Cuando el crucero levó anclas tras visitar una isla del Caribe, nadie se percató de que llevaba dos pasajeros extra. Uno de ellos era un hombre alto, que llevaba encima demasiada ropa para el clima caribeño y cuyo rostro estaba cubierto de vendajes, seguramente para ocultar las secuelas de algún terrible accidente. Lo acompañaba una hermosa niña de unos doce o trece años, que quizás fuera su hija y que tenía un rostro bastante pálido, como si su piel fuera impermeable a los efectos del sol tropical.
Se acercaba la hora de la cena y los dos paseaban por el comedor, indiferentes a los deliciosos platos que cubrían las mesas y a la elegante multitud que los rodeaba. El hombre con el rostro vendado se fijó en alguien y le dijo a la niña en voz baja:
-¡Helene, ya lo he visto! ¿Cuándo podré matarlo?
-Aún no, Andrés. Pronto, a su debido tiempo…
Andrés quiso preguntarle algo a Helene, pero finalmente optó por guardar silencio, pues había demasiada gente en el comedor y aquella conversación no era apta para oídos indiscretos.
...
Tres años antes, en las profundidades de la selva africana, un hechicero indígena se acercó a un afluente del río Congo para realizar sus abluciones rituales. En la orilla encontró a un hombre blanco gravemente herido, que aparentemente había sido atacado por los cocodrilos. El hechicero, que tenía buen corazón, se llevó consigo a aquel desconocido y le aplicó toda clase de cuidados, pero no tuvo éxito. Aquel desdichado se moría sin remedio y el brujo, desesperado, le suministró el único brebaje que podía salvarle la vida. Aquella droga ancestral le otorgó al moribundo una fuerza y resistencia sobrehumanas, que finalmente le permitieron sobrevivir a sus heridas. Pero, al mismo tiempo, le provocó terribles deformaciones en todo su cuerpo, las cuales, unidas a las secuelas del ataque que había sufrido, le dieron un aspecto realmente monstruoso. Durante los años siguientes circularon entre los nativos extraños rumores sobre una criatura de aspecto aterrador y vagamente antropoide, que vivía en la selva y ocasionalmente se acercaba a las aldeas para robar comida. Nunca le había hecho daño a nadie, pero su aspecto era tan terrible que todos lo temían. Como el lector habrá adivinado, el monstruo de la selva era el mismo hombre que había bebido el brebaje del hechicero. Condenado por su aspecto a vivir en soledad, aquel desdichado hubiera podido resignarse a su suerte, de no ser por el ardiente deseo de venganza que le carcomía el corazón. Su único objetivo en la vida era matar a un hombre que en otros tiempos había sido su amigo, pero que después lo había traicionado vilmente, provocando además la muerte de la mujer que amaba.
El hombre de la selva buscó con afán a su adversario, pero este había abandonado África para volver a su España natal. El frustrado vengador se dio a la desesperación, pues su monstruosa apariencia le impedía volver a la civilización. Pero una noche se encontró con una misteriosa niña, hermosa y pálida como la luna que brillaba sobre la selva. Aquella niña era, en realidad, un vampiro, que recorría el mundo en busca de otros seres extraños que quisieran ser sus amigos. Y él aceptó convertirse en un nuevo miembro de su extraña “familia”, con una única condición: que ella lo ayudara a obtener su venganza.
…
El joven y eminente antropólogo Alberto Santos había conseguido volver a la civilización, aun cuando había sido dado por muerto después de que su expedición fuera diezmada por una tribu salvaje. Varios años de convivencia con los indígenas le habían suministrado numerosos conocimientos, que había publicado en las más prestigiosas revistas de antropología y en varios libros con gran éxito de ventas. Sin embargo, se había guardado para sí mismo mucho de lo que había aprendido en África. Los ancianos de la tribu lo habían iniciado en los arcanos de la magia negra y también en la ciencia del Mal. Corrompido por las siniestras enseñanzas que había recibido, así como por los diabólicos brebajes que había bebido durante su iniciación, Alberto se había convertido en un ser malvado, hasta el punto de que había matado a su propia hermana y al novio de esta por pura crueldad. O eso era lo que él pensaba, porque, en realidad, una de sus presuntas víctimas estaba en el mismo barco donde él disfrutaba de sus vacaciones. La hora de la venganza se aproximaba, pero antes Helene tenía que dar su autorización. Andrés ignoraba a qué diablos esperaba la niña vampiro, pero su vida en la selva le había inculcado el don de la paciencia y, en todo caso, ella misma había dicho que pronto se desencadenaría el ataque.
