Cuando Ruy llegó a la pubertad, empezó a tener pesadillas cuyo patrón era siempre el mismo: se soñaba caminando por un cuarto en penumbra, dirigiéndose hacia una ventana de la pared. Y al otro lado de la ventana lo miraba un enorme lobo negro de pupilas rojas, un lobo que, de alguna manera, parecía sonreír cuando sus miradas se cruzaban…
Por lo demás, su vida era apacible e incluso hubiera podido ser bastante feliz, de no ser por un único motivo de amargura: Ruy no sabía quién era su padre, ni siquiera si estaba vivo o muerto, y su madre nunca quería hablarle de él, como si formara parte de un pasado oscuro o pecaminoso que ella hubiera preferido olvidar. Así pues, la familia de Ruy se reducía a Rosa, su adinerada y atractiva madre, que aparentaba diez años menos de los que tenía realmente y que a simple vista parecía su hermana mayor más bien que su progenitora. Él se llevaba muy bien con ella y a menudo iban juntos al cine o al centro comercial, como si fueran dos buenos amigos en vez de madre e hijo. Así, Ruy podía olvidar el triste detalle de que no tenía verdaderos amigos de su edad, pues, a causa de su origen misterioso, sus compañeros de clase desconfiaban de él, pese a que generalmente era un muchacho amable y bondadoso.
Una tarde, cuando Ruy volvió del colegio, su madre le enseñó, con una sonrisa cómplice en los labios, dos entradas para el estreno de la nueva película de Star Wars. Siendo fan de la saga, Ruy se puso muy contento y subió rápidamente a su cuarto para cambiarse. Pero entonces tuvo una sensación terrible, más inquietante incluso que sus reiteradas pesadillas nocturnas. No era una sensación visual, sino puramente psíquica, pero su mente la asociaba a una sombra de forma siniestra, así como a unos versos de Edgar Allan Poe que había leído en clase de literatura (“la nube, que, cuando el resto del cielo era azul, tomó la forma de un demonio ante mi vista”). Ya había tenido una sensación semejante en una ocasión anterior, pocas horas antes de que su querida prima Carla (la única amiga de verdad que había tenido en su infancia) muriera asesinada por un compañero de clase que se había obsesionado con ella. Si Ruy se hubiera atrevido a hablarle de aquella sensación a su madre, la hubiera llamado “la sombra del Diablo”, pero no se atrevió, pues Rosa no quería saber nada de cosas raras (quizás porque, en otros tiempos, ella se había interesado demasiado por el ocultismo, con funestas consecuencias). Si su hijo le dijera que había empezado a ver cosas inexistentes, ella sería capaz de enviarlo a un psicólogo o (peor aún) de tirarle a la basura sus queridos cómics de terror, así que Ruy optó por callarse y poner buena cara cuando salió con su madre rumbo a los multicines del centro comercial.
Cuando llegaron a su destino, aparcaron el coche en el parking subterráneo y se acercaron a las escaleras que llevaban a la planta superior. Pero entonces un desconocido se plantó delante de ellos con una pistola en la mano y les dijo en voz baja:
-Vais a venir conmigo los dos. Y no se os ocurra hacer ninguna tontería.
Ruy, que no carecía de valor, hizo ademán de enfrentarse al desconocido, pero Rosa, francamente asustada, lo detuvo a tiempo y le ofreció su bolso a aquel individuo. Pero este rechazó su ofrecimiento y le dijo:
-No quiero tu dinero, guapa… os quiero a vosotros.
Dicho esto, les ordenó subir a una furgoneta aparcada en el rincón más oscuro del parking.
…
Después de un largo viaje por las calles menos transitadas de la ciudad, el secuestrador ordenó a sus víctimas (a las que había maniatado y amordazado con cinta aislante) bajar del vehículo. Se hallaban en un amplio sótano o garaje, donde había dos objetos incongruentes: una moderna videocámara instalada sobre un trípode y una amplia cama de matrimonio, situada enfrente del objetivo. Tras desatar a Rosa y a Ruy, aquel sujeto los amenazó nuevamente con su pistola y les dijo:
-No se os ocurra quitaros las mordazas. Lo que tenéis que quitaros es la ropa.
Dicho esto, el hombre acarició su arma, para indicar que desobedecer sus órdenes, por muy absurdas o humillantes que fueran, equivalía a una muerte inmediata.
