Juego De Vampiros

La tenue frontera que separaba nuestro mundo del Infierno parece haberse resquebrajado. Y solo alguien puede evitar el fin de la raza humana: un misterioso espadachín con sangre de vampiro, que vaga por el mundo acompañado por un peculiar cuervo parlante llamado Mister Poe. Ni siquiera se sabe cuál es su verdadero nombre, pero quienes conocen su existencia se refieren a él como Daniel Hunter. ... Una fragata de la Armada estadounidense encontró un misterioso sarcófago de madera flotando sobre las aguas del

La tenue frontera que separaba nuestro mundo del Infierno parece haberse resquebrajado. Y solo alguien puede evitar el fin de la raza humana: un misterioso espadachín con sangre de vampiro, que vaga por el mundo acompañado por un peculiar cuervo parlante llamado Mister Poe. Ni siquiera se sabe cuál es su verdadero nombre, pero quienes conocen su existencia se refieren a él como Daniel Hunter.

...

Una fragata de la Armada estadounidense encontró un misterioso sarcófago de madera flotando sobre las aguas del Atlántico. Los soldados lo subieron a bordo y el comandante, pensando que podía contener algo valioso, ordenó su apertura.

...

Aquella noche un extraño jinete vestido de negro cabalgaba por una senda forestal de Nueva Inglaterra. Un cuervo que revoloteaba a su alrededor le dijo, hablando como si fuera una persona:

-Daniel, no es que habitualmente seas un buen conversador, pero hoy te veo más taciturno que nunca. ¿Es que algo va mal?

El jinete, que no era otro que Daniel Hunter, le contestó a Mister Poe:

-Siento la proximidad de una fuerza maligna. Y también la de... ella.

Mister Poe sabía que para Daniel solo había una “ella”: Helene, la niña vampiro que una vez le había salvado la vida, dándole su sangre y su poder para que pudiera vencer a un peligroso enemigo. Normalmente le gustaba embromar a su compañero atribuyéndole sentimientos románticos hacia Helene, pero en aquella ocasión permaneció callado, pues él también tenía un mal presentimiento. Y sus malos augurios no tardaron en hacerse realidad, cuando un hombre armado con una espada surgió delante de ellos, haciendo que el caballo de Daniel relinchase asustado. A simple vista parecía un hombre normal, aunque exageradamente pálido, pero una ojeada más meticulosa hubiera advertido algo inhumano en el brillo rojizo de sus pupilas.

Tras apaciguar a su caballo, Daniel desmontó con su espada en la mano y le dijo al desconocido:

-¿Quién eres tú?

-Puedes llamarme Caín. En cuanto a ti, no hace falta que te presentes. Sé que eres Daniel Hunter, el hijo de Drácula que caza vampiros.

-Veo que me conoces bien.

-En efecto. Sé que eres un gran guerrero, pero también conozco tus debilidades. O, mejor dicho, tu única debilidad, que está ahí mismo. ¡Mírala!

Daniel vio algo que consiguió alterar durante unos segundos la firmeza de su espíritu. Helene, la niña vampiro, se hallaba atada al tronco de un árbol y tenía una mordaza en la boca. Parecía asustada y no le faltaban motivos: su raptor había incendiado a la hojarasca que se acumulaba cerca del árbol y, si Daniel no acudía rápidamente en su rescate, moriría abrasada por el fuego. Caín debía de ser muy poderoso, si había conseguido raptar a Helene y anular sus poderes sobrenaturales para mantenerla prisionera. Daniel intentó acercarse al árbol para liberar a la prisionera, pero entonces sus finos oídos captaron un estruendo procedente de una ciudad cercana. Parecía una explosión y también se oían disparos. Caín, siempre tranquilo, le dijo:

-Son los soldados de la Armada que abrieron mi sarcófago. Me apoderé de sus mentes y les ordené arrasar la ciudad. Tienes dos opciones: salvar a tu amiga o ayudar a los habitantes de la ciudad. Ni siquiera tú podrías estar en dos sitios a la vez.

Daniel apretó los dientes y le dijo a Cain, con una voz apenas audible a causa de la rabia:

-¿Por qué haces esto?

-Porque solo quiero probarte. Eso es todo.

Daniel miró a la indefensa Helene y sintió que algo se desgarraba en su interior, pero hizo ademán de montar en su caballo para ir en ayuda de los habitantes de la ciudad. Por mucho que le doliera, aquellas personas a las que no conocía pesaban más en su conciencia (aunque no en su corazón) que la vida de Helene. Pero en el último momento Mister Poe se posó sobre su hombro y le dijo:

-Daniel, quédate aquí. Yo puedo llegar a la ciudad antes que tú, así que me ocuparé de los soldados mientras tú rescatas a la chica.