…
La cena pasó sin novedad. Los vengadores no probaron bocado y se limitaron a vigilar a Alberto, quien, ajeno a la amenaza que se cernía sobre él, disfrutaba de un carísimo vino francés en compañía de una muchacha muy atractiva. Pero, de repente, una voz infantil pronunció una sola palabra:
-¡Ahora!
Andrés, que tenía todos sus músculos en tensión desde hacía mucho tiempo, reaccionó al instante. Aún no había acabado Helene de pronunciar la última sílaba cuando él ya había agarrado el cuello de Alberto. La acompañante de este gritó asustada y, alertados por el barullo, varios guardias de seguridad aparecieron en el comedor para separar a los contendientes. Pero Helene no había permanecido inactiva. Se había acercado a una de las grandes ventanas del comedor y le bastó un solo codazo para romper aquellos gruesos cristales, que hubieran podido soportar los embates de un huracán. Numerosos murciélagos entraron por la ventana rota y se abalanzaron sobre los sorprendidos guardias, provocando el caos en el comedor. Cientos de personas, espantadas por aquella inesperada invasión, intentaron huir a sus camarotes empujándose e incluso pisoteándose entre ellas, de modo que la turbamulta acabó provocando más daños que los propios murciélagos. Incluso los guardias y la novia de Alberto habían escapado, de modo que en el comedor ya solo quedaban los dos vengadores y su víctima. Andrés arrojó al suelo a Alberto, pues no quería matarlo sin que este supiera quién sería su Némesis. Mientras el antropólogo jadeaba ansioso por llenar sus pulmones de aire, Andrés le dijo:
-¿Sabes quién soy?
A pesar de todo, Alberto fue capaz de dedicarle una sonrisa cínica a su agresor:
-A juzgar por tu aspecto y por su actitud, solo puedes ser el bueno de Andrés. Pensé que habías acabado en el estómago de un cocodrilo, pero veo que has sobrevivido. Aunque ahora eres más feo.
-¡Y también más fuerte!
-Ya lo he comprobado… pero no creas que eres el único que se ha fortalecido últimamente.
Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, Alberto se irguió y se llevó a la boca una pequeña pócima que había sacado del bolsillo mientras estaba en el suelo. Bebió rápidamente su contenido y en cuestión de segundos su piel adquirió un tono grisáceo. Adivinando que estaba preparando un contraataque, Andrés le propinó lo golpeó en pleno rostro, pero aquel puñetazo, que hubiera sido mortífero para un hombre ordinario, no le causó el menor daño a Alberto. Este no tardó en responder al golpe y Andrés se dobló de dolor después de que el puño de su adversario lo alcanzara en la boca del estómago. Viendo que había cobrado ventaja, Alberto, que no había dejado de sonreír, dijo así:
-El brebaje que acabo de tomar le da a mi organismo la dureza y la resistencia del acero. Por muy fuerte que sea tu cuerpo, sigue siendo de carne y hueso. Dado que estás perdido, dime, Andrés, ¿cómo quieres que te mate?
Entonces habló Helene, que hasta entonces había permanecido al margen:
-Andrés, ¿sigues queriendo vengarte personalmente o no te importa que te eche una mano?
El aludido escupió algo de sangre y respondió con una voz apenas audible:
-No me des lo que quiero… sino lo que necesito.
Helene asintió y chasqueó los dedos, como hacía siempre que usaba su magia. Entonces una fuerza invisible agarró a Alberto y lo arrojó al mar a través de una ventana, cuyos cristales estallaron en pedazos al recibir el impacto. Luego la niña vampiro ayudó a Andrés a levantarse y le dijo:
-Esto ha terminado. Alberto selló su propio destino al convertir su carne en acero. Su cuerpo se hizo más fuerte, pero también más pesado, de modo que no podrá nadar y se hundirá en el océano.
Pero Andrés objetó:
-No estoy seguro. Posiblemente conoce alguna forma de revertir el hechizo y devolver su cuerpo a su estado normal.
-En efecto. Y lo ha hecho, pero así solo ha conseguido cambiar su forma de muerte.
Helene le mostró a Andrés la mancha de sangre que se extendía sobre la superficie del mar y le dijo:
-Por eso te dije que esperaras. Teníamos que llegar a un lugar donde hubiera tiburones.