Después de que madre e hijo se desnudaran, el secuestrador los ató de nuevo y los obligó a acostarse sobre la cama, como si fueran dos amantes. Luego activó la videocámara y les dijo:
-Una madre guapa en la cama con su hijo adolescente… Si supierais cuánto valdrá este vídeo en la Deep Web, seguro que lo haríais vosotros mismos. Con dinero hoy en día puede conseguirse cualquier cosa, incluso un hermoso incesto, ¿verdad? Pero aún falta algo, por si tenéis escrúpulos.
El secuestrador sacó de un botiquín una jeringuilla y le inyectó a Ruy un poderoso estimulante sexual, capaz de derretir la voluntad más férrea. Luego pulsó un botón, con lo cual la cama empezó a vibrar, y se puso a grabar tranquilamente aquella escena, como si se tratara del más inocente vídeo familiar.
Ruy intentó luchar contra los efectos de la droga, pero fue inútil. No solo se trataba de la química y de las vibraciones: también había algo más, algo monstruoso que emergía de su propio subconsciente y que hacía aquella situación en cierto modo placentera… no para su conciencia, pero sí para esa otra mente salvaje y terrible que todos albergamos en nuestro interior. Finalmente Ruy, tras una lucha tan feroz como inútil contra sus propias tinieblas mentales, eyaculó en el vientre de su propia madre, mientras sentía que una sombra aún más oscura que la de su subconsciente se apoderaba de todo su ser, haciendo que se olvidara de todo, salvo de un terrible deseo de venganza contra el hombre que lo había obligado a hacer algo semejante.
Su último pensamiento consciente antes de sumergirse en aquella negrura fue un fugaz recuerdo de la pesadilla que lo atormentaba todas las noches. Lo siguiente que pudo percibir tras aquel lapso de oscuridad fue el sabor de la sangre en su boca. De algún modo había conseguido romper sus ataduras y había clavado sus dientes en el cuello del secuestrador, como si fuera un animal salvaje atacando a su presa. El hombre, sorprendido por aquella inesperada acometida, no había tenido tiempo de sacar su pistola ni de esquivar el ataque. Ruy, aquel muchacho tímido y apacible que apenas había cumplido catorce años, lo había golpeado salvajemente hasta dejarlo sumido en la inconsciencia y luego lo había mordido hasta hacerle sangre. Quién sabe qué hubiera podido hacer a continuación si Rosa, tras quitarse la mordaza, no le hubiera gritado:
-¡No, Ruy! Si lo matas, ya no habrá vuelta atrás.
Aquellas palabras, como si formularan un hechizo, le devolvieron la conciencia a Ruy, que dejó caer el cuerpo del secuestrador y se sentó en el borde de la cama, con los ojos inundados de lágrimas. Rosa lo abrazó con fuerza e intentó tranquilizarlo con palabras cariñosas, mientras le secaba los párpados con la mano. Cuando fue capaz de hablar, Ruy balbuceó con la voz entrecortada por el llanto:
-Lo siento mucho, mamá. Yo… ¡te he violado!
-Tranquilo, cariño. No fuiste tú, sino… eso.
-¿Eso? ¿De qué estás hablando?
-De lo que hay dentro de ti, esa semilla monstruosa que tu padre plantó en mí antes de que nacieras.
-No… no entiendo nada, mamá.
-No importa. Pronto te lo contaré todo, pero primero debemos irnos de aquí.
-¿Y… no vamos a llamar a la policía?
-¡De ningún modo! Nadie más que nosotros sabrá nunca lo que ha pasado hoy en este lugar.
-¿Y él?
Rosa, que había estudiado Medicina, examinó rápidamente al inconsciente secuestrador y dijo con frialdad:
-Aunque este cerdo se recupere, que lo dudo, no se atreverá a decir nada, por la cuenta que le trae. Y, si lo hiciera, conozco formas de quitarlo de en medio. Como él mismo dijo, con dinero puede conseguirse cualquier cosa.
Una vez que Ruy hubo recuperado algo de ánimo, él y su madre se vistieron y se encaminaron hacia la salida. Solo entonces Ruy se percató de que aquel lugar era exactamente idéntico al cuarto de sus pesadillas, salvo por un detalle: en la pared no había una ventana, sino un espejo.





