Martha Carroll era una mujer de mediana edad, recientemente divorciada y madre de una hermosa hija adolescente llamada Laura. Aquella noche, cuando Martha llegó a su casa tras un duro día de trabajo en la oficina, se encontró con que Laura estaba más nerviosa de lo normal. Al principio la muchacha parecía reacia a dar explicaciones, pero ante las presiones de su madre confesó que estaba asustada. Aquella tarde había ido a la playa con sus amigas y, al volver, se habían separado, porque cada una vivía en un sitio diferente de la ciudad. Tras quedarse sola, Laura había tomado un camino rural poco transitado, que discurría entre el bosque y la vieja mansión de la familia Nessler. Entonces el atardecer ya estaba muy avanzado y no se veía a nadie por los alrededores, pero Laura, que conocía bien aquel lugar, no había sentido verdadero temor hasta que la asaltó la impresión de que alguien la estaba siguiendo. Volvió la vista atrás en repetidas ocasiones sin ver a nadie, pero oyó ruidos extraños procedentes del bosque, como si una persona o un animal de gran tamaño estuviese caminando sobre la hojarasca. Sintiéndose atemorizada, Laura empezó a correr sin mirar atrás y no se detuvo hasta que llegó al cruce con la carretera, justo a tiempo para subirse a un autobús urbano. Una vez dentro del vehículo, la muchacha dirigió una última mirada al bosque y vio cómo una sombra de gran tamaño surgía de la espesura. Parecía ser un hombre alto y fuerte, aunque, como ya había oscurecido, Laura no pudo distinguir sus rasgos. Martha escuchó con atención la historia de su hija e iba a decirle algo que la tranquilizase, pero entonces la puerta de la casa se vino abajo con un sonoro estrépito y, para horror de madre e hija, hizo su aparición un mono gigante de especie desconocida. La bestia se arrojó sobre ellas antes de que pudieran huir y agarró a la aterrorizada Laura. Su madre intentó ayudarla, pero el mono la derribó de un manotazo. Martha cayó al suelo y se sumió en las tinieblas de la inconsciencia. Cuando Martha se despertó de su desmayo, vio que su hija y el mono habían desaparecido. Su primer impulso fue llamar a la policía, pero entonces se dio cuenta de que no podía ofrecer un relato verosímil de la desaparición de Laura. Si les decía a los agentes que un mono gigante había raptado a su hija, pensarían que estaba loca o drogada. La gente sabía que estaba sufriendo una depresión y durante el proceso de divorcio su exmarido, que era un hombre poco escrupuloso, la había acusado en repetidas ocasiones de ser una persona inestable. Probablemente la policía no solo se tomaría a risa la historia del mono, sino que sospecharía de ella misma como autora de la desaparición de Laura. Así pues, Martha, en vez de recurrir a la policía local, llamó a un buen amigo suyo, que era agente del FBI especializado en investigar fenómenos extraños. Además, el agente John Martins también tenía una hija de la edad de Laura, por lo que no le costaría nada comprender la angustia de una madre en apuros.
…
El doctor Klaus Nessler era un brillante científico interesado por el ocultismo, pero también un temible criminal en sus ratos libres. Mediante extraños experimentos, había conseguido crear el agente perfecto: un monstruo leal e implacable, que, además, nunca podría delatarlo. Heracles, un mono creado artificialmente mezclando genes de gorila y de ser humano, había recibido la orden de traerle a su amo una bella jovencita y había cumplido su misión. Pero Nessler no había ordenado el rapto de Laura para satisfacer su lujuria, sino porque la necesitaba para realizar cierto ritual esotérico. Tras muchas gestiones, se había hecho con el último ejemplar del Necronomicón, un libro de magia negra escrito por un hechicero árabe de la Edad Media. En dicho libro figuraba un ensalmo para invocar a Lilith, un demonio primordial especialmente poderoso. Dicho ensalmo debía leerse a medianoche y convenía ofrecerle un sacrificio de sangre a Lilith, para que no se volviera contra quien había osado invocarlo.