Daniel miró a Mister Poe con ojos incrédulos y le dijo, sin disimular su turbación:

-¿Qué piensa hacer usted solo contra ellos? ¡Solo conseguirá que lo maten!

-No importa. Yo estoy muerto desde 1849 y creo que ya me toca volver al Más Allá, aunque solo sea para conocer al espíritu de Stan Lee. Ha sido un honor, Daniel.

Dicho esto, Mister Poe emprendió el vuelo hacia la ciudad, antes de que Daniel pudiera detenerlo.

La ciudad se hallaba sumida en el caos. Tras arrasar el puerto con los cañones de la fragata, los soldados hipnotizados por Caín habían desembarcado y disparaban contra la gente, sin que las escasas fuerzas de la policía local pudieran detenerlos. Uno de ellos estaba a punto de destruir un autobús lleno de gente con una granada, pero Mister Poe cayó en picado sobre él y le laceró el rostro con sus garras. Enloquecido por el dolor, el soldado dejó caer la granada al suelo y esta estalló, matando simultáneamente al hombre y al cuervo. Cuando este último murió, el espíritu de Edgar Allan Poe, que vivía dentro de su cuerpo, quedó libre de toda atadura carnal y, antes de partir para el Más Allá, poseyó simultánemente a todos los soldados, introduciendo en sus mentes una oleada de imágenes terroríficas, desde gatos infernales en cuyo único ojo llameaba el fuego del Infierno hasta vísceras ensangrentadas que seguían palpitando después de la muerte. Los militares, incapaces de resistir aquel inesperado ataque psíquico, chillaron asustados y dejaron caer sus armas. Esto permitió que la policía local pudiera detenerlos sin más derramamiento de sangre.

Mientras tanto, Daniel y Caín luchaban con sus espadas en las profundidades del bosque. Caín manejaba su arma con una velocidad y fuerza sobrehumanas. Aun así, Daniel lo habría vencido fácilmente si hubiera tenido tiempo para emplear su mejor técnica. Pero tenía demasiada prisa por eliminar a su adversario, pues las llamas estaban a punto de alcanzar a la indefensa Helene. A causa de los nervios y de la tensión, hizo un movimiento erróneo, que Caín aprovechó para desarmarlo y ensartarlo con su espada. Daniel, gravemente herido, cayó al suelo y sintió que había llegado su fin. Caín debía de pensar lo mismo, pues sonrió cruelmente y le dijo:

-¡Estás perdido! Y ya no hay nadie que pueda ayudarte.

Entonces Daniel comprendió que el verdadero objetivo del ataque a la ciudad no había sido poner a prueba sus valores morales, sino separarlo de Mister Poe, el único amigo que hubiera podido auxiliarlo en semejante trance. Su victorioso adversario se preparó para darle al caído Daniel la estocada final, pero entonces alguien le clavó una estaca puntiaguda en la espalda. Cuando la punta alcanzó su corazón, Caín, que en realidad era un vampiro, se desplomó y, antes de morir, tuvo tiempo de ver que, irónicamente, había sido Helene, otro vampiro, la autora de su muerte. Aún tuvo tiempo de preguntarle, con la voz alterada por la ira:

-¿Cómo te has soltado, maldita puta?

Helene no respondió, pero señaló a un amigo con el cual nadie contaba: el valeroso e inteligente caballo de Daniel la había liberado mordiendo las cuerdas, mientras su amo luchaba contra Caín. Daniel, cuya herida se había curado rápidamente gracias a sus poderes de vampiro, se levantó trabajosamente, recogió su espada y agarró una pluma negra arrastrada por el viento de la noche. Él sabía a quién pertenecía aquella pluma y, aunque no quiso decir nada, la expresión de su rostro lo dijo todo. Helene, comprendiendo sus sentimientos, agarró su brazo y le dijo con cariño:

-Lo siento mucho, Daniel. Pero no tienes por qué condenarte a la soledad. ¿Por qué no vienes conmigo?

Daniel se desasió suavemente de la mano de Helene, se montó en su caballo y le dijo:

-Quizás podría ser feliz a tu lado, Helene… pero la felicidad no tiene nada que ver conmigo.

Dicho esto, Daniel añadió, con una triste sonrisa en los labios:

-De todas formas, espero que me permitas soñar contigo de vez en cuando.

Helene también sonrió y le dijo:

-¡Por supuesto!

A continuación, Daniel se despidió de ella con un movimiento de cabeza y se marchó de allí sin mirar atrás. Helene se limpió los ojos, que se habían humedecido. Tanto ella como Daniel eran vampiros, por lo cual ambos sabían que los vampiros no sueñan nunca.

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