras acabar con todos los vampiros, el hombre agarró a la desmayada Amanda y le dijo al cuervo Poe:
-Ha perdido mucha sangre, pero vivirá si la llevamos pronto a un hospital. Aquí ya no tenemos nada que hacer.
Mientras el hombre caminaba por el bosque con Amanda en sus brazos, el cuervo le dijo:
-¡Lo que es el Destino! Hace dos siglos, cuando era un muchacho, le salvé la vida a una chica que iba a ser asesinada por haber mantenido relaciones con un vampiro. Y hoy un descendiente de aquella chica (y del vampiro que la sedujo) me ha sacado las castañas del fuego. Por cierto, ¿cómo te llamas?
-Llámame Daniel. Aunque solo sea porque mi antepasado vampiro también tenía un nombre que empezaba por D.
Dicho esto, los dos extraños amigos siguieron caminando en silencio por el bosque, rumbo a las ya cercanas luces de la ciudad.





