Adiestramiento

ADIESTRAMIENTO (cuento fantástico): Tal como se narró en un relato anterior (“Principios y finales”), un muchacho de doce años llamado Hank Baker conoce a una atractiva y misteriosa compañera de clase, que resulta ser Helene Belfort, la niña vampiro. Cuando esta cobra confianza con él, le revela quién es realmente y le entrega una espada mágica, con la cual Hank deberá matar a un terrible monstruo que amenaza al mundo (y al que ya mató en una vida anterior). Pero Helene es consciente de que su nuevo amigo a

Tal como se narró en un relato anterior (“Principios y finales”), un muchacho de doce años llamado Hank Baker conoce a una atractiva y misteriosa compañera de clase, que resulta ser Helene Belfort, la niña vampiro. Cuando esta cobra confianza con él, le revela quién es realmente y le entrega una espada mágica, con la cual Hank deberá matar a un terrible monstruo que amenaza al mundo (y al que ya mató en una vida anterior). Pero Helene es consciente de que su nuevo amigo aún no está preparado para afrontar su misión y, como el tiempo apremia, decide someterlo a un adiestramiento intensivo antes del combate final.

...

Una tarde, poco antes del anochecer, Helene llamó a Hank y le dijo:

-Oye, ¿te acuerdas de que anteayer solo te puse un cinco de nota? Pues hoy voy a darte la oportunidad de mejorar tus calificaciones. Toma tu espada y espabila, que te estoy esperando en el bosque, cerca del viejo molino.

Hank no podía negarle nada a Helene (de quien estaba secretamente enamorado, por mucho que ella fuera un vampiro), así que sacó la espada del armario donde la había escondido y, para que nadie la viera, le puso la funda de sus palos de hockey. Cuando se reunió con su amiga en el lugar convenido, esta le dijo:

-No tiene sentido perder el tiempo luchando contra simples criminales humanos. Necesitas probar tus fuerzas ante adversarios más poderosos.

Hank, que no las tenía todas consigo, tragó saliva y preguntó con voz trémula:

-¿Y... dónde vamos a buscar esos adversarios?

Helene sonrió:

-No se trata de un dónde, sino de un cuándo. Uno de mis poderes es darle marcha atrás al tiempo, así que buscaremos a tu nuevo rival en el pasado.

-¡No me creo que puedas hacer eso! Nunca he visto una película donde los vampiros tengan ese poder.

-Bueno, es que realmente muy pocos vampiros lo tenemos. Hecateo, mi maestro, lo adquirió al absorber el alma de cierta hechicera con la cual tenía una cuenta pendiente. Y luego me lo transmitió a mí, cuando me dejó beber su sangre para salvarme la vida.

-Y entonces... ¿no podríamos viajar al día en el que murieron mis padres (los progenitores de Hank habían fallecido en un accidente de circulación cuando él era muy pequeño)? Así quizás podríamos salvarlos...

-Lo siento mucho, Hank, pero no puedo cambiar lo que ya ha sucedido. Si pudiera hacer eso, yo también habría impedido el asesinato de mis padres, pero es completamente imposible. Podemos asistir al momento en el que se escribió el libro, pero no borrar las palabras que ya están escritas. De veras que lo lamento...

-Bueno, no te preocupes. Haz lo que tengas que hacer.

Helene chasqueó los dedos y el ambiente que rodeaba a los dos amigos cambió súbitamente. El bosque crepuscular se había convertido en una extraña selva tropical, sometida a los rayos de un sol abrasador, y en un enorme lago, cuyas turbias aguas se extendían hasta más allá del horizonte. Hank no pudo contener una exclamación de sorpresa y Helene, anticipándose a sus preguntas, le dijo tranquilamente:

-Bienvenido a la Prehistoria. Desde luego el paisaje y el clima han cambiado bastante. Este ambiente me recuerda al de un cuento de Poe titulado “Silencio”. ¿Lo has leído?

-No me gustan los cuentos de Poe, me parecen muy viejos y aburridos.

-¡Vaya! Si Mister Poe te oyera, sería capaz de arrancarte los ojos a picotazos.

-¿Cómo? ¿A picotazos?

-¡Mejor cambiemos de tema! Y vete preparando tu espada, porque creo que el enemigo se acerca.

Entonces surgió del lago una gigantesca serpiente, que llevaba en sus fauces un enorme caimán, tal como una culebra normal podría llevar un ratón o una lagartija. Hank palideció al verla y le preguntó a Helene con voz trémula:

-¿Quieres decir... que vamos a luchar contra esa cosa?

Helene le respondió con toda tranquilidad:

-No exactamente. Vas a tener que luchar tú solito.

-Pero...

