En anteriores relatos hemos conocido a Xela, una niña de trece años que descubre la existencia de la magia cuando se hace amiga de Ruy, un misterioso licántropo. Al mismo tiempo, en la apacible ciudad española donde vive empiezan a producirse inquietantes casos de vampirismo. La crisis final es inevitable y cada vez está más cerca. Pero dejemos que nos lo cuente ella misma.
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Una mañana de febrero, cuando salía del instituto, mi amiga Alma se acercó a mí y dijo en voz baja que quería comentarme una cosa importante. Debo decir que Alma, además de una buena amiga, era la chica más guapa de la clase y, aunque apenas tenía catorce años, ya había trabajado como modelo en un catálogo de ropa infantil y juvenil. Tras asegurarse de que no había oídos indiscretos al acecho, me dijo:
-En la agencia han vuelto a llamarme, me han seleccionado para el nuevo catálogo de primavera-verano.
-Pues genial, ¿no?
-Sí, pero eso no es lo importante. Necesitan urgentemente otra chica de nuestra edad y les he hablado de ti. ¿Qué te parece ir conmigo a la próxima sesión? Como llevas tanto tiempo en el grupo de teatro, seguro que se te da bien posar.
A mí la publicidad y la moda no me interesaban especialmente, pero de mayor quería ser actriz y quizás trabajar como modelo me sirviera para ganar soltura ante las cámaras. Tras pensármelo durante unos segundos, le dije a Alma:
-Me parece buena idea, pero no sé qué requisitos piden.
-Bueno, al ser menor de edad, tendrás que presentar una autorización firmada por tu padre o por tu madre. Y es obligatorio posar en bikini, porque se trata de anunciar ropa para el verano.
A mí no me importaba posar en bikini, pero, realmente, no sabía si mis padres querrían firmarme la autorización. Al parecer, ellos no tenían muy clara la diferencia entre una agencia de modelos y una red de trata de blancas, así que tendría que pensar algún truco para conseguir su firma. Mientras comíamos, no les dije nada del tema y, en cambio, no paré de hablar del grupo de teatro. Luego, cuando mi padre ya se había ido y mi madre estaba distraída con el telediario de sobremesa, dije como quien no quiere la cosa:
-Mami, dentro de poco van a hacerme unas fotos. ¿Me firmas la autorización?
Y le puse el papel delante de los ojos. Ella pensó que era algo relacionado con el grupo de teatro y lo firmó sin haberlo leído, con lo cual conseguí la ansiada autorización sin necesidad de soltar ninguna mentira.
El sábado por la mañana quedé con Alma en la entrada de la agencia, que se hallaba cerca del paseo marítimo, en uno de los sitios más bonitos y exclusivos de la ciudad. Entramos y Laura, la directora, nos recibió amablemente. Era una mujer aún joven, tan guapa que ella misma parecía una modelo y de modales encantadores. Tras una rápida presentación, nos invitó a bajar con ella al sótano, donde tendría lugar la sesión.
Cuando ya estábamos abajo, Laura se fijó en que llevaba colgada del cuello la mariposa de plata que me había dado Ruy. Entonces me dijo:
-Xela, cariño, antes de cambiarte deja tu colgante sobre la mesa. Durante la sesión solo podéis llevar puestos los bikinis, ¿vale?
-Vale. Bueno, supongo que no le pasará nada. Es que es muy valioso para mí.
-Tranquila, aquí todos somos de fiar.
Me quité el colgante y lo puse sobre la mesa, tal como me había dicho Laura. Cuando esta vio que me había desprendido de él, dibujó en su rostro una sonrisa un tanto extraña y durante un instante me pareció que sus ojos estaban brillando. Vagamente inquieta, intenté recuperar el colgante, pero entonces ella me agarró fuertemente por un brazo y me dijo:
-Ya no necesito disimular más, nena. Bienvenida al Infierno.
No pude contener un grito de terror cuando comprendí que aquella hermosa y agradable mujer era un vampiro. Pero allí no había nadie que pudiera ayudarme: salvo la pobre Alma, que estaba tan asustada e indefensa como yo, todas las personas que se hallaban en el edificio, desde la recepcionista hasta los fotógrafos, eran vampiros. Cuando me oyeron gritar bajaron todos al sótano, relamiéndose los labios como si ya estuvieran saboreando nuestra sangre. Alma intentó huir, pero la recepcionista la atrapó y la arrojó al suelo, con tanta fuerza que tuvo suerte de no romperse una pierna. Estábamos atrapadas y, para colmo de males, mis padres no sabían dónde estábamos, pues yo no les había dicho nada (los de Alma sí lo sabían, pero estaban fuera de la ciudad y no volverían hasta la noche). Pero lo realmente terrible era que Ruy, el único que habría podido rescatarnos, tampoco lo sabía, pues hacía mucho tiempo que no hablaba con él y, naturalmente, no podía saber nada de aquella maldita sesión de fotos. Si al menos hubiera conservado mi colgante, lo habría usado para rechazar a los vampiros, que pueden morir si tocan la plata. Pero ya no lo tenía conmigo, de hecho miré y ni siquiera estaba donde lo había dejado (esto era extraño, pues ningún vampiro se hubiera atrevido a llevárselo, pero tenía otros problemas más urgentes en los que pensar).
Al menos no estaba previsto que muriéramos en aquel mismo momento, pues los vampiros querían desangrarnos lentamente. Laura, como reina y maestra de la horda, sería la primera en beber nuestra sangre y luego, cuando ella hubiera satisfecho su apetito, sus acólitos se turnarían civilizadamente para propinarnos sus besos de muerte. Después de atarnos para que no perturbáramos su festín, Laura se acercó a nosotras con su carnosa boca húmeda de deseo, sin hacer caso de las lágrimas ni de las súplicas de Alma (yo, aunque estaba tan asustada como mi amiga, siquiera intenté suplicar, pues sabía que sería inútil).
Pero entonces, mientras Laura empezaba a lamer mi garganta (pues había decidido empezar por mí), vi que una mariposa revoloteaba a mi alrededor, igual que el día que conocí a Ruy. Y entonces apareció él, todavía en su forma humana (no hubiera podido moverse por la ciudad en forma de lobo), pero con un brillo bestial refulgiendo en sus feroces ojos negros. Un vampiro se arrojó sobre él, pensando que era una persona normal y que también podría formar parte del menú, pero Ruy se transformó rápidamente y el monstruo cayó al suelo, prácticamente partido en dos por una tremenda dentellada del lobo. Aproveché la confusión que se había apoderado de los vampiros para ayudar a Alma, que estaba completamente paralizada por la sorpresa y el terror, pero que reaccionó pronto cuando comprendió que aquella era nuestra única oportunidad para escapar de allí. Nos desatamos la una a la otra y nos dirigimos hacia las escaleras a toda prisa. Los vampiros intentaron detenernos, pero Ruy se arrojó sobre ellos, destrozó rápidamente a algunos e inició una lucha a muerte con los demás. En pleno combate, aún tuvo tiempo de dirigirme algunas palabras (él podía hablar en su forma lupina, aunque su voz se volvía tan ronca que no era fácil entenderlo):
-Id arriba… y cuando veáis la caja de fusibles… activad el botón rojo. Hasta siempre, Xela.
Alma y yo subimos las escaleras lo más deprisa que pudimos, mientras Ruy contenía a los vampiros. Estaba claro que él no podría detener a tantos monstruos durante mucho tiempo, pero de todos modos nos dio tiempo de llegar a la caja de fusibles, que se hallaba junto a la mesa de recepción. Activé aquel botón, que, como sabría después, encendía todas las luces del sótano. Aquella luz era excesiva para los vampiros y sus cuerpos estallaron a la vez, provocando una fuerte explosión y el consiguiente hundimiento del suelo. Alma y yo conseguimos salir in extremis de aquel edificio maldito y solo cuando nos vimos en plena calle, rodeadas por una multitud de personas que se habían acercado atraídas por el estampido, nos detuvimos para tomar aliento. Alma me preguntó:
-¿Él… ese monstruo también habrá muerto?
Mi primera respuesta fue un no rotundo, acompañado por estas palabras:
-¡Qué tontería! ¡Si él sabía lo que iba a pasar!
Pero entonces recordé las últimas palabras que me había dicho: “hasta siempre, Xela”. Y lo único que pude hacer a continuación fue llorar como una niña pequeña.
…
Aquel día, mientras Alma intentaba consolarme, un agente de policía me preguntó:
-Disculpe, señorita, ¿esto es suyo?
Y me entregó la mariposa de plata. Yo, animada por una súbita esperanza, le pregunté:
-¿De dónde ha sacado eso?
El agente titubeó y dijo:
-Me lo dio alguien que lo había encontrado en el suelo. Pero estaba pensando en otras cosas y ni siquiera me fijé en su cara.
Ha pasado mucho tiempo. Nunca más volví a ver a Ruy ni a saber de él, pero la mariposa de plata sigue conmigo. Y seguirá para siempre.





