Andrés Beck, un joven profesor de Biología con ciertos conocimientos de ocultismo, volvió a su apartamento a última hora de la tarde, tras pasar el día de excursión con sus alumnos del instituto, y escribió las siguientes líneas en su diario secreto:
“Hoy hemos pasado el día en Vigo y, tras las visitas culturales de rigor, aprovechamos que hacía buen tiempo para acercarnos a la playa de Samil y darnos un chapuzón. No pude evitar fijarme en Helena Vázquez, una chica de 1º A realmente atractiva. Aunque no esté demasiado bien que un profesor hable así de una alumna, debo reconocer que estaba arrebatadora en bikini y quizás la miré más de lo conveniente. Pero lo que más me llamó la atención no fue su belleza adolescente, sino una extraña marca en su hombro izquierdo. Su semejanza con una cabeza de lobo era tan perfecta que al principio la tomé por un tatuaje, pero luego ella misma me aseguró que era una marca de nacimiento. Eso me inquietó, así que fotografié discretamente a Helena con mi teléfono móvil, procurando que se viera la marca en la foto, pues, cuando tenga tiempo, quiero ampliarla y estudiarla a fondo. Además, hice ciertas averiguaciones sobre el pasado de la muchacha que aumentaron mi interés por ella. Según me contaron, nueve meses antes de que Helena naciera sus padres se fueron de excursión a la sierra, donde los sorprendió primero una fuerte riada. El señor Vázquez murió ahogado y Rosa, su mujer, fue hallada inconsciente en lo más profundo del bosque, adonde había sido arrastrada por el agua. Cuando la trasladaron al hospital, los médicos descubrieron que estaba embarazada y, tras muchos esfuerzos, consiguieron salvar a Rosa y al bebé que llevaba dentro. Todo el mundo da por hecho que Helena es la hija póstuma del difunto señor Vázquez, pero, si tenemos en cuenta su extraña marca de nacimiento y que antiguamente se realizaban ritos secretos en el bosque donde apareció su madre… bueno, yo no sé qué pensar. Sea como sea, es una suerte para Helena y su madre vivir en los racionalistas (que no razonables) tiempos actuales, pues en otra época quizás hubieran recibido la indeseable visita de los cazadores de brujas.”
Entonces una llamada telefónica interrumpió la redacción del texto. Andrés tomó su móvil y vio que se trataba de Martín Leyre, un detective privado que colaboraba con él en la persecución de un peligroso y escurridizo criminal llamado Alberto Santos. Este, en tiempos pasados, había sido un prometedor científico y el mejor amigo de Andrés, pero, tras una serie de traumáticas experiencias, se había vuelto loco y convertido en un verdadero psicópata, autor de numerosas atrocidades. Andrés llevaba años siguiendo la pista de Alberto, pero hasta entonces no había podido localizarlo. Como no podía solicitar la ayuda de las autoridades, pues oficialmente Alberto Santos llevaba cinco años muerto y además no había ninguna prueba objetiva contra él, contrató a Leyre, que era un investigador avezado y audaz, quizás el único hombre en el mundo que podía sorprender a un criminal tan astuto. Por añadidura, siempre iba al grano en sus informes:
-Lo he encontrado, señor Beck. Vive en un lujoso chalet de la sierra, que ha alquilado bajo el nombre de Michael Lehmann, y aparentemente solo sale de él para aprovisionarse en la ciudad. Ahora mismo acaba de llegar en su coche y lo tengo bajo constante vigilancia. ¿Quiere que me limite a observarlo o que haga algo más?
-Por ahora no haga nada, Leyre. Simplemente dígame dónde puedo localizarlo y me reuniré con usted lo más pronto que pueda. Una persona sola no puede nada contra ese hombre, pero los dos juntos quizás podamos darle un disgusto.
Tras recibir el informe de Leyre, Andrés se metió una pistola automática en el bolsillo y bajó al garaje. El viaje en coche no le llevó mucho tiempo, pero ya era noche cerrada cuando llegó al lugar donde había quedado con Leyre. Tras abandonar su vehículo, Andrés atravesó con paso cauteloso el bosquecillo que rodeaba la guarida de Alberto, pero no encontró ni rastro de Leyre, aunque, según lo acordado, este debía estar esperándolo allí mismo. Cada vez más inquieto, Andrés volvió sobre sus pasos y entonces un rayo de luna le mostró algo que antes se le había pasado desapercibido: un cuerpo humano que yacía boca arriba entre los arbustos. Andrés sacó su arma y se arrodilló para examinar el cuerpo del desgraciado Leyre. Instintivamente le tomó el pulso para comprobar si estaba verdaderamente muerto, pero no pudo encontrar ninguna señal de vida. Lo raro es que tenía la piel húmeda, pese a que hacía calor y el suelo estaba completamente seco. Entonces Andrés recordó algo y se alejó del cadáver, francamente asustado. Alberto había estudiado los más oscuros secretos de la magia durante su convivencia con una misteriosa tribu africana… y también había aprendido algo sobre venenos. Leyre no había muerto intoxicado, sino estrangulado, pero luego su asesino había untado su piel con un veneno de absorción cutánea. Cuando Andrés tocó a Leyre para comprobar si seguía con vida, sus dedos habían entrado en contacto con dicho veneno, permitiendo que este penetrara en su organismo. Andrés intentó huir, pero ya era tarde. Cayó al suelo, víctima de un mareo fulminante, y su mente se sumió en la oscuridad.
…
Cuando se despertó, se encontraba atado y amordazado en el asiento trasero de su propio coche, que circulaba velozmente por la carretera que llevaba a la ciudad. Al volante iba Alberto, sereno y sonriente como siempre que estaba a punto de cometer alguna refinada atrocidad. Cuando vio que su prisionero había despertado, le dijo con falsa dulzura:
-Bienvenido al mundo de los vivos, Andresito. Ya no deberías estar aquí y, de hecho, muy pronto lo abandonarás para siempre, pero antes quiero que veas por última vez a tu amiguita, la de la foto en la playa.
Andrés no sabía de quién hablaba, pero luego recordó la foto que le había hecho a Helena Vázquez. Sin duda Alberto la había visto al revisar su móvil e, ignorando que se trataba de una alumna, había llegado a falsas conclusiones al respecto. Como Andrés, al estar amordazado, no podía desmentirlo, se limitó a oír lo que le decía su captor:
-Sabía que te habías separado de Ana, pero ignoraba que te gustasen tan jovencitas. Aunque no te culpo, la chica es un verdadero bombón y yo mismo ya me había fijado en ella. Sé quién es y dónde vive, su madre se llama Rosa y es la dueña de una tienda de antigüedades que visito siempre que bajo a la ciudad. Bueno, ya hemos llegado. Espera aquí tranquilo, que en breves te traeré su cabeza, para que te despidas de ella antes de morir.
Alberto estacionó el auto en un callejón oscuro, sacó un cuchillo de la guantera y se dirigió hacia la casa donde vivía Helena, a la que pensaba matar solo para darle un último disgusto a su prisionero. Para un asesino tan eficaz como Alberto, resultó muy sencillo penetrar en la casa sin que ningún vecino se percatara. A aquellas horas Helena y su madre ya dormían profundamente, por lo que tampoco se enteraron de que había un intruso hasta que fue demasiado tarde. Alberto durmió a Rosa, la madre de Helena, con cloroformo y luego entró en la alcoba de la muchacha, con su cuchillo preparado para matar. Helena, alertada por los gemidos de su madre, se había levantado y encendido la luz, pero se quedó paralizada de horror cuando vio el peligro que la amenazaba. Ni siquiera fue capaz de gritar cuando Alberto se preparó para asestarle una cuchillada letal. Cuando todo parecía perdido para ella, tuvo lugar lo más extraño de aquella noche: un enorme animal, semejante a un lobo gigante y completamente negro salvo por sus ojos de color sangre, entró en el cuarto por la ventana, rompiendo los cristales con toda facilidad, y degolló al sorprendido Alberto con una tremenda dentellada en el pescuezo. Luego se fue por donde había venido, dejando atrás el cadáver de Alberto y a Helena, desmayada de puro terror, tendida sobre su cama.
Ya era de día cuando Andrés consiguió desatarse y salir del coche. Oyó a unos vecinos hablar de lo que había sucedido la noche anterior y se dijo:
-Así pues, mis sospechas eran ciertas. No sé quién o qué es el verdadero padre de Helena, pero desde luego no podía permitir que un simple mortal le hiciera daño a su hija.





