LOS CONDENADOS

LOS CONDENADOS

En la oscuridad de un pueblo olvidado por el tiempo, donde los susurros del viento eran preludios de desgracias y las sombras se arrastraban como entidades vivas, la leyenda de los condenados se alzaba como un espectro sobre los corazones de sus habitantes. Se decía que en las noches de luna llena, cuando el cielo se veía inundado por un plateado resplandor y los árboles crujían como testigos del terror que acechaba en la oscuridad, los condenados emergían de las profundidades del bosque, su sed de carne inocente insaciable y su deseo de perpetuar su maldición imparable.

La superstición y el miedo eran compañeros constantes en la vida de aquellos que habitaban en el pueblo, pero para una joven pareja recién llegada, estas advertencias no eran más que cuentos de viejas. Con la ilusión de un nuevo comienzo y el amor en sus corazones, ignoraban los murmullos de los ancianos y se instalaban en una pequeña cabaña al borde del bosque, convencidos de que su amor y la pureza de su recién nacido serían suficientes para protegerlos de cualquier mal.

Sin embargo, la oscuridad no distinguía entre inocencia y corrupción, y una noche fatídica, cuando la luna llena brillaba en lo alto del cielo como un ojo implacable, el destino de la joven familia se selló. Un susurro maligno se deslizaba entre las sombras, anunciando la llegada de los condenados, cuyos ojos brillaban con un fuego infernal y cuyas manos estaban manchadas con la sangre de sus víctimas.

Los padres, acunando a su precioso hijo entre ellos, apenas podían imaginar el horror que se cernía sobre ellos cuando la sombra de un condenado se materializó en el umbral de su hogar. Con garras afiladas como cuchillas y una sonrisa retorcida en los labios, el condenado se abalanzó sobre la joven madre, arrancando al bebé de sus brazos con una fuerza sobrehumana.

Los padres gritaron de angustia y desesperación mientras veían impotentes cómo su precioso hijo era arrastrado hacia la negrura de la noche, envuelto en las fauces de la oscuridad más profunda. Determinados a salvar a su hijo, la joven pareja se aventuró valientemente en el bosque prohibido, donde los árboles parecían retener los lamentos de almas perdidas y las sombras se alzaban como espectros sedientos de sangre.

Siguiendo un sendero de huesos blanqueados y susurros oscuros, finalmente llegaron a un claro oculto, donde los condenados se reunían en un festín macabro. Allí, bajo la luz titilante de las antorchas, el bebé yacía en el centro de un círculo de sombras danzantes, mientras los condenados devoraban su carne con una ferocidad que helaba la sangre.

Los padres, paralizados por el horror, observaban impotentes mientras su hijo era consumido por la oscuridad, sabiendo que ya no podían salvarlo. Pero en medio de la oscuridad, la desesperación se transformó en ira, y con corazones temblorosos pero decididos, la joven pareja se enfrentó a los condenados con gritos de furia y lágrimas en los ojos.

Desde entonces, el pueblo se sumió en una oscuridad aún más profunda, marcado por la tragedia de aquellos que habían caído víctimas de los condenados. Y aunque los aldeanos trataron de olvidar, el eco de los llantos infantiles y los aullidos de los condenados aún resonaban en las noches de luna llena, recordándoles que en lo más profundo del bosque, el mal aún aguardaba, hambriento de almas inocentes.

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