La Extraña I

Ni yo mismo sabría decir quién (o qué) era realmente aquella dama a la que en esta relación llamaré doña Ana de Mendoza. ¿Un ser sobrenatural surgido del Infierno? ¿Una mujer perversa, capaz de manipular los deseos oscuros de los hombres para convertirlos en sus esclavos? ¿Un fantasma creado por mi locura para atribuirle la responsabilidad de mis propios crímenes? Cada una de estas alternativas puede considerarse verosímil, pero todas ellas dejan cabos sueltos que nadie podrá atar jamás. Será mejor, por tan

Ni yo mismo sabría decir quién (o qué) era realmente aquella dama a la que en esta relación llamaré doña Ana de Mendoza. ¿Un ser sobrenatural surgido del Infierno? ¿Una mujer perversa, capaz de manipular los deseos oscuros de los hombres para convertirlos en sus esclavos? ¿Un fantasma creado por mi locura para atribuirle la responsabilidad de mis propios crímenes? Cada una de estas alternativas puede considerarse verosímil, pero todas ellas dejan cabos sueltos que nadie podrá atar jamás. Será mejor, por tanto, que me limite a narrar los hechos, tal como yo mismo los recuerdo.

Todo empezó a principios del verano de 1880, cuando regresé a mi pueblo natal en el sur del Devonshire, tras terminar exitosamente mis estudios de Medicina. Pensaba solicitar un destino en la India como médico militar y, antes de abandonar mi patria, decidí pasar algunos días en compañía de mi madre viuda y de mi querida hermana Mary, cinco años más joven que yo, a las que llevaba mucho tiempo sin ver. Fui calurosamente recibido por ambas y me alegré de verlas, aunque encontré a mi madre algo desmejorada. Por el contrario, Mary, que de pequeña había sido una niña más bien enclenque, se había convertido en una bella y saludable jovencita de cabellos rubios y ojos azules, a la que ya rondaban algunos de los mejores partidos del condado.

Recuerdo que llegué al pueblo un sábado por la tarde y que al día siguiente las acompañé a la iglesia, pues, aunque mi fe cristiana solo era un recuerdo del pasado, hubiera sido un escándalo para la familia que uno de sus miembros manifestase públicamente su ateísmo. Paradójicamente, fue aquella visita de cortesía a la casa de Dios el origen de mi posterior descenso a los Infiernos.

Entonces la vi por primera vez. Iba vestida de riguroso luto y llevaba el rostro cubierto con un velo. Cuando salimos al exterior, le pregunté a mi madre quién era aquella misteriosa desconocida. Ella me respondió en voz baja:

-Se trata de doña Ana, la viuda de sir Henry Champion. Creo que es una criolla costarricense y ha venido al pueblo para poner en orden los bienes de su difunto marido.

Yo sabía que sir Henry, un hidalgo local, se había ido a América Latina para dedicarse al cultivo de café y había oído algo sobre su matrimonio con una hermosa dama de origen español, pero ignoraba que hubiera fallecido. Le hice más preguntas a mi madre sobre doña Ana, pero esta, quizás algo molesta por mi excesiva curiosidad, se limitó a decirme:

-Esta noche podrás hacerle esas preguntas a ella misma. Nos ha invitado a cenar en su mansión a todos nosotros, así como a las principales familias del condado. Y, por lo que sé de ella, habla muy bien el inglés.

Efectivamente, aquella aciaga tarde los tres integrantes de mi familia acudimos a la vieja mansión de los Champion. Allí nos recibió nuestra misteriosa anfitriona, que seguía vestida de luto (en realidad, siempre vestía de negro e incluso sus prendas más íntimas eran de ese fúnebre color), pero ya no llevaba velado su magnífico rostro. Era ciertamente bella, aunque tenía la tez bastante pálida para ser una mujer de pura raza latina. Solo Mary podía disputarle el título de suprema beldad en aquella nutrida concurrencia. Durante la cena nos trató a todos con suma cortesía y nos contó muchas cosas sobre su lejano país natal, pero muy poco sobre su pasado. Cuando se dio por terminado el banquete, se despidió educadamente de todos nosotros. Al estrecharme la mano me entregó discretamente un billete donde había escrito estas palabras:

-Mañana lo aguardo en mis aposentos a las nueve de la mañana. Como sé que es usted un verdadero caballero inglés, no hace falta que le pida una absoluta discreción al respecto.

A mí me extrañó que aquella orgullosa dama, aparentemente tan sobria y devota, propusiera una cita secreta a un hombre que acababa de conocer. Incluso pensé que, en realidad, aquel era un requerimiento de tipo profesional y que no tenía nada que ver con asuntos personales. Podía ser que la dama padeciera alguna enfermedad (lo cual podía explicar su palidez) y que, para mantener el secreto prefiriera recibir mis servicios antes que los del viejo médico local, el cual no destacaba precisamente por su discreción.