Laura, convenientemente drogada, yacía sobre una piedra con forma de altar, en la cripta subterránea de la mansión Nessler, e iba a ser sacrificada en honor de Lilith. El dueño de la casa esperó a que fuera medianoche y leyó el ensalmo, pero este no produjo ningún efecto. Decepcionado y furioso, Nessler tiró al suelo el libro que tanto le había costado obtener. De todas formas, decidió mantener viva a Laura hasta la noche siguiente, cuando intentaría repetir el ritual. Si volvía a fallar, ya se ocuparía Heracles de deshacerse de la muchacha, que, de todas formas, no tenía ninguna posibilidad de escapar.
Pero al día siguiente Martins consiguió entrar en la cripta sin ser detectado por los guardias de Nessler. Él conocía bien aquel edificio, donde ya había estado en alguna ocasión, y sabía que solo alguien como Klaus Nessler podía servirse de un mono gigante para cometer sus tropelías. Pero tenía que actuar solo, pues no tenía pruebas contra Nessler y, por tanto, no podía pedir la colaboración de las autoridades. De hecho, había entrado en la casa ilegalmente, arriesgando tanto su carrera profesional como su propia vida.
Cuando Martins encontró a la inconsciente Laura, intentó despertarla, pero fue en vano, pues la muchacha seguía bajo los efectos de las drogas. También se fijó en el ejemplar del Necronomicón que Nessler había arrojado al suelo en un arrebato de ira e, intuyendo que no se trataba de un libro normal, lo recogió para echarle un rápido vistazo.
Mientras tanto, Nessler había sido informado por sus guardias de que alguien había entrado en la propiedad tras cortar una alambrada. Adivinando que se trataba de Martins, bajó a la cripta acompañado por Heracles y sorprendió al intruso cuando este ya estaba a punto de marcharse con Laura. Nessler, al verlo, sonrió cruelmente y dijo:
-¡Vaya, Martins, la alegría de verlo aquí casi compensa mi fracaso de la pasada noche! Será un placer ver cómo mi peor enemigo exhala su último aliento en mi propia casa.
Martins se llevó la mano al bolsillo donde tenía la pistola, pero Nessler no se asustó y continuó diciendo:
-Le aseguro que no podrá hacerle daño a Heracles con una simple pistola. Él no siente dolor y su cuerpo es duro como el acero. Puede matarme a mí, si lo desea, pero no conseguirá nada con eso. Heracles sabrá vengarme.
Comprendiendo que no ganaría nada sacando su arma, Martins abrió el libro que había recogido y leyó rápidamente el ensalmo que presuntamente podía invocar a Lilith. Nessler se rio, mientras Heracles permanecía inmóvil como una estatua, esperando a que su amo le ordenase despedazar al intruso.
-Martins, puedo asegurarle por experiencia propia que ese hechizo no sirve para nada. Y, aunque sirviera, solo tendría efecto si fuera medianoche.
Esta vez fue Martins quien sonrió:
-Ha olvidado usted un pequeño detalle, doctor Nessler. Este libro fue escrito por un autor árabe… y ahora mismo es medianoche en Arabia. El hechizo sí funciona, pero usted lo leyó en la hora equivocada.
Al oír esto, Nessler palideció y le ordenó a Heracles matar a Martins, pero ya era demasiado tarde. La invocación había terminado y había sido escuchada.
…
Poco después, Martins abandonó la mansión Nessler con Laura (aún inconsciente, para sana y salva) en sus manos. Iba lívido como quien ha visto el rostro del infierno, pero nunca quiso contarle a nadie qué había pasado en aquella cripta. En todo caso, jamás volvió a saberse nada del doctor Nessler ni de Heracles y cabe pensar que finalmente Lilith tuvo su sacrificio.





