Ikari

Después de tanto tiempo, ni yo mismo podría decir si esta historia me sucedió realmente o no fue más que un sueño. Pero, después de todo, un sueño también es algo que nos “sucede realmente”, así que voy a contaros la historia de Ikari como si fuera un verdadero recuerdo del pasado. Entonces yo tenía doce años y aún vivía en la pequeña localidad del norte de España donde transcurrió mi infancia. Era un muchacho más bien tímido y solitario, cuya principal afición era pasear por el bosque y hacerles fotos a lo

Después de tanto tiempo, ni yo mismo podría decir si esta historia me sucedió realmente o no fue más que un sueño. Pero, después de todo, un sueño también es algo que nos “sucede realmente”, así que voy a contaros la historia de Ikari como si fuera un verdadero recuerdo del pasado.

Entonces yo tenía doce años y aún vivía en la pequeña localidad del norte de España donde transcurrió mi infancia. Era un muchacho más bien tímido y solitario, cuya principal afición era pasear por el bosque y hacerles fotos a los animales que ocasionalmente se cruzaban en mi camino. Una hermosa tarde de primavera me interné en la espesura armado con mi vieja cámara fotográfica (entonces aún no tenía móvil) y me alejé del pueblo más de lo habitual. Tras una larga caminata llegué a la orilla del río que atravesaba el bosque y, como estaba agotado, decidí hacer un alto para descansar.

Entonces la vi. Se hallaba sentada sobre una roca de la orilla, tan tranquila y silenciosa que tardé un buen rato en percatarme de su presencia. Era una niña de mi edad, increíblemente hermosa, de pelo rubio, relucientes ojos azules y piel blanca como la nieve. Era tan dulce y bonita que durante un instante me pregunté si, en vez de una niña de carne y hueso, no sería un hada de los bosques, como aquellas que, según las leyendas, vivían en los lugares más agrestes de la comarca. Solo llevaba puesto un vestido muy corto de finísima tela granate y había sumergido sus pies en la fría corriente del río. Pensé que se había descalzado para meter los pies en el agua, pero no pude ver dónde había dejado sus zapatos (de hecho, nunca llegué a verlos, seguramente porque no existían).

He dicho que era un niño tímido, especialmente con las personas desconocidas y más aún con las chicas guapas, pero finalmente la curiosidad venció a la timidez y, tras varios titubeos, me atreví a decirle:

-Hola, ¿qué haces tan sola en un sitio como este?

Ella sonrió y me respondió con una voz tan dulce como su rostro:

-¿Qué hago? ¡Pues aburrirme! No encuentro a mis hermanos por ningún sitio, así que hoy no tengo a nadie con quien jugar. Supongo que andarán por ahí de caza. Pareces cansado. Puedes sentarte conmigo, si quieres. Al menos aquí no hace calor.

Me senté a su lado, pero, como ella no hacía más que mirar el río con ojos abstraídos, comprendí que debía ser yo quien reiniciara la conversación. Tragué saliva y me presenté, procurando disimular el nerviosismo que me producía estar sentado al lado de una niña tan bella:

-Yo me llamo Javi. ¿Y tú cómo te llamas?

-Ikari.

-¿Ikari? Es un nombre muy bonito, pero un poco raro. Parece japonés o algo así.

-¡De eso nada! Significa “Flor de Nieve” en el lenguaje de las hadas.

-¿Cómo? ¿Quieres decir… que tú eres un hada?

-¡Claro que no, tonto! Las hadas son muy pequeñas y viven dentro de las flores. Si fuera una de ellas, ni siquiera podrías verme.

-Pero… ¿realmente crees en ellas?

-¡Pues claro que sí! Yo sí puedo verlas y, de hecho, son mis amigas. Fueron ellas las que me regalaron este vestido. Puedes tocarlo, si quieres. Es muy lindo, ¿verdad?

No es que me tomara en serio sus palabras, pero cuando rocé aquella delicada tela granate (y, de paso, la nívea piel de Ikari), hube de reconocer que realmente parecía ser obra de las hadas, pues su tacto sugería algo fuera de lo común. Era una sensación extraña, que me siento incapaz de describir, aunque nunca he podido olvidarla.

A falta de otras palabras más adecuadas, le dije:

-Sí, es un vestido precioso (me faltó valor para añadir: “al igual que tú”).

Ella sonrió de nuevo y me dijo:

-¡Pues claro que sí! Además de bonito, es mágico. Mientras lo llevo puesto, soy diferente.

Intenté imaginarme cómo sería Ikari si no llevara puesto aquel misterioso vestido, pero no me atreví a preguntárselo, por miedo a que lo malinterpretara y me tomara por un pervertido. Lo que sí le pregunté fue otra cosa:

-Entonces, ¿también crees en la magia? La demás gente que conozco no cree en la magia ni en las hadas.