-No hay peros que valgan. Recuerda que debes adiestrarte. Además, aunque quisiera no podría hacer nada. La luz solar anula todos mis poderes, salvo la inmortalidad.

-¿Y no podrías retrasar el tiempo unas horitas más, para que sea de noche?

-Para eso necesitaría mis poderes y ya te he dicho que ahora mismo no cuento con ellos. ¡Vamos, deja de quejarte y ponte en guardia, que ella se está acercando!

Efectivamente, la serpiente había soltado su presa y se dirigía, lenta pero inexorablemente, hacia los intrusos que habían osado invadir su territorio. Helene se sentó sobre una de las rocas que bordeaban el lago, tan tranquila como si fuera a presenciar un partido de tenis, y Hank, comprendiendo que no podía contar con ella, se preparó para el combate. Pensó:

-Esa serpiente debe de ser muy fuerte, pero es demasiado grande para moverse con rapidez en tierra firme, así que será mejor usar la técnica de la mangosta. Primero me limitaré a esquivar sus ataques y luego, cuando empiece a cansarse, pasaré a la ofensiva.

Efectivamente, Hank esquivó sin demasiados problemas las acometidas de la serpiente, cuyos movimientos eran bastante lentos y previsibles. Cansado de aquel juego infructuoso, el monstruo, aparentemente extenuado, se enroscó sobre sí mismo y fijó sus gélidos ojos en el pequeño pero escurridizo enemigo al que no podía alcanzar. Pero Hank no se asustó y le devolvió la mirada. Aquel era el momento que el muchacho estaba esperando. Y la serpiente también.

...

Helene, viendo que su amigo estaba a punto de caer en una trampa, intentó advertirlo, pero antes de que pudiera decirle nada unos enormes tentáculos surgieron rápidamente del lago. La atraparon y la tiraron al agua, sin que Hank, que solo tenía ojos para la serpiente, se diera cuenta de que su amiga también estaba en peligro. Helene no necesitaba aire para respirar, pero estaría perdida si el pulpo gigante que acababa de atraparla conseguía llevarla a su guarida, situada a cientos de metros bajo la superficie. Sus desesperados esfuerzos para liberarse fueron vanos, hasta que los tentáculos la arrastraron hacia las profundidades del lago, adonde nunca llegaba la luz del sol. En aquella oscuridad podía usar nuevamente sus poderes, así que volvió intangible su cuerpo para poder escapar de los tentáculos que la habían apresado. Luego nadó rápidamente hasta la superficie, adonde consiguió llegar antes de que el pulpo comprendiera que había perdido a su presa. Mediante un último esfuerzo, la niña vampiro consiguió llegar a tierra firme, sana y salva pero en paños menores, pues su uniforme escolar había quedado abajo, pegado a las ventosas del pulpo.

Mientras tanto, Hank seguía mirando fijamente a la serpiente, sin darse cuenta de que estaba siendo hipnotizado por la fría mirada del reptil, que solo aguardaba a que el muchacho estuviera completamente paralizado para arrojarse sobre él y matarlo. Helene lo llamó, pero antes de que pudiera revelarle el plan del reptil los tentáculos del pulpo la atraparon de nuevo, tapándole la boca y ahogando su voz. Sin embargo, su llamada había sido suficiente para liberar la mente de Hank del hechizo que la dominaba. La serpiente, dándose cuenta de que su plan para hipnotizar al muchacho se había ido a pique, se lanzó furiosa sobre él, pero Hank la esquivó fácilmente, cortó con su espada los tentáculos del pulpo antes de que se llevaran a Helene y, tras rescatar a su amiga, se enfrentó nuevamente a la serpiente. Esta ya no podía hipnotizarlo, pues Hank ya no prestaba atención a sus ojos: acababa de ver a Helene en paños menores y, naturalmente, ya no podía pensar en ninguna otra cosa. Sintiéndose cansada y viendo que ya no tenía ventaja sobre su adversario, la serpiente se rindió y retornó al lago, bajo cuyas aguas desapareció para siempre, al igual que el pulpo.

Viéndose vencedor del combate, Hank le preguntó a Helene:

-Bueno, ¿hoy qué nota me pones?

-Un seis.

-¿Cómo? ¡Solo un seis, no un diez! ¡Pero si he ganado el combate sin sufrir ni un rasguño!

-Sí, pero he tenido que ayudarte.

-¿Qué? ¡Si he sido yo el que te he salvado a ti!

-Cierto, pero, si no hubieras estado pensando en mí, la serpiente te habría hipnotizado y seguramente habrías acabado en su estómago.

-¿Pensando en ti? ¿Por qué clase de pervertido me tomas?

-Vale, perdona. Entonces será que llevas otra espada en el bolsillo.

Solo entonces Hank se dio cuenta de que había tenido (y todavía tenía) una erección.

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