Cacería De Vampiros

Durante siglos la secta de los Cazadores había perseguido a brujas, vampiros y demás seres de las tinieblas, empleando en ocasiones métodos más despiadados que los mismos monstruos. Pero la secta había fracasado rotundamente en sus intentos de destruir a Helene, una niña vampiro especialmente astuta y escurridiza. No sabiendo cómo enfrentarla directamente, los líderes de la secta decidieron emplear un método indirecto para destruirla. Si conseguían matar a Hecateo, el viejo vampiro que había convertido a He

Durante siglos la secta de los Cazadores había perseguido a brujas, vampiros y demás seres de las tinieblas, empleando en ocasiones métodos más despiadados que los mismos monstruos. Pero la secta había fracasado rotundamente en sus intentos de destruir a Helene, una niña vampiro especialmente astuta y escurridiza. No sabiendo cómo enfrentarla directamente, los líderes de la secta decidieron emplear un método indirecto para destruirla. Si conseguían matar a Hecateo, el viejo vampiro que había convertido a Helene en una hija de la noche, esta también moriría, así que, en vez de perseguirla a ella, iniciaron la cacería de su maestro. Pero Hecateo era un vampiro nómada y todas las personas que le habían visto la cara estaban muertas, por lo que no sería nada fácil localizarlo. Sin embargo, había razones para creer que había retornado al Próximo Oriente, donde solía vivir antes de convertirse en vampiro. No siendo suficiente este dato para proceder a su localización, los Cazadores pidieron la colaboración de un gran experto en vampiros, el agente del FBI John Martins, y de su hija preadolescente Amanda, que tenía dotes de médium.

La secta consiguió llegar a un acuerdo con los Martins y les pagó el viaje a cierta ciudad de la costa turca, donde tendría lugar una reunión para preparar la cacería.

Nada más llegar a su destino, el doctor Karras, máximo líder de la secta, se dirigió al mejor hotel de la ciudad, donde se había citado con los Martins. Mientras recorría las angostas calles de aquella vieja ciudad, Karras tuvo que abrirse paso dificultosamente entre una multitud de chiquillos harapientos que le pedían limosna. Cuando llegó a la recepción del hotel, revisó sus bolsillos y comprobó (con disgusto pero sin demasiada sorpresa) que los pequeños mendigos le habían robado la cartera. Pero conservaba el sobre donde llevaba las fotos de John y Amanda Martins, que le permitirían reconocer a sus aliados estadounidenses sin necesidad de preguntar por ellos. Echó una rápida ojeada a las fotos y vio que los Martins se encontraban en el bar del hotel, tomándose tranquilamente unos refrescos. Nada más reconocerlos, Karras se acercó a ellos y los saludó en perfecto inglés. Martins y su hija, que parecía una chica bastante educada para lo que se estila actualmente, respondieron amablemente a su saludo y lo invitaron a sentarse con ellos. Tras algunos comentarios intrascendentes, Karras decidió ir al grano:

-Nos consta que Hecateo está cerca de esta ciudad y, aunque no podemos estar seguros, creemos que fue él quien mató a uno de los nuestros la pasada noche.

Amanda dijo:

-¿Tiene usted algo que hubiera pertenecido a ese hombre? Me refiero a la última víctima de Hecateo.

Karras asintió y le entregó un crucifijo de oro a la muchacha.

-El pobre Konstantinos había visto demasiadas películas y pensaba que un simple crucifijo lo protegería del vampiro.

-Quizás esta reliquia no haya podido salvar la vida de su agente, pero a mí sí puede serme útil.

-¿A qué se refiere, señorita Martins?

-Puedo contactar con el alma de un difunto siempre que tenga en mis manos algún objeto de su propiedad. Cuando alguien muere a manos de un vampiro, se establece un nexo irrompible entre su alma y la de su asesino. Ese nexo permite a los vampiros más poderosos, como Drácula, convertir a los fantasmas de sus víctimas en sus aliados. Y a mí me permitirá localizar a Hecateo, a través de lo que me transmita el difunto señor Konstantinos.

Aquella misma noche varios vehículos de aspecto militar se aproximaron a las ruinas de un antiguo templo griego, en una zona desértica situada a varios kilómetros de la ciudad. En dichos vehículos viajaban Karras y sus mejores agentes, así como los Martins, que se habían empeñado en acompañar a los Cazadores. Karras no veía la necesidad de que Amanda arriesgara su vida inútilmente, cuando esta ya había cumplido su misión al revelarles el paradero del vampiro, pero no quiso insistir sobre el tema, por miedo a que sus objeciones pudieran ofender a la valerosa muchacha. Tras divisar las ruinas con sus prismáticos de visión nocturna, Karras ordenó detener los vehículos y continuar el viaje a pie, para que el ruido de los motores no alertara a los finos oídos del vampiro. Por ese mismo motivo, todos los miembros de la partida mantenían sus teléfonos móviles en silencio desde que habían abandonado la ciudad.

Los Martins se quedaron en la relativa seguridad del exterior, mientras Karras y sus hombres se adentraban sigilosamente en el templo, armados con ballestas y equipados con lentes de infrarrojos. Estas últimas les permitieron ver a un individuo pálido y andrajoso que estaba acuclillado entre los escombros. Hubiera podido pasar por un vulgar vagabundo de no ser porque estaba devorando ávidamente una pierna humana. Karras ordenó disparar sobre él y el monstruo bramó de dolor cuando las flechas con punta de madera alcanzaron su cuerpo. Sin embargo, no murió, sino que se irguió rápidamente y se encaró con los Cazadores, diciéndoles con voz iracunda:

-¿Cómo osáis atacarme? ¿Acaso pensabais que me mataríais con unos cuantos palos puntiagudos?

Karras, atónito, apenas fue capaz de decir:

-Pero… estas flechas estaban preparadas para matar vampiros.

Olvidándose de su rabia, el monstruo sonrió cruelmente y dijo:

-Pero es que yo no soy un vampiro, imbéciles. ¡Soy un gul (monstruo necrófago de las leyendas orientales)!

Dicho esto, el gul se arrojó sobre los sorprendidos Cazadores, destrozándolos a todos en cuestión de segundos, salvo a Karras, que consiguió cegarlo momentáneamente con el flash de una cámara fotográfica.

Tras una rápida carrera, Karras llegó al lugar donde estaban los Martins y les dijo:

-¡Ha habido un error! Lo que hay ahí no es un vampiro, sino algo peor. Voy a pedir refuerzos.

Entonces el doctor tomó su móvil y se percató de que había recibido un mensaje de sus colaboradores hacía algún tiempo (no se había enterado antes porque el dispositivo estaba en silencio). El mensaje decía: “Urgente: la policía nos ha informado de que John y Amanda Martins han aparecido atados y amordazados en su habitación del hotel.”

Karras, estupefacto, miró al hombre y a la muchacha que lo acompañaban. Ellos también lo estaban mirando a él, con unos ojos que brillaban como los de las fieras. Karras comprendió y chilló aterrorizado:

-¡Vosotros sois…!

El falso agente Martins completó la frase:

-Yo soy Hecateo y esta bella muchacha que me acompaña es la señorita Helene Belfort. Y no vamos a enorgullecernos por haber previsto vuestro plan de aliaros con los Martins. Ni tampoco por haberos tendido una trampa. ¡Los Cazadores sois tan previsibles!

-Pero… las fotos…

Entonces habló la falsa Amanda, es decir, Helene:

-¿Recuerda, doctor Karras, a los pequeños mendigos que lo acosaron mientras se dirigía al hotel? Yo estaba entre ellos, con la cara sucia y vestida con andrajos. Si un niño normal pudo robarle la cartera, imagínese lo fácil que me resultaría a mí cambiar el sobre de las fotos por otro con nuestros propios retratos. Claro que luego, en el hotel, usted hubiera podido reconocerme, pero no lo hizo. La mayoría de los humanos no se atreven a mirar fijamente a los niños pobres. Sus ojitos hambrientos son los espejos donde se reflejan los pecados de la Humanidad.

Dicho esto, Helene se calló y se limitó a ver cómo Hecateo mataba rápidamente al doctor Karras. Muerto el último de los Cazadores, los vampiros hicieron ademán de marcharse, pero entonces apareció el gul, que les dijo:

-¡Alto ahí! ¿Pensáis que os dejaré marchar? ¡Con lo que me gusta la carne de vampiro! Y, aunque intentéis huir, jamás podríais esconderos de mí. Tengo unos sentidos muy finos. Puedo oír el corazón de una rata al otro lado de las montañas.

-Entonces seguro que también oirás esto.

Mientras pronunciaba estas palabras, Helene agarró el móvil de Karras, puso el volumen al máximo y, tras encontrar en YouTube el vídeo de un concierto de rock, lo arrojó a la cabeza del gul. Este, enloquecido por aquella música atronadora para sus tímpanos hipersensibles, gritó de dolor y huyó hacia las silenciosas criptas del templo, olvidándose de los vampiros.

Helene le dijo a Hecateo:

-Ha sido un placer volver a verte y lamento que ahora debamos separarnos de nuevo. ¿Por qué no vienes conmigo?

Hecateo sonrió y dijo, mientras acariciaba el suave pelo de Helene:

-Estoy demasiado acostumbrado a la soledad. Además, somos muy diferentes. Yo no tengo escrúpulos, mientras que tú no eres demasiado cruel con nadie, ni siquiera con tus enemigos.

-¿Lo dices porque amordacé a los Martins en vez de matarlos?

-No, lo digo porque le pusiste al gul música rock, cuando hubieras podido hacerle mucho más daño poniéndole una canción de Maluma.

Helene se rio y se despidió de su maestro, que pronto desapareció entre las sombras de la noche.

 

 

 

 

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