-Bueno, supongo que yo soy diferente.

-Sí, supongo que eres una chica muy especial.

-Bueno, sí… a veces.

-¿Quieres decir que solo eres especial a veces?

-No, quiero decir que solo soy una…

Entonces un visón salvaje surgió de los matorrales y yo instintivamente saqué mi cámara para hacerle una fotografía. El animalito acaparó toda mi atención durante unos segundos, de modo que no escuché el final de la frase que estaba diciendo Ikari. Cuando se marchó el visón, le pedí perdón a mi nueva amiga por haber sido tan desconsiderado:

-Disculpa, pero es que me gustan mucho los animales.

-¿De veras? Pues yo sé dónde hay una madriguera de gatos monteses. Está un poco lejos de aquí, pero, si quieres, yo puedo llevarte. Será divertido.

Yo ni siquiera sabía que hubiera gatos monteses en aquel bosque, pero acepté encantado la oferta de Ikari, aunque solo fuera por estar con ella todo el tiempo posible.

Durante un buen rato caminamos juntos por los más angostos y olvidados senderos del bosque, atravesando lugares que ni siquiera sabía que existían, pero que ella parecía conocer a la perfección, como si fuera una verdadera hija del bosque. Y durante nuestro largo paseo hablamos de muchas cosas. Ella no me dijo nada sobre sí misma ni sobre su familia, pero me contó muchas cosas interesantes sobre el bosque y sus habitantes, muchas de las cuales aún hoy permanecen grabadas en mi memoria.

Mientras caminaba a su lado apenas podía pensar en los gatos monteses, ni en lo lejos que estábamos del pueblo, ni siquiera en la noche que se avecinaba. Solo podía pensar en ella, en su mágica hermosura y en la aún más mágica melodía de su voz. Ikari, fuera quien fuera realmente, era para mí un sueño hecho realidad y yo ya no necesitaba saber más.

Pero entonces el bello sueño se hizo añicos en un instante y se convirtió rápidamente en una pesadilla.

Dos hombres fornidos surgieron de la espesura, se abalanzaron sobre nosotros y nos atraparon antes de que pudiéramos escapar. Uno de ellos me agarró con fuerza y me tapó la boca con la mano, mientras su compañero hacía lo mismo con Ikari. Aquellos individuos eran dos criminales que se habían escondido en el bosque y nosotros, por una desgraciada casualidad, habíamos dado con su escondrijo. El hombre que me había agarrado, indiferente a mis desesperados e inútiles gemidos y forcejeos, le dijo a su compañero:

-Si dejamos marchar a estos mocosos, nos delatarán. Tenemos que deshacernos de ellos cuanto antes. Aquí nadie encontrará sus cuerpos.

El otro hombre (es decir, el que había capturado a Ikari) dijo a su vez:

-De acuerdo. Pero esta niña es una verdadera preciosidad. Sería una lástima que muriera virgen, ¿no crees?

-Vale. Puedes follártela tú primero, yo puedo esperar. Y tú, niñato, mira lo que vamos a hacerle a tu amiga. Así sabrás lo que te vas a perder por morir joven.

El captor de Ikari la amordazó con un pañuelo y le rasgó brutalmente su mágico vestido, que cayó al suelo hecho trizas. Entonces, bajo la sombría luz crepuscular, pasó aquello que me hace preguntarme si toda la historia no fue más que un sueño o una pesadilla.

Una vez despojado de su vestido granate, el hermoso y puro cuerpo de Ikari sufrió una rápida metamorfosis y se transformó en una loba blanca como la nieve, que hundió sus colmillos en la garganta del criminal que había intentado violar a Ikari. Su compañero, tan aterrorizado como yo, me soltó con un empujón que me hizo caer al suelo e intentó huir, espantando al bosque con sus gritos enloquecidos. Pero, aunque estaba a su merced, la loba no intentó hacerme daño, sino que corrió tras el fugitivo y no debió de tardar mucho en alcanzarlo, pues pronto sus gritos se interrumpieron para siempre. Mientras tanto, yo seguía en el suelo, demasiado afectado para hacer nada, y entonces vi por última vez al animal, que había vuelto sobre sus pasos como si quisiera asegurarse de que yo no estaba herido. La loba me miró con sus relucientes ojos azules, en los cuales creí ver una sombra de tristeza, y lanzó al aire un largo aullido, que fue contestado por otros aullidos lejanos. Luego vi cómo desaparecía entre las sombras del bosque y se marchaba de mi vida para siempre, sin dejar tras de sí ningún rastro, salvo mi recuerdo y dos cadáveres ensangrentados.

Incluso los restos de su vestido mágico habían desaparecido para siempre, como todos los sueños que nunca se harán realidad.

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