Fuera como fuera, a la mañana siguiente, inmediatamente después de desayunar, abandoné mi casa con la excusa de dar un paseo por los campos que había conocido de niño. Me dirigí a la mansión de los Champion, procurando en todo momento esquivar a los campesinos que trabajaban en las cercanías, y me prsenté ante el criado personal de doña Ana (un hombre maduro que, según supe después, se llamaba Damián). Siguiendo las instrucciones de su ama, Damián me llevó sin decir palabra a la alcoba donde ella me esperaba, medio desnuda y con una fragante copa de vino en cada mano. Desde luego, lo que quería de mí no tenía nada que ver con la medicina, pues doña Ana, pese a su palidez, estaba muy sana, al menos de cuerpo. No puedo contar con detalle lo que sucedería entre nosotros a continuación, pues no es mi deseo ofender la moral de mis lectores con una excesiva meticulosidad. Pero sí debo decir que aquellos rápidos minutos de pasión y lujuria cambiarían mi vida y mi alma para siempre... y no precisamente para mejor. ¿Había algo en el vino, en su perfume, en su mirada hipnótica...? ¿Me hechizó, me magnetizó o simplemente supo descubrir las fibras más perversas de mi yo oculto? Lo único que puedo decir es que ella me convirtió en su esclavo. Yo hasta entonces nunca me había considerado un mal hombre, pero cuando sentí el sabor de su piel entre mis labios supe que sería capaz de hacer cualquier cosa para satisfacer sus más siniestros deseos. Mientras reposábamos tendidos sobre la cama, ella me susurró, con aquella voz dulce y melódica que era como una droga para mis oídos:

-Mi querido James, mañana a primera hora me iré a Francia. ¿Vendrás conmigo?

-Sí, amada mía. Iría contigo al Infierno, si me lo pidieras.

-Quizás te lo pida algún día. Pero antes debes demostrarme la veracidad de esas palabras. Escucha bien: quiero que esta noche vengas aquí... y que me traigas a tu hermana.

-Pero no sé si podré convencerla. Mary es una chica muy decente.

-No se trata de convencerla. ¡Tráela a la fuerza!

Yo siempre había querido mucho a mi hermanita, pero no podía resistirme a las órdenes de Ana. Habría raptado a mi propia madre moribunda si ella me lo hubiera pedido.

Tan profundamente había arraigado aquella semilla de perversión en mi ser que ni siquiera me mostré nervioso durante el resto del día. Comí con mi familia igual que siempre, paseé con Mary por el campo, hablamos y nos reímos juntos igual que cuando éramos niños, cenamos tranquilamente... Pero luego llegó la oscuridad. Mi madre no podría oír nada, pues las drogas que consumía para aliviar sus dolores la mantenían profundamente dormida duranta toda la noche.

Esperé a que Mary también se durmiese para entrar en su cuarto sin hacer ruido. Fui rápido y eficaz. Pocos minutos después, salí de mi casa con la pobre Mary, atada y amordazada, gimoteando en mis brazos. Damián nos esperaba en las cercanías con el carruaje de Ana y nos llevó velozmente a la mansión de su ama. Una vez en su cuarto, ella me ordenó depositar a la indefensa Mary sobre la misma cama donde habíamos copulado por la mañana, la acarició con hipócrita dulzura y le susurró algunas palabras en español, que yo no pude comprender. Pero sí comprendí lo que me dijo a continuación:

-Quiero ver cómo violas a esta zorra.

Por primera vez, tuve un momento de duda y musité:

-Pero... si es mi hermana.

-¿Y qué? ¿Acaso no tiene lo mismo que cualquier otra mujer? ¡Desnúdala y lo comprobarás!

Ya no dudé más. Forcé salvajemente a mi querida hermanita y la dejé llorando sobre la cama, con la ropa desgarrada y ensangrentada. Mientras tanto, Ana y yo nos bebimos algo de vino “a su salud”, nos reímos como los demonios que éramos y nos preparamos para nuestra inminente huida de Inglaterra.

Cuando amaneció, abandonamos la casa en su carruaje y tomamos un barco que nos llevó a Francia. Mary, tras penosos esfuerzos, logró desatarse y huir de la casa, tambaleándose y delirando como una loca. Cuando mi madre supo lo que le había hecho, se desplomó para nunca más levantarse. Todo esto lo supe después, leyendo unos periódicos ingleses que me suministraron en un hotel de París. Fue interesante saberlo, pero tampoco me importó demasiado. Tenía a Ana a mi lado y aún no habíamos hecho más que empezar.

 

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