Hace muchos años, un príncipe chino, viéndose atormentado por intrincados problemas, llamó a su corte a dos sabios de gran prestigio. Uno de ellos era un monje taoísta que creía en la magia y el otro era un letrado confucionista que solo creía en el pensamiento lógico. Tras recibir con suma cortesía a ambos sabios, el príncipe les expuso el primero y menos grave de sus problemas:
-Yo solía guardar en mis aposentos privados cierta joya, pequeña en cuanto a su tamaño, pero insuperable en cuanto a su valor, que había heredado de mis augustos antepasados. Una tarde, dejé dicha joya en mi alcoba y cuando volví a buscarla, poco tiempo después, había desaparecido como por arte de encantamiento. Yo mismo, al salir, había dejado la puerta bien cerrada y cuando volví la hallé igualmente cerrada, de modo que nadie pudo haber entrado en la alcoba para robar mi joya, pues solo yo poseo una llave capaz de abrirla. Y, además de dicha puerta, no existe ninguna otra vía de acceso al interior de la alcoba, salvo una pequeña ventana que da al jardín, muy estrecha y por la cual no podría entrar ni salir ni siquiera un mono o un niño de corta edad. Sin embargo, numerosos y minuciosos registros han confirmado que la joya ya no se halla en el cuarto donde la dejé, de modo que mi humilde juicio de halla desbordado por la magnitud del problema, cuya solución os encomiendo.
El monje fue el primero que habló y dijo:
-Sin duda, el alma de alguno de vuestros nobles ancestros echaba de menos la joya y ha retornado del Más Allá para llevársela consigo. Es sabido que no hay puerta ni muro que pueda contener a un fantasma dispuesto a llevarse lo que le pertenece. Sin embargo, si rezo las oraciones propicias, acaso ese espíritu acceda a devolveros vuestra joya y esta reaparezca en vuestros aposentos tan misteriosamente como partió de ellos.
Entonces habló el letrado y dijo:
-Con el permiso de vuestra alteza, me gustaría examinar los árboles de vuestro jardín mientras mi honorable compañero reza sus oraciones.
El letrado recibió el permiso del príncipe y salió del palacio para examinar los árboles del jardín. Poco después, volvió con la ropa sucia y desgarrada, pero con la joya desaparecida en la mano. Tras devolvérsela a su sorprendido dueño, le dijo:
-Cerca de la ventana de vuestros aposentos se extienden las ramas de un frondoso árbol y en estas, medio oculto por el follaje, encontré un nido de urracas. Sin duda, una de esas aves entró en vuestro cuarto por la ventana y, siguiendo el hábito común de su especie, se llevó en el pico vuestra joya para guardarla en su nido, donde acabo de encontrarla.
El príncipe felicitó al letrado por su agudeza, aunque sin elevar demasiado el tono de sus alabanzas, para no ofender al monje. Luego, les dijo a los dos sabios cuál era el segundo y más grave de los problemas que lo atormentaban:
-La pasada noche, el general Wong, comandante de mis ejércitos, apareció asesinado en su propio cuarto de un modo tan extraño que invita a creer en una intervención diabólica. El general estuvo cenando conmigo la velada anterior a su muerte y recuerdo que lo último que hizo antes de retirarse fue beber una copa de vino de arroz que le suministró su criado. Aunque no presencié personalmente los hechos posteriores, los testigos me han hecho un relato coherente de los mismos: pocas horas después de que el general se acostara, su criado estaba charlando con los soldados de mi guardia cuando todos ellos oyeron un grito de terror y agonía procedente del cuarto donde dormía el general. Y, aunque deformada por el miedo y el dolor, aquella era la inconfundible voz ronca del general Wong. Guiado por el temor y la fidelidad, el criado salió corriendo a ver qué le pasaba a su amo y entró en su cuarto (no sin antes usar todas sus fuerzas para derribar la puerta, que estaba cerrada por dentro). Una vez en el interior de la alcoba, el criado descubrió a su amo inmóvil sobre su lecho e intentó reanimarlo, pero vio que estaba muerto: tenía una daga clavada en su corazón y el pecho cubierto de sangre fresca. Pero allí no había nadie más que el muerto y todas las ventanas estaban cerradas por dentro, de modo que ni siquiera un pájaro hubiera podido acceder al interior, ni tampoco salir sin ser visto por el criado o por los soldados de mi guardia, que acudieron poco después. Wong era un hombre duro y, sin duda, no le faltaban enemigos de carne y hueso incluso dentro de mi propio palacio, pero no acierto a comprender cómo pudieron haberlo asesinado dentro de un cuarto cerrado.
El monje dijo:
-Sin duda, alguien ha invocado a un demonio para que asesinara al general en su lecho. Ahora lo único que se puede hacer es realizar una ceremonia de exorcismo para que el demonio no pueda volver jamás al palacio.
Y dijo el letrado:
-Me gustaría examinar la copa de la que bebió el general antes de acostarse.
Al oír esto, el príncipe respondió, extrañado:
-No hay inconveniente, pero Wong no murió envenenado, sino apuñalado.
-No lo he olvidado, excelencia. Pero, aun así, me gustaría examinarla.
Dicha copa le fue entregada al letrado, quien la acercó a su nariz y la olfateó. Aunque dicha copa había sido vaciada y lavada varias horas antes, aún se desprendía de ella un ligero aroma, que no tenía ninguna relación con el olor habitual del vino de arroz. El letrado dijo así:
-Esta copa contenía una droga mezclada con el vino, una droga que turba el sueño de quien la consume con terribles pesadillas. El general no gritó porque lo estuvieran asesinando, sino acosado por los horrores de un mal sueño provocado por la droga.
El príncipe lo interrumpió para exclamar:
-¡Pero la daga que lo mató no fue, precisamente, una daga soñada!
-Lo sé, mi señor, aquella fue la daga de su propio criado: el mismo criado que le suministró la droga y que lo acuchilló cuando entró en su cuarto, con la excusa de ver qué había provocado su grito. Cuando llegaron los soldados, su daga ya había cometido el crimen, sin que hubiera ningún testigo directo de su fechoría. En cambio, sí había muchos testigos de que él no estaba en el cuarto de su amo cuando este gritó… y, como todos pensaron que el general había sido asesinado en el mismo momento en el que había gritado, a nadie se le hubiera ocurrido sospechar de él.
El príncipe, aunque no del todo convencido por las razones del letrado, ordenó a sus guardias que le trajeran al criado del general para someterlo a un severo interrogatorio. Sin embargo, nadie pudo hallar al criado. Este había huido del palacio, dejando tras de sí un breve manuscrito, donde confesaba su crimen y se felicitaba por haber conseguido vengarse impunemente de aquel amo cruel que tantas veces lo había humillado.
El príncipe colmó de alabanzas y regalos al letrado, que también recibió las felicitaciones del monje. Aquella misma tarde, el letrado se encontró a solas con el monje en el jardín y le dijo:
-Podéis ver, buen amigo, que la magia no existe y que todo cuando sucede en el mundo, por muy misterioso e intrincado que parezca, siempre tiene una explicación racional para quien esté dispuesto a buscarla.
El monje suspiró tristemente y dijo:
-Así es, de modo que yo ya no hago falta aquí y será mejor que me marche.
Dicho esto, el monje se convirtió en un pájaro azul y se fue volando del jardín, para no volver a ser visto entre los hombres nunca más